Federico García Lorca sentía una profunda admiración por lo gitano, principalmente simbólica y poética. No fue un excelso investigador de sus raíces, de su cultura, y de sus tradiciones supo encajar su poesía idolatrando al pueblo gitano, procesándole pleitesía y respeto. De ahí que su Romancero gitano fuese su obra culmen en honor a los calés y que ha sido musicado hasta la extenuación de mil maneras posibles.
La última, que será la penúltima en breve, es la reinterpretación que se ha presentado en el Ciclo Lorca y Granada en los Jardines del Generalife de Granada. La alma mater de esta nueva producción es nada menos que la diosa del baile Manuela Carrasco.
Bajo el título Las gitanas cantan y bailan a Lorca ha creado una colección de estampas independientes, inconexas cuya esqueleto ha sido rescatar el Romancero gitano lorquiano a base de incluir buena parte de su contenido en las coplas. Una lectura rápida del texto invita a ver un guion conexo, bien armado, con un hilo conductor palpable. No así la propuesta de Carrasco, que tuvo su gran valía en la creación de coreografías individuales para hilvanar la obra de Lorca y dar sentido al poemario.
Llamó poderosamente la atención la total ausencia de escenografía más allá de una plataforma central en la que los músicos se asentaron. El espacio del Generalife es probablemente de los escenarios más grandes del país y no solo basta un baile para rellenarlo, que también. Pero cierto es que la inmensa caja escénica queda vacía, hueca, sin elementos que acompañen al argumento principal, por lo que hay que exprimir más la naranja para que la muestra sobresalga.
De por sí, el título de la obra ya invita a pensar que no iba a haber un hilo conductor más allá de una valiente muestra de bailes y cantes consecutivos, con transiciones poco o nada operativas dejando el escenario oscuro en cada una.
Sin embargo, numerosos destellos de arte iluminaron la noche. De comienzo, el recitado de Coco Reyes, que estuvo fantástica, discreta, pero con poder de transmisión con odas y loas continuas al poeta. Nos invitó a dejar que entrasen las voces antiguas, las madres, las abuelas, las niñas, los hombres de la fragua, las canastas y las canasteras… mientras resonaban los tangos de Graná y el Romance de la pena negra.
Enrique el Extremeño, máxima autoridad del acompañamiento para bailar, cantó taranto a Manuela. Levantó y alzó los brazos al cielo. Abrió las manos y se paró el tiempo. Invadió el escenario sin apenas moverse, aquí sin necesitar atrezzos justificado exclusivamente con la solemnidad de la sabiduría.
«Temblaron los jardines del Generalife. Manuela bailó al cante, sin filtros, sin tiempo, olvidándose de quien era para convertirse en poesía. Porque aquí es donde la obra se hizo cumbre. Decir soleá es decir Manuela y viceversa. Sobran las palabras porque no las hay para definirla. Es la quietud hecha esencia. Es el movimiento hecho efigie, escultura. Es la silueta vacía de sombras. Es el baile sin romperse, sin hacer ruido. En definitiva, es la alquimista de la soleá»

Gustaron las modificaciones musicales de los versos del poeta alejados de lo conocido, como el Anda jaleo por alegrías, con pinceladas de baile o la Baladilla de los tres ríos que interpretó Esperanza Fernández comedida en los tercios y estridente en el remate.
Como he comentado, el espectáculo no parece tener guion, al menos en la línea que se ha presentado cada año en este escenario, lo que invita a pensar en aparentes improvisaciones estudiadas, medidas pero inconexas entre ellas.
Porque a Esperanza le siguieron una bulerías corales con participación de todo el elenco que no dejaron de ser un relleno temporal justificado con el Romance de la luna, luna y ronda de pataítas por bulerías y jaleos de Saray de los Reyes, Inés Rubio, Pastora Galván, Antonio Amaya Petete, Manuela e incluso Esperanza, que tuvo que ausentarse momentáneamente por problemas de sonido, algo que estuvo presente toda la noche, incluso dejando los micros abiertos de las cantaoras cuando estaban entre bambalinas.
Salvaron el cuadro el cante de La Tobala y Zamara Carrasco, el violín de Samuel Cortés y las guitarras de Pedro y Antonio Santiago Ñoño –este último no estaba anunciado– y consiguieron que la ausencia de elementos escénicos se cubriera con su profesionalidad. Además, Inés Rubio en la soleá por bulerías y Saray de los Reyes posteriormente aportaron frescura y gitanería con su baile, poderosas en el escenario y flamencas por derecho.
Fallaron indudablemente las transiciones. Se notó la falta de un director de escena que diera continuidad a cada pieza para no quedar el escenario a oscuras con cada estampa y verse el movimiento de los artistas moviéndose por el escenario colocando sus sillas conforme estaba diseñada cada pieza.
Sonaron acordes de La Tarara que acabaron en tangos musicales de Juana del Revuelo que bailó ricamente Pastora Galván cual canastera vendedora roneando con gracia y salero, picarona y provocadora. Pastora lo baila todo y de sobresaliente para arriba. Le echa fuego a la ceniza y la enciende sin soplar ni despeinarse.
Si faltó escenografía, sobró la farruca de Sierra con el violín de Cortés y la percusión de José Carrasco, ya que, a pesar de ser una composición bellísima, no aportó fundamento al espectáculo más allá de ser una obra que jugó con las tonalidades de forma magistral. No se le puede restar un ápice de virtuosismo a la composición, porque además Pedro Sierra dice mucho con poco, es un enorme compositor. Pero lo que se critica aquí no es la obra sino el encaje en el todo. No confundir.
Para cerrar, Coco Reyes recitó el Poema de la seguiriya gitana, perteneciente al Poema del Cante Jondo, y abrió las puertas a la diosa Manuela. Temblaron los jardines del Generalife. Bailó al cante, sin filtros, sin tiempo, olvidándose de quien era para convertirse en poesía. Porque aquí es donde la obra se hizo cumbre. Decir soleá es decir Manuela y viceversa. Sobran las palabras porque no las hay para definirla. Es la quietud hecha esencia. Es el movimiento hecho efigie, escultura. Es la silueta vacía de sombras. Es el baile sin romperse, sin hacer ruido. En definitiva, es la alquimista de la soleá.
Ficha artística
Las gitanas cantan y bailan a Lorca, de Manuela Carrasco
Ciclo Lorca y Granada en los Jardines del Generalife, Granada
31 de julio de 2026
Baile: Manuela Carrasco
Bailaoras: Pastora Galván, Saray de los Reyes, Inés Rubio
Guitarras: Pedro Sierra, Ñoño Santiago
Cantaoras: La Tobala, Zamara Carrasco
Colaboración especial: Enrique el Extremeño, Esperanza Fernández
Violín: Samuel Cortés
Compás: Antonio Amaya Petete
Percusión: José Carrasco
Actriz: Coco Reyes




























































































