Hay muchas y diversas formas de crear. Una de ellas es la de recrear y reformar lo ya existente para dar aún mas valor a obras maestras históricas y consolidadas sin que parezcan que tienen décadas o siglos. Es un acierto salirse de las lindes que marcan los tiempos y los caminos de la creación. En pleno siglo XXI, quizás se adolece justo de eso, de (re)creadores. Desde hace unas décadas, las líneas argumentales de la discografía moderna han venido marcadas por (re)crear y tirar de repertorios archiconocidos para consolidar aparentes novedades. Pero mas allá del análisis simplista del copismo, la verdadera novedad de las recreaciones se sustenta sobre las bases de articular un trabajo discográfico que resulte innovador y no nos traslade al pasado, sino al futuro.
Alicia Morales, cantaora granadina de reconocida trayectoria, acaba de publicar su segundo disco, que no es sino un homenaje al cantaor sevillano Antonio Pozo El Mochuelo.
Trabajar y profundizar en la obra de quien más ha grabado en la historia del flamenco no es tarea fácil. Es un ejercicio de responsabilidad a largo plazo, como mínimo lo que dura tener acceso a su obra, dedicar cientos de horas a conocerla, interiorizarla, descartar aquello que no pasa el filtro, decidir sobre lo que sí, y lo más difícil, sobre lo que genera dudas de si tiene el verdadero valor, siempre subjetivamente, para incluirlo en la selección.
De ahí que Alicia haya dedicado años a este estudio. En primer lugar, hay que preguntarle por qué el Mochuelo y no otro u otra. En segundo lugar, la dificultad añadida de que no fue ni ha sido un cantaor valorado en su justa medida mas allá de tenerlo por un cantaor plano y sin jondura. Pero su valor no está en su voz, que también. Está en su obra, en su legado y cómo se ha convertido en un bastión fundamental en la cadena de transmisión cantaora de los estilos primitivos hacia los actuales y sólidos. Ahí radica su valor. Y el valor de este homenaje, en la sabia elección de cómo redondear un disco eligiendo entre más de trescientas grabaciones para que quede un repertorio que se ajuste a la calidad del legado.
En el laboratorio, análisis y elección, véase, proceso de investigación de Alicia, han participado Carlos Martín Ballester, Faustino Núñez, Manuel Martín Martín y un servidor.
Pero el grosso del trabajo se lo han cargado Alicia y su colaborador necesario, el guitarrista José Quevedo Bolita.
Entre las muchas virtudes del cedé, la elección de cantes. El bisturí se ha ido a diseccionar con microscopio en cada cante un conjunto de estilos que proceden en su totalidad del primitivismo de lo que hacía el Mochuelo a finales del siglo XIX y que dejó grabado tanto en cilindros como en discos de pizarra monofaciales.
Así, el disco comienza con guajiras Vida mía, donde recoge el testigo fiel de esta modalidad primitiva en la versión que se cantaba en aquel siglo. Se trata de un rescate y viaje al pasado en toda regla, una novedad a la que nadie ha hecho caso mas allá de cantarla en directo en algún espectáculo para el baile. Recuerdo un estreno de Javier Barón en el Teatro Villamarta allá por 2006 bajo la dirección musical de Faustino Núñez, de ahí que sea colaborador necesario el musicólogo en este disco. Recoge Alicia varias de las versiones acuñadas por Mochuelo aportando una personalidad arrolladora y cómplice con el protagonista del disco.
Aunque el Mochuelo tocó todos los palos, los elegidos por Alicia y Bolita obedecen no solo a la singularidad del repertorio clásico y heredado por las nuevas generaciones, sino a un leit motiv muy estudiado más allá de la simple obra que pone en solfa el estudio y rescate de viejas formas cantaoras que de no ser por el sevillano y por la granadina quedarían en el ostracismo de su discografía, al alcance de unos pocos. Por eso entiendo que cantaora y guitarrista han debido hacer un ejercicio de introducirse en el personaje y trasladarse a la época para entender y decidir qué hacer.
«Aunque el Mochuelo tocó todos los palos, los elegidos por Alicia y Bolita obedecen no solo a la singularidad del repertorio clásico y heredado por las nuevas generaciones, sino a un leit motiv muy estudiado más allá de la simple obra que pone en solfa el estudio y rescate de viejas formas cantaoras que de no ser por el sevillano y por la granadina quedarían en el ostracismo de su discografía, al alcance de unos pocos»

Los tientos que continúan son los clásicos, adornados de giros melismáticos que imprime Alicia vistiéndolos de modernidad junto a los tangos que recogen la parte final del tema.
La taranta es un elogio al recuerdo, a la herencia de una geografía cantaora que consolidó formas y rúbricas tan personales como las de Pedro el Morato o Fernando de Triana, entre tantos y tantos. Por ello, lo más importante de toda la obra analizada en conjunto es el mantenimiento de un equilibrio sosegado y acertado entre el pasado y el presente sonando a futuro.
En la bulería, moderna al extremo, recoge el testigo de Bernardo de los Lobitos, del cante corto de Jerez y de una propuesta abierta con estribillos y letras propias homenajeando al Mochuelo e incluso un guiño a Mama Lala (para quien no la haya conocido, la valedora principal de que Alicia sea cantaora).
Me gusta especialmente la seguiriya, en la que Alicia apuesta por personalizarla sobremanera con giros tonales y cuartos de tono que la apartan de cualquier registro similar a nadie, otra de las apuestas de la granadina. Los estilos son los clásicos abordando lo que dejó grabado en cilindro el Mochuelo con la guitarra de Manuel López, mimetizando el cante y reconvirtiendo lo viejo en nuevo. Hace pocas semanas, en una crítica publicada en esta web, analicé un recital de este disco en directo y lo titulé, creo que humilde y acertadamente, Renuevo del cante viejo, y así lo mantengo a cada escucha del disco.
Al igual que la seguiriya pasa con la soleá: rescate a cara descubierta de formas cantaoras del siglo XIX sin filtros ni aderezos asintomáticos.
Destaco además las sevillanas antiguas que han elegido del amplio repertorio de la discografía original con una magnífica elección de letras muy cuidada en la concordancia y en el sentido poético y literario.
Cierra el disco la petenera antigua, adornada con musicalidad y originalidad, actualizada, tamizada por la voz y el estudio de cada tercio. Merece la pena escucharla en bucle para saber el origen del cante.
Y finaliza con una saeta, la de Caifás, con aire de la toná del Cristo muy en las formas en las que se concibieron en el flamenco de aquella época.
Dejo para el final el trato a la guitarra. Si bien las antiguas grabaciones no han permitido a José Quevedo Bolita profundizar a conciencia en las falsetas, no le ha hecho falta porque ha sido capaz, de manera soberbia, a mi juicio, de incardinar el cante antiguo y la modernidad cantaora de Alicia con su propia factura creadora. Aquí hay novedades a mansalva. La cuidadosa elección de silencios, de cierres a las letras, de recogida del cante, de aportaciones personales sonando a nuevo nos hacen pensar que no se entiende un disco de esta envergadura sin una guitarra tan a la altura del legado y del repertorio arqueológico y estilístico concebido para una guitarra tal personal como la de Bolita. Por eso, este tándem puede ser una obra de referencia en el futuro para conocer no sólo cómo se cantaba en el siglo XIX sino cómo se entiende su cante a través del filtro de la mentalidad, el conocimiento y el estudio del siglo XXI. Acompañan el resto del disco otros músicos de igual importancia que los mencionados: Paquito González en la percusión y las castañuelas de Eva Ruiz Verdejo en las sevillanas. ♦






















































































