Hay una costumbre muy española que consiste en colocar una aduana allí donde antes había una puerta abierta. Siempre que una manifestación artística adquiere prestigio, aparece un comité de inspectores dispuesto a repartir sellos de autenticidad: “Esto sí”, “Esto no”, “Usted puede pasar”, “Usted, en cambio, espere fuera”…
El último ejemplo de ello lo ha protagonizado la artista isleña Niña Pastori en un popular espacio televisivo, al asegurar que “el flamenco es de Sevilla para abajo”. Una frase de esas que funcionan de maravilla en televisión y en las redes sociales, porque caben en un rótulo y obligan al espectador a escoger bando antes de que llegue la publicidad. El problema es que la realidad suele tener la fea costumbre de no caber en siete palabras.
Claro que el flamenco tiene una geografía. Negarlo sería tan absurdo como sostener que Velázquez o Picasso aprendieron a pintar viendo tutoriales de YouTube, o que el jamón ibérico y la manzanilla vienen del supermercado. El flamenco –parece haber un consenso claro al respecto– nace en Andalucía, y adquiere sus atributos fundacionales entre Sevilla, Cádiz, Jerez y los Puertos. Pero, del mismo modo que una cuna no es una cárcel, un origen tampoco es una frontera.
Lo curioso es que esta obsesión por vigilar las esencias suele aparecer cuando esas esencias ya han triunfado. Nadie protege con tanto entusiasmo lo que permanece encerrado en un sótano. Se protege con celo y usura aquello que ha conquistado el mundo. Y el flamenco, para fortuna de todos, hace mucho tiempo que dejó de pedir permiso para salir de casa.
Porque el flamenco no pregunta de dónde vienes, pregunta qué tienes que decir. Basta con mirar un poco más allá del Guadalquivir para comprobar que el mapa nunca fue tan estrecho como se pretende: la memoria ganadera de Extremadura, Murcia transformando la mina atroz en un patrimonio musical propio, Madrid como la gran capital profesional del flamenco, Cataluña como tierra de acogida de la emigración andaluza y suelo fértil para el arte… ¿Acaso no son flamencos Sabicas, Porrina de Badajoz, Alfonso Losa, El Cigala o Mayte Martín?
«Hay flamencos sobresalientes de origen francés, alemán, holandés, griego, argentino, brasileño, estadounidense… En ExpoFlamenco llevamos muchos años disfrutándolos y hablando de ellos. Y luego está, cómo no, Japón. Hay algo casi poético en comprobar que algunos de los aficionados más rigurosos viven a diez mil kilómetros de Triana. Hay ingenieros de Osaka capaces de distinguir dos variantes de soleá con más tino que muchos andaluces de pura cepa»
Y como nos consta que el duende, en caso de existir, ha sido siempre un duende viajero, podemos irnos más allá: hay flamencos sobresalientes de origen francés, alemán, holandés, griego, argentino, brasileño, estadounidense… En ExpoFlamenco llevamos muchos años disfrutándolos y hablando de ellos. Y luego está, cómo no, Japón. Hay algo casi poético en comprobar que algunos de los aficionados más rigurosos viven a diez mil kilómetros de Triana. Hay ingenieros de Osaka capaces de distinguir dos variantes de soleá con más tino que muchos andaluces de pura cepa. Mientras tanto, aquí seguimos preguntándonos si el padrón municipal determina la afinación o el compás de cada cual.
El jazz nació en Nueva Orleans, pero nadie pierde el sueño porque un noruego improvise un solo de saxofón memorable. El tango dejó hace décadas de pertenecer exclusivamente a Buenos Aires. El fado emociona en escenarios donde jamás se ha pedido un café en portugués. Y Shakespeare, desde luego, no necesita que el público haya nacido en Stratford-upon-Avon para seguir pareciendo Shakespeare. Por su parte, un cantaor mediocre nacido a la sombra de la Giralda seguirá siendo mediocre aunque el padrón municipal juegue a su favor. Y un intérprete extraordinario parido en Badajoz, en Sabadell, en Móstoles o en Kioto seguirá emocionando aunque nunca consiga orientarse bien en el barrio de Santiago. El talento, como dicen los cubanos, es el bien mejor repartido que hay en el mundo.
Todo esto no significa que no podamos hacer un esfuerzo por comprender, bajo el sensacionalismo del titular, el sentido profundo de las palabras de Niña Pastori. Porque queremos creer que con sus palabras no pretendía levantar una frontera, sino reivindicar un paisaje sentimental.
Sí, quien ha crecido entre los patios de vecinos de San Fernando, las ventas y peñas gaditanas o esas fiestas familiares donde el compás se aprende antes que las tablas de multiplicar sabe que en estos lugares se dan matices genuinos, detalles con denominación de origen. Hay formas de cantar, tocar y bailar que pertenecen a una tradición vivida, no estudiada. Es lógico que esos acentos nos gusten, que los reconozcamos y hasta que los celebremos. El problema empieza cuando ese legítimo orgullo por el lugar de origen se convierte, quizá sin querer, en un derecho de admisión para los demás.
Ayer me hizo llegar un compañero de ExpoFlamenco una imagen con mucha guasa, en la que podía verse una recta rigurosa atravesando horizontalmente el mapa de Andalucía, bajo el rubro La línea Pastori. Al final, todo parece condenado en nuestros tiempos a quedar reducido a broma anecdótica, a meme pasajero. Las frases rotundas, en fin, son cómodas porque simplifican el mundo. Pero el mundo, tan rico y complejo por naturaleza, se ríe de ellas. ♦

















































































