Javier Salvago –Paradas, Sevilla, 1950– es poeta y narrador con importantes reconocimientos, unos de los maestros de su generación poética. Premio Nacional de la Crítica de Poesía, entre otros reconocimientos, su trayectoria incluye haber sido muchos años guionista de Jesús Quintero El Loco de la Colina, así como narrador especialmente en los últimos quince años –su juguete, su entretenimiento de la vejez, dice–, autor de novela, relatos, dos libros autobiográficos, aforismos, etc. Es profeta en su tierra, pues allí en Paradas, su pueblo y el mío, tiene hace años una plaza con su nombre y recientemente le han dedicado un azulejo con sus versos en la Casa de la Cultura. Puede verse su trayectoria en este enlace del Centro Andaluz de las Letras.
O, actualizada y resumida, en la web que anuncia su último libro de poemas, La vejez del poeta, en Editorial Renacimiento, tan prestigiosa.
Me centraré en poemas relacionados, de alguna manera, con lo flamenco, dado el carácter de nuestra revista. Le preguntamos qué significa el flamenco para él y qué experiencia ha tenido sobre este arte.
«Yo nací en los años cincuenta en un pueblo de la campiña sevillana, Paradas, y desde que tengo memoria he escuchado flamenco. Lo escuchaba más de viva voz, en los hombres que cantaban en la taberna con una copa o muchas copas de vino. Mi padre también canturreaba cuando bebía o en alguna fiesta. Tengo el flamenco en el oído y quizá, antes que la poesía, fue el flamenco el que influyó en mi sentido de la medida y el ritmo. También en mi sentido trágico, digamos, de la vida. Hay un poema, Cerca del cielo, en el que evoco estos momentos de cante y vino en aquellas tabernas en las que estaba prohibido el cante».
En algunos libros suyos hay algunas referencias métricas asiduas en el flamenco, como las soleares. Es buen admirador de Manuel Machado también en esta vertiente.
En su obra publicada encontraremos soleares –Soledades, las llama, quizá intencionadamente–, desde su primer libro, La destrucción o el humor, de 1980. Vemos dos de ellas:
Si me tengo que morir,
¿por qué no me lo advirtieron
antes de venir aquí?
¿A qué jugarán los hombres
de aquí para allá, sin tregua,
de la mañana a la noche?
La vuelve a usar en Variaciones y reincidencias –1985– como remate de Poema de una noche –p. 107–:
Sobre las cuatro, a la cama:
el sueño, y a ser posible,
que tarde en llegar mañana.
Aparecen muestras de soleares en Nada importa nada, de 2011, o en Una mala vida la tiene cualquiera, de 2014, entre otros.
En el blog de Fernando Ortiz aparecen sus Apuntes y canciones del camino, con varias composiciones como las siguientes:
Mira qué crimen tan malo
será nacer, que la pena
es a trabajos forzados.
Echa vino, tabernero,
que hoy me siento como un trapo
y quiero andar por los suelos.
Echa vino, tabernero,
hasta que ya no me acuerdo
de quién soy ni por qué bebo.

En el último de poesía, La vejez del poeta –2026–, no falta una sección cercana al flamenco, por la brevedad y sentenciosidad, o la ironía, marca de la casa, al menos. En el apartado II, Breviario, de poemas cortos, podemos disfrutar, entre otros, de los siguientes:
¿En qué pensará mi gato
cuando parece que piensa,
tan serio y ensimismado?
Qué duro que sean siempre
los que más daño nos hacen
quienes bien nos quieren.
Como autor de letras flamencas, de soleares y otras estrofas de la baraja flamenca, quizá todo empezó en la Bienal de flamenco de Sevilla de 1980, en la que le premiaron unas letras y se hizo ya eterna una magnífica, eterna soleá:
A las claritas del día
el sol por los olivares
y tus manos ya tan frías.
Ahí queda eso. Redonda, tan sugerente, directa para ser leída con gusto, con el toque amoroso, sensual y el contexto clásico de la naturaleza como fondo, una joya. Esa misma junto a otras dos, las siguientes, aparecen seleccionadas en el blog Un poema cada semana, editado por Antonio Martín Flores. Aparece Salvago en compañía en esa entrada de otros tres grandes poetas más con soleares: Manuel Alcántara, José Bergamín y su paisano Juan Peña. Son los mismos que aparecen en la revista Litoral, en la que Miguel Ropero, mi querido maestro y amigo, y yo coordinamos el número dedicado al flamenco, año 2004. En la sección de poemas de autor escogimos esos mismos ejemplos, el anterior y los dos que siguen.
