En el principio del tiempo/ antes de que tú nacieras/ ya te estaba yo queriendo. Así dice la letra de una hermosa soleá apolá cantada por D. Antonio Fernández Díaz, Fosforito, recientemente fallecido, después de una larga y fructífera vida artística y también intelectual. Le doy el reconocimiento de don porque ya hacía tiempo que lo merecía, como antes otros antonios legendarios, como Chacón o Mairena. Naturalmente, yo no conocía el cante del maestro cordobés desde antes de que él naciera ni antes de nacer yo, de manera que no podía admirar su cante en ese espacio fuera del tiempo. Sin embargo, sí ocurre algo que he contado antes en alguna tertulia o conferencia: yo entré en el flamenco a través de Fosforito.
Tendría yo quince años cuando encontré en un mueble de mi casa una vieja cassette dejada allí, seguramente, por mi hermano mayor, al que le gustaba el flamenco algo. En la cara de la cinta, un hombre de mediana edad, con unas enormes patillas de hacha, muy a la moda entonces. A esa edad yo relacionaba el flamenco con cosas de mayores, de viejos. Un tío mío, que tenía un antiguo pickup, escuchaba flamenco y derivados, desde copla a gente que luego yo entendería como grandes, pero que entonces consideraba cosas anticuadas frente a la música pop y yeyé que a mí me gustaba escuchar y bailar en guateques y verbenas.
Y de pronto, aquella vieja cinta cambió mi vida según iba escuchándola. ¿Esto es flamenco?, me decía a mí mismo. Quedé petrificado, recibí un impacto que dura hasta hoy, tantos años después. A partir de entonces yo solo tenía oídos para Fosforito. Compraba cualquier disco que encontraba de él. Las pocas veces que aparecía Fosforito por mi ciudad –yo a esa edad no viajaba, claro– por supuesto que iba a escucharlo con algún amigo mayor que yo. Naturalmente, con el tiempo descubrí que había más flamenco, y a veces muy bueno. Pero durante bastante tiempo el cante de Antonio fue una verdadera obsesión para mí.
Años después, ya en Madrid, conecté con muchos aficionados, conocí la peña que llevaba el nombre del cantaor de Puente Genil, y vi que no estaba solo en mi querencia a su cante. Desde luego, en aquella época era uno de los cantaores que más actuaban y triunfaban entre los aficionados. Era heredero del mairenismo reinante en aquellos años, y como tal, con una fuerte intransigencia ante todo lo que se saliese del canon fijado por Mairena. En conversaciones mantenidas con él a lo largo de tantos años le escuché calificar como “antiflamenco” a verdaderas figuras del cante. Estoy pensando en representantes de una generación posterior, pero también a otros y otras más jóvenes. Pese a mi respeto hacia él, en una ocasión no pude evitar responderle cuando me dijo que lo que hacía Mayte Martín no era verdadero flamenco. Para mí sorpresa, quedó pensativo y no me contradijo.
«Pese al fuerte carácter que siempre tuvo, en los últimos años se había ablandado, por así decirlo, y aceptaba como válidas formas de cantar que hace años le habrían resultado inaceptables. En cualquier caso, Fosforito ha sido para mí uno de los verdaderamente grandes que ha dado el flamenco. Fue un placer y una suerte coincidir con él muchos años en este mundo, en el principio de mi tiempo en el flamenco»
Allá por los años noventa (en esos momentos yo era director del Festival del Cante de las Minas) se le hizo un homenaje en el Festival de Nimes, en Francia. Yo asistí. Un día fuimos a comer a un restaurante junto al mar. En el grupo, además, de algunos aficionados y artistas, iba el propio Fosforito, que estaba en un extremo de la mesa, mientras que yo estaba en el otro. Junto a mí tenía a una persona a la que al principio no reconocí. Con esa persona estuve hablando mucho de todo, también de flamenco. Además, él participaba en la conversación colectiva. Cada vez que decía algo, Fosforito le contestaba, pero siempre con una agresividad que yo no entendía. Lo comenté después con uno de los asistentes, y me dijo: ”¿Pero no has visto a quién tenías delante? Era el Marsellés”.
El Marsellés, cocinero, que residía en la zona, era uno de los más conocidos ‘enfermeros’ que solían acompañar a Camarón, y que eran al mismo tiempo sus coseguidores de cualquier cosa. Se entendía entonces la agresividad. El maestro cordobés, como otros mairenistas de su generación, no soportaba la visión flamenca del gran cantaor gitano, que encima triunfaba y arrastraba al público como ellos nunca lo habían hecho.
En el Festival de Lo Ferro, que se celebra a finales de julio, este año se le rendirá homenaje y se dará su nombre a algún espacio cultural. En realidad en esta pedanía de Torre Pacheco, que celebra cada año su prestigioso festival, se le rinde un homenaje continuo. El maestro fue el creador de la ya famosa ferreña, un cante para el que se reserva uno de los principales premios del certamen. Fosforito la creó hace años con aire de malagueña. Y desde hace años venía acudiendo cada verano al festival, escuchando cada año a los concursantes y a los participantes en las galas. Y permanecía, con más de noventa años, plenamente activo, participando en tertulias y en diversos actos, siempre acompañado por su esposa. He disfrutado de su amistad y sabiduría desde hace décadas, pero muy intensamente estos últimos años. Lo vamos a echar de menos en este trozo del Campo de Cartagena que es una verdadera despensa para toda Europa.
También es cierto, pese al fuerte carácter que siempre tuvo, que en los últimos años se había ablandado, por así decirlo, y aceptaba como válidas formas de cantar que hace años le habrían resultado inaceptables. En cualquier caso, para mí ha sido uno de los verdaderamente grandes que ha dado el flamenco. Fue un placer y una suerte coincidir con él muchos años en este mundo, en el principio de mi tiempo en el flamenco. Gracias, maestro. ♦


















































































