Las Casas Cantaoras juegan un papel esencial en la creación de lo jondo. Y no porque la unidad familiar gitana lo haya gestado como una forma de ganarse la vida, sino por todo lo contrario, porque para ellos ha sido una forma de vida, un proyecto con el objetivo de comunicarse, compartir información, establecer complicidades y, en definitiva, jugar un rol determinante en la caracterización decisiva del flamenco.
La Casa de los Sordera, entre otras a las que me une un fuerte vínculo de amistad, me lleva al corolario de que, de cara al futuro inmediato de Jerez, no hay promesas ni esperanzas si no hay compromiso. Ahora bien, si el territorio encuentra su razón de ser en la diversidad es porque gracias a dinastías como la citada el flamenco es tradición, pero siempre es vanguardia.
Digo esto porque las enseñanzas del pasado son, en tal sentido, el pasaporte hacia el futuro. Así lo aprendí, entre otros grandes maestros del amigo Manuel Soto, Sordera de Jerez, que, como tantos ilustres jerezanos, me enseñaron todo, incluso a no olvidarlos. Pero hete aquí que, en este encanallado mundo del flamenco, nunca hay espacio ni tiempo para la reparación y el arrepentimiento, de ahí la necesaria oportunidad de recordarlo ante una ciudad donde la vida de los muertos, después de dos siglos, debiera perdurar en la memoria de los vivos.
El cabeza de familia de la estirpe actual es Manuel Soto Monje, conocido por el remoquete de Sordera (1927-2001), primer gitano hijo predilecto de Jerez nombrado un año después de su adiós, y el patriarca que antaño marcaba la pauta, el tronco por el que ha fluido la savia ancestral que, en estos tiempos, ha llegado a las ramificaciones de sus retoños, sus hijos, sus sobrinos y nietos, entre los que hoy descuella la joven Lela Soto, pero también el aljibe sonoro donde los aficionados de todas las tendencias encontraron siempre un motivo de asombro y apasionamiento.
En el Tío Manuel se dan con creciente esmero vivencias inolvidables y los mejores recuerdos de muy buenas escuchas. Desde que se inició profesionalmente en el jerezano Café Plata y Oro, donde estuvo actuando hasta 1944, siempre destacó en todos los cantes jerezanos como las bulerías, soleares o seguiriyas.
Varios años después se trasladó a Sevilla, donde actuó en el tablao El Guajiro y en los elencos de Manuela Vargas y María Rosa. E incluso hizo giras por América, Europa y Asia, hasta que en 1962 decidió afincarse en Madrid para trabajar en El Duende, Los Canasteros y Las Brujas, y llegar a conseguir la Copa Jerez, a partir de la cual hizo de cada cante absorbido por sus mayores el símbolo de una grandeza por ganar.
A partir de entonces, Sordera realizó sus primeras incursiones discográficas, territorios gozosos que han servido de enseñanza para los que vinieron después. El resto ya lo conoce el lector, pero sí me gustaría resaltar que su peculiaridad más marcada fue el ser testigo de excepción de varias etapas creadoras de este arte, y, por ende, uno de los artistas que proclamaron en su tiempo crecientes ansias por recuperar los elementos de una cultura propia, adormecida hacía años, hasta alcanzar la maduración de su pensamiento musical y la manifestación de un estilo singular.
«Las enseñanzas del pasado son el pasaporte hacia el futuro. Así lo aprendí del amigo Manuel Soto, Sordera de Jerez, que, como tantos ilustres jerezanos, me enseñaron todo, incluso a no olvidarlos. Pero hete aquí que en este encanallado mundo del flamenco nunca hay espacio ni tiempo para la reparación y el arrepentimiento, de ahí la necesaria oportunidad de recordarlo ante una ciudad donde la vida de los muertos, después de dos siglos, debiera perdurar en la memoria de los vivos»

Rescatador, por tanto, de una escuela enraizada en las esencias familiares y de su propio modo de ser, podemos decir de Sordera que su vida es la suma de los esfuerzos que le exigió la creación de una interesante obra y su identificación con los destinos de Jerez.
Las bulerías por soleá, por ejemplo, que arrancan del Sordo la Luz y Antonio Lapeña; soleares de corte jerezano; seguiriyas de Manuel Molina, Paco la Luz y Tío José de Paula; fandangos naturales, de El Niño Gloria y de José Cepero; tientos-tangos; taranto; taranta; malagueña del Mellizo, o las cantiñas con preferencia a las alegrías, el mirabrás y las romeras, constatan situarnos ante un cantaor solvente, firme y de sublime expresividad.
Su empatía fue, igualmente, especial con las bulerías santiagueras, y de espléndida soltura en los cantes del Piyayo y la bambera, encontrando riqueza de acentos en las sevillanas o en cantes de temporada como la saeta, los campanilleros o los villancicos, entre otros muchos.
A lo que antecede, a más de su honestidad profesional, añado el ser un padre ejemplar y llevar a Jerez por bandera, resumen de los más altos valores de este maestro universal que, en los tres últimos años de su vida, se movió en el terreno más favorable para su diabetes, dejando en la memoria de quienes gozamos de su amistad un flamenco de subyugante carácter, intenso y profundamente gitano, a través de una obra que le permitió reflejar las más variadas situaciones cantaoras, sin perder jamás la dignidad de su etnia y despidiéndose, a los 74 años de edad, como el mayor heredero moderno de la gran tradición flamenca jerezana.
Su herencia es buena parte de la genética jonda, pues no podemos obviar que Sordera de Jerez era, por línea paterna, biznieto de Paco la Luz y nieto del Sordo la Luz, por lo que podemos deducir que sus hijos están emparentados con lo más ilustre del eje Utrera, Lebrija, Jerez, y son, por deducción, herederos legítimos de nombres tan relevantes como los citados, teniendo mismamente en consideración que este Sordo la Luz, tan olvidado, fue el gran artífice, junto a Antonio Lapeña, de las bulerías y la soleá por bulerías.
Abundando en el parentesco, retengamos que Sordera era también primo hermano de Manuel y Juan Morao, y al contraer matrimonio con una hija de Vicente Barea, primo hermano por cierto del Niño Gloria, la encantadora Rafaela Barea Carrasco alias Lela, de ese enlace nacerían Enrique Soto (1952), Vicente Soto (1954), Juana, Manuel el Bo (1957-2021), José Sorderita (1961) y dos niñas más, una de ellas Gabriela, casada con Manuel, el hijo de Adela la Chaqueta, siendo la más pequeña, Lely, la única que nació en Madrid.
Estamos, a este tenor, ante un patriarca de subyugante riqueza al que se le dedicó la I Bienal de Cante Jerez (2019), y a quien los amigos mantenemos en la memoria iluminada de franca veneración, principalmente sabedores de que el próximo 24 de junio se cumplirá el 25 aniversario de su adiós. Y que así sea de por siempre, porque si el pasado es el recuerdo, no debieran estar los aficionados con la memoria hasta que llegue el lechero, como decía Tío Manuel Sordera, porque el futuro pertenecerá a Jerez siempre que la ciudadanía se implique y persista en la belleza de sus sueños. ♦





















































































