El nombre de Fernando Trueba va indisolublemente unido al cine –incluyendo un Óscar– como a la música –tiene dos Grammys y cuatro Grammys Latinos como productor–, y a menudo ha sabido unir esas dos pasiones en trabajos memorables. Baste citar Calle 54, el documental que dedicó al jazz latino con primeras figuras como Tito Puente, Paquito d’Rivera o Michel Camilo, para saber de qué es capaz cuando se pone detrás de la cámara.
Con el flamenco parecía tener también el cineasta madrileño una cuenta pendiente, que se salda ahora con Bajañí, el documental producido por Garajonay Films, Womack Studios y Lolita Films que presentó este martes en el Festival de San Sebastián, protagonizado por un viejo amigo suyo: Juan José Heredia, más conocido como Niño Josele.
Como explica el propio director al inicio del filme, conoció al guitarrista en el año 2000, coincidiendo con el estreno de Calle 54, cuando Josele se acercó a músicos latinos como Jerry González, con quien llegaría a grabar, o Bebo Valdés. Luego, Trueba le propuso grabar un homenaje a Bill Evans que dio en llamarse Paz, al que siguió Española, donde jazzistas abordaban la música del almeriense. Luego se aproximaría a los clásicos de la música brasileña con Amar en Paz, con la voz de Estrella Morente.
La carrera de Niño Josele siguió avanzando en el siglo XXI con alianzas tan irresistibles como las que hizo con Paco de Lucía o Enrique Morente, así como con astros pop como Andrés Calamaro o un gigante del jazz como Chick Corea. Todo ello fue induciendo en Trueba la posibilidad de grabar una cinta “que ilustrase ese viaje asombroso”. Esa película es Bajañí, y se resume en una sucesión de actuaciones en directo salpicadas por imágenes sueltas del músico en sus viajes.
«Trueba ha tirado de un guitarrista, Niño Josele, con el que mantiene una veterana amistad y que, además, tiene la llave para moverse por todos los universos sonoros sin perder un ápice de flamencura. La magia de la pantalla grande hará, sin duda, un buen servicio a la bajañí jonda»

Empieza fuerte el filme con Josele a solas tocando su Autorretrato. Una prueba de coraje antes de meterse, bien arropado ya por músicos paisanos, en los Tangos de la Chanca. Con Joaquín El Grilo y Ané Carrasco, además de la Orquesta Ciudad de Almería bajo dirección de Michael Thomas, se mete en el Concierto para piano nº1 del maestro Chick Corea enlazado con A mi compadre Antonio. Por allí asoma su hijo, el pianista José el Gato, con quien va a tocar la seguiriya El balcón de la luna.
A continuación, la voz de Enrique Morente parece sonar estremecedora desde el más allá con El pastorcico de San Juan de la Cruz, que en un arriesgado experimento respaldan con sus voces las hijas del maestro granadino, Estrella y Soleá. Uno de los pasajes más sugerentes es la interpretación de Galaxias con una banda de jazz compuesta exclusivamente por mujeres, encabezada por Renee Rosnes al piano.
Tampoco pasa desapercibida la interpretación de First song de Charlie Haden con Kenny Barron al piano, seguida de las singulares Alegrías de Brooklyn del propio Josele. El cantante Rubén Blades y el contrabajista Ron Carter comparten con el guitarrista La flamenca antes de abordar la última etapa del viaje, Brasil, con Insensatez de Vinicius y Jobim, un bonito dúo con Marisa Monte y el Pan de Azúcar detrás, un tema con músicos de este país tocando en medio del Amazonas y un cierre magistral con Caetano Veloso haciendo el Because de Lennon y McCartney.
La película no hace concesiones al espectador distraído o perezoso, ni se presta a demasiados efectismos de cámara. Por el contrario, muchas tomas se ensimisman en el movimiento de la mano de Josele por el mástil o en las expresiones del músico, que a veces parece un poco abrumado –como lo estaría cualquiera– por la proximidad del equipo de grabación, pero que demuestra su gran nivel en coyunturas y compañías muy difíciles. Trueba podría haber elegido a otros guitarristas de primera, pero ha tirado de uno con el que mantiene una veterana amistad y que, además, tiene la llave para moverse por todos los universos sonoros sin perder un ápice de flamencura. La magia de la pantalla grande hará, sin duda, un buen servicio a la bajañí jonda. ♦
















