A las ‘Morón en punto’ daba comienzo en el Colegio Salesiano de la población sevillana la edición número 59 del Gazpacho Andaluz. Una cita clásica y con solera dentro del calendario jondo estival de Andalucía, que rendía homenaje este año de 2026 a un grande de las seis cuerdas: Francisco Gómez Amaya ‘Paco del Gastor’ (Morón, 1944). Y que se desarrollaba durante una agradable noche en la que la ola de calor que siempre se vive en estas fechas por aquí abajo hacía un paréntesis.
De este modo, una de las citas más veteranas de cuantas componen la banda sonora estival bajo andaluza proseguía su calendario, si bien este tipo de eventos deben ser sometidos a revisión de forma urgente. El producto festival flamenco de verano ‘hasta casi las claras del día’ ya no hay público que lo aguante. Y no decimos esto por mor de la incidencia eléctrica que provocó el incendio en las cercanías que conllevaba un retraso de hora y media de los horarios de las pruebas de sonido y, por consiguiente, en el comienzo del evento.
Da igual que sea una administración pública, un colectivo asociativo o un promotor privado, quien lo gestione. O sí. Pero lo que está claro es que más allá de las dos de la mañana comienza una desbandada de público que hace que el cabeza de cartel, más que clausurar a lo grande, termine agradeciendo al respetable que aguante hasta el final y que no se marche.
No obstante, la noche presentaba atractivos suficientes como para que algunos aguantasen estoicamente hasta las cinco y media de la mañana, aunque se recibiera el hipotético fin de fiesta como aperitivo de la velada. En el cartel oficial se notificaba que sería Diego Carrasco (Jerez, 1954) el protagonista de la clausura y, sin embargo, junto a su familia fue el encargado de dar la bienvenida a los rezagados en recoger el pequeño lebrillo conmemorativo del festival.
Tirando de fonoteca clásica, y tras la primera de las muchas disculpas por las demoras en el comienzo y desarrollo de gala por parte del maestro de ceremonias –el compañero Manuel Martín Martín–, el gurú del compás se agarraba a Maloko Soto, Joselete de Mayeta, Carmen Amaya, Samara Amaya y La Junquera para escoltarse de palmas y coros, a los que había que sumar a su hijo Ané Carrasco en la percusión y las guitarras de Fernando de la Morena (hijo) y Fae Sordera.
Así, pasadas las once de la noche, llegaban los compases de Oliva y Naranja (A tiempo, 1994), en el que recoge la elegía a Lorca de Madariaga; Poeta de Cai (Inquilino del Mundo, 2000), Alahea (Cantes y sueños, 1984), de su primer disco en solitario y que le terminó bailando por bulerías Paco del Gastor, buscar resuello mientras las féminas del coro daban vida al tema Cuando sueño contigo por tangos, retomar con Machaca mechero y José Monge Cruz (No m’arrecojo, 2017) y postrero fin de fiesta con el soniquete de la tierra borborea por bandera, de este artista que nunca deja indiferente a nadie.
«Dani de Morón mostraba a las claras que la tierra deja huella, pero que el camino se hace andando y caminando por un sendero de primas y bordones que van fraguando un poso sonoro en el que no es necesario mostrar todo lo que se sabe, ni correr más que nadie, sino emocionar y emocionarse»
Como ocurría acto seguido, cuando más de una década después de su última participación en el festival flamenco de la tierra que lo vio nacer en 1981, Daniel López Vicente ‘Dani de Morón’ volvía a subir al escenario del Gazpacho Andaluz (y flamenco). Esta vez en solitario, sin Antonio ‘El Carpintero’ –presente en el patio de butacas– ni Moi de Morón, ni El Junco, sino con sus inseparables Antonio y Manuel Montes Saavedra ‘Los Mellis’, poseedores de un metrónomo vital en cuestiones de soniquete y el compás, tanto de ayer como de hoy.
Un artista que mostraba a las claras que la tierra deja huella, pero que el camino se hace, precisamente, andando y caminando por un sendero de primas y bordones que van fraguando un poso sonoro en el que no es necesario mostrar todo lo que se sabe, ni correr más que nadie, sino emocionar y emocionarse.
«Qué suerte haber nacido en esta tierra», manifestaba entre piezas que nos rememoraban la vertiente más distópica de sus composiciones, a compás de bulería por soleá. O tocar por marianas abrazado a guitarra porque «es lo más cercano que tengo y más se parece a abrazar a mi padre» fallecido recientemente.
Como digno heredero del legado del toque de Morón, con sello y personalidad a raudales, este bicharraco de la bajañí no se olvida de dónde viene, si bien tiene perfectamente claro hacia dónde quiere caminar. Y prueba de ello fueron la seguirilla y la farruca lorquinas en solitario o cómo huelen sus manos a la tierra mojada de los campos moroneros por tangos y bulerías y que fueron preludio del acto institucional al homenajeado de la noche, en el que se le hacía un más que merecido reconocimiento a uno de los tocaores más grandes que ha dado la guitarra flamenca.
