Hay discos que se escuchan. Y hay discos que te cambian. Con Omega me pasaron ambas cosas, aunque no al mismo tiempo. Lo confieso sin sonrojarme. Cuando apareció en 1996, yo le di la espalda. Venía de echar los dientes en el rock, de creer que conocía los códigos de la rebeldía y de pensar que el flamenco y aquellas guitarras tan distorsionadas no podían entenderse. Amaba demasiado a Lagartija Nick –sus discos Inercia, Hipnosis, más tarde el genial El shock de Leia– para perdonarle semejante extravagancia. Tardé años en comprender que no estaba ante una incongruencia, sino ante una obra maestra. Hoy me parece uno de los discos más importantes que se han grabado nunca en España. Y no solo por su música, sino por la libertad que sembró.
Tres años antes de Omega, mientras trabajaba como periodista musical para El Correo de Andalucía, tuve la fortuna de sentarme frente a Enrique Morente para entrevistarlo. Fue en los camerinos del Teatro Central de Sevilla, durante las grabaciones del programa Fiebre de Sur, que presentaba Miguel Ríos en Canal Sur TV. Aún conservo el recuerdo de aquel hombre culto, inquieto y extraordinariamente libre. En un momento de la conversación le solicité que se hiciera publicidad. Era un cuestionario más o menos estandarizado con el que abofeteaba a todo el que se me ponía a tiro. Sonrió con esa mezcla de ironía y serenidad tan suya antes de responder: «Tengo mucho mérito, porque he sobrevivido al mundo cerrado y hostil del puritanismo seudoortodoxo del flamenco». Aquella respuesta, que entonces me pareció una ocurrencia brillante, hoy cobra un sentido mucho más profundo. Morente nunca hizo publicidad de sí mismo. Lo que hizo fue ensanchar el flamenco. Y se ganó que le dijeran de todo, como también reconocía en esa charla: «No hay nada que no me hayan dicho, así que no recuerdo qué fue lo peor». Por cierto, aquella tarde de junio de 1993 en el Central hice la entrevista que más me removió las entrañas de cuantas he hecho en mi vida. Y no fue al maestro granadino, sino a Antonio Flores. Meollos disonantes al margen, uno, en su genialidad, hacía gala de la mala follá. El otro derramaba amor a manos llenas.
Yo no fui el primero en entenderlo. Mi amigo, el flamencólogo Manolo Bohórquez, me señaló desde el primer momento que aquel disco marcaría un antes y un después. Mientras tarareaba a compás aquello de Primero conquistaremos Manhattan, después conquistaremos Berlín, me dijo que Omega haría por la libertad creativa del flamenco algo parecido a lo que La leyenda del tiempo había hecho casi dos décadas antes. El tiempo le dio toda la razón. Lo que entonces algunos llamaban sacrilegio terminó convirtiéndose en un territorio de libertad por el que hoy transitan artistas de varias generaciones con absoluta naturalidad.
«Si Omega me enseñó algo es que los prejuicios envejecen mucho peor que las grandes obras. Don Enrique, le envío el testimonio de mi más alta consideración. Y le pido perdón por no haber sabido verlo desde el principio. Algunos llegamos tarde a las obras maestras. Lo importante es no volver a marcharse de ellas»
Otro buen amigo mío, de nombre Federico, sabio y sensible como pocos, llegó al flamenco gracias a Omega. Siempre lo suelta en las tertulias, el muy canalla. Entró por Leonard Cohen, por Lagartija Nick, por el ruido eléctrico y la modernidad. Después vinieron Antonio Mairena, Manuel Torre, La Niña de los Peines o Tomás Pavón. Tremenda paradoja, vive Dios. A veces la mejor puerta para llegar a la tradición no es el camino recto, sino el desvío. Omega fue eso para muchos. Un puente. Un atajo hacia el clasicismo. Una revolución que terminó enseñando a mirar hacia atrás.
Ahora llega la gira con Kiki Morente y Lagartija Nick para celebrar el trigésimo aniversario de un disco que no ha podido envejecer mejor. Arrancan el sábado 11 de julio en el XLV Festival de la Guitarra de Córdoba. El Día de la Constitución pasaré por el Maestranza para sumarme a la ruta con la emoción de quien vuelve a una catedral que conoce de memoria. También con una duda muy personal. Kiki posee talento y personalidad, pero su voz nunca ha conseguido atravesarme como la de su padre. Tal vez porque Enrique no cantaba solo con la garganta. Cantaba con una forma de entender el arte que era imposible de domesticar. Ojalá me vuelva a equivocar. No sería la primera vez. Como aquel día que dejé guardada en el cajón la entrevista a Luis Fonsi –entendedlo, me zampaba diez o quince paliques musicales a la semana– porque el disco que traía bajo el brazo, años antes del Despacito, me pareció que era merecedor de pena de cárcel.
En fin, si Omega me enseñó algo es que los prejuicios envejecen mucho peor que las grandes obras. Por eso termino estas líneas como empecé a escuchar aquel disco: con honestidad. Don Enrique, discúlpeme. Allá donde esté, le envío el testimonio de mi más alta consideración. Y le pido perdón por no haber sabido verlo desde el principio. Algunos llegamos tarde a las obras maestras. Lo importante es no volver a marcharse de ellas.
¿Qué falta por descubrir en el flamenco, mi señor? «Hace mucho que está casi todo descubierto. Pero aún falta el noventa por ciento y el infinito. Estamos empezando, pero vamos fuerte». ♦





















































