¡Que se calle el refranero!
Para malo conocido
cualquier cambio sabe a bueno.
No sé qué tiene la vida
que a ratos se me atraganta
como si fuera una espina.
«Creo que en mi poesía se nota la influencia profunda del flamenco. Influencia en la medida y en el tono. Ese cantar más que lo que se pierde, que diría don Antonio, lo que duele. Yo diría que soy, modestia aparte, un poeta hondo»
Así que el propio poeta reconoce esta influencia, huella, reflejo del flamenco en su obra poética. Nos dice:
«Creo que en mi poesía, como acabo de decir, se nota la influencia profunda del flamenco. Influencia en la medida y en el tono. Ese cantar más que lo que se pierde, que diría don Antonio, lo que duele. Yo diría que soy, modestia aparte, un poeta hondo».
Para la misma Bienal que lo premió coordinó por encargo un libro muy interesante. Una antología de poesía relacionada con el flamenco, la lírica cantando al arte jondo, sea baile, toque o cante. Si bien se centra en el baile que, no obstante, engloba todo. En definitiva, hasta la letra o lírica: El oleaje de la llama. Homenaje de la poesía al baile flamenco, editado en 1988 y que los investigadores y aficionados hemos disfrutado y consultado tanto gracias a los textos de diversos autores nacionales, como Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez, entre otros, e incluso extranjeros, como Rilke.
Para las seis cuerdas. Homenaje de la poesía a la guitarra, editado por la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla en 1984 es otra de sus aportaciones de investigación o recopilación.
Precisamente en la XIII Bienal de Flamenco de Sevilla en 2004 se estrenó Para las seis cuerdas, con textos de escritores como Felipe Benítez Reyes, Abelardo Linares, José Julio Cabanillas, José L. Rodríguez del Corral, Vicente Tortajada o nuestro poeta Javier Salvago, con los artistas de la compañía de la bailaora Charo Cala.
También Pepe Roca canta un texto del poeta en el CD, libro disco en realidad, Río de rostros, de 2019, una obra hermosa del guitarrista y compositor Juan Carlos Romero, que pone sonido y sentimiento a poemas de diversos autores con la voz, básicamente, de Pepe Roca –Alameda– y artistas como José Mercé, Estrella Morente, Rosendo, Javier Ruibal o Lucrecia. El prólogo es de Alejandro Sanz.
Letras o poemas que merecen ser cantadas por los artistas flamencos, entre los que parece que aún no han tenido mucho eco, según nos cuenta:
«Cantadas, creo que alguna, aunque muy pocas. Grabadas, por flamencos, no. Sí me han cantado y grabado algún poema fuera del flamenco. Pero letras, no».
Ofrezco como despedida para ExpoFlamenco una selección de soleares de Salvago, que sabe siempre emocionar a través de la profunda sencillez de la mejor poesía:
La vida es una carrera.
Por poco o mucho que corras,
siempre vas a tumba abierta.
Después de tanto soñar
parece que va llegando
la hora de despertar.
Dicen que el poder corrompe,
pero el poder sólo saca
lo que lleva dentro el hombre.
Será cosa del mercado
que tantos valgan tan poco
y unos pocos valgan tanto.
La violencia es muy fea,
¿pero qué se ha conseguido
socialmente por las buenas?
El mundo lo tiene todo
para ser un paraíso.
Sólo sobramos nosotros.
El hombre es un animal
que un día perdió la inocencia
y descubrió la maldad.
Todo pasa, hasta el dolor
interminable que sientes
por la muerte de ese amor.
Mira si seremos raros
que ni sabemos querernos
sin hacer y hacernos daño.
Si no fuera por los lazos
con que nos ata la vida,
me iría dando un portazo.
Al fin acabas sufriendo
más por la gente que quieres
que por tu propio tormento.
Dormir y no despertar
y estar soñando contigo
por toda la eternidad.
No hay paraíso que aguante
con una prohibición
y una serpiente intrigante.
Leñador mezquino,
que sólo sabe hacer leña
de los árboles caídos.





















































