Afortunadamente, aún podemos disfrutar de la presencia entre nosotros y, obviamente, él –Paco del Gastor– puede también recibir en vida estos reconocimientos que son tan juntos como necesarios, arropado por una familia que fue la encargada de cerrar a compás de soleá y bulerías de la casa, a través de su nieto Gastor de Paco.
Pasada la hora crítica de las dos de la mañana, María Fernández Benítez ‘María Terremoto’ (Jerez, 1999) era la encargada de dar continuidad al 59 Gazpacho Andaluz de Morón en la noche del 4 de julio de 2026 en la población sevillana, tras un extenso descanso –bastante más largo de lo deseado–, si bien la cantaora supo sacar la varita mágica que atesora en su garganta y con la que le pone el pescao caro a todo aquel que se suba al escenario con ella en un festival.
Y junto a Nono Jero a la sonanta, reencarnado una vez más en su tío Periquín ‘Niño Jero’, y las palmas de Juan Diego Valencia y Manuel Cantarote, la cantaora jerezana desplegó en Morón las alas con las que se encarama cada año a lo más alto del podio de cante flamenco con nombre de mujer.
Soleá por bulería marca de la casa recordando la genética familiar dejaba constancia de ello. Una malagueña del Mellizo, enjaretada con una rondeña y un verdial ponían a más de uno en pie y, por seguiriyas, buscaba el poso de sus ancestros antes de imponer su magisterio por tangos y bulerías. Arropada por un maravilloso universo de sonidos y recuerdos a los grandes maestros que le amparan el camino, recorre con paso firme cada día los escenarios jondos más relevantes.
«Cancanilla y Chaparro ponían más corazón que otra cosa por agradar al público que les prestaba atención. Menos mal que, como buenos artistas y profesionales que son, en vez de abreviar y salir pronto para casa, trataron con tanto respeto como el que más a quienes estaban allí estoicamente pasadas las cinco de la mañana en sus asientos»
Ante la primera gran oleada de público abandonando las instalaciones del colegio salesiano, llegaba el turno del bailaor local Pepe Torres (Morón, 1978) para dar continuidad a un Gazpacho Andaluz con más ingredientes que comensales en el patio de butacas.
Sin abandonar en absoluto sus formas clásicas y ortodoxas del baile, el nieto de Joselero de Morón –que ni se llamaba José, ni era de Morón (Luis Torres Cádiz – La Puebla de Cazalla, 1910 – Morón, 1985)– se aferraba a la bulería como idioma principal de su alfabeto bailaor. David ‘El Galli’, Juan José Villar, José ‘El Pechuguita’ y Manuel Tañé al cante, más el toque de Rafael Amador, iba dando cobijo, primero por el compás festero de doce tiempos por antonomasia y después por soleá –rematadas también por bulerías– a las formas y maneras singulares de este bailaor que se aferra al clasicismo de lo que nuestra compañera Kyoko Shikaze definiría como «el baile macho, macho».
Y, por último, con más voluntad que ganas, llegaba el turno de Sebastián Heredia Santiago ‘Cancanilla de Málaga’ (Marbella, 1951), acompañado a la guitarra de José Antonio Conejo Vida ‘Chaparro de Málaga’ y su hijo José a las palmas y el compás. «Si me aplaudís fuerte yo me vengo arriba y canto mejor», llegó a espetar el singular artista malagueño al público, que no ocupaba si quiera un tercio del aforo completo con el que empezaba la noche.
Sobre el escenario, Cancanilla y Chaparro ponían más corazón que otra cosa por agradar al público que les prestaba atención. Menos mal que, como buenos artistas y profesionales que son, en vez de abreviar y salir pronto para casa, trataron con tanto respeto como el que más a quienes estaban allí estoicamente pasadas las cinco de la mañana en sus asientos.
Y a ellos y para ellos les dedicaron unos tangos llenos de buen son, «cinco o seis fandangos o lo que quieran ustedes» y un remate de Cancanilla de Málaga cantándose y bailándose por bulerías al igual en cualquier otro lugar que, sin duda y en otras circunstancias, hubiera puesto al público boca abajo, a pesar de que en la clausura del 59 Gazpacho Andaluz de Morón hubieran tardado menos en saludar personalmente a los que quedaban uno a uno, que hacerlo de forma coral desde el escenario.
Texto: David Montes



















































































