María nació en los días previos a la Nochebuena de 1999, justo cuando su familia cantaba en casa los villancicos que su padre Fernando componía y con los que llegó a cambiar el concepto de la zambomba jerezana con novedosas melodías y letras renovadas. Al año siguiente, la ACF Fernando Terremoto llegó al Teatro Villamarta de su ciudad natal con un espectáculo que, como apuntábamos, marcó un antes y un después de forma elemental, siempre desde un equilibrio clave para el desarrollo de su propia música. Su padre cantó Patriarca Manuel y se lo dedicó a “mi niña”, que cumplía “un añito”. En esta casa, el respeto a la tradición no llega de manera impuesta, se asume como algo natural, como la propia respiración. Ella, por tanto, estaba destinada desde sus albores vitales a entenderse con la herencia recibida.
La artista que tuvo que despedir tan pronto a su padre Fernando (2010), luego a su abuelo Antonio Benítez y a su abuela María Márquez, que fue una segunda madre, sabe bien lo que son “las sacudidas” que la vida da. Sin apenas pretenderlo, salió a la luz, a los escenarios, haciéndolo en primera instancia en peñas como las de Chacón, en 2015, o en grandes escenarios como el del Gran Teatro del Liceu de Barcelona junto a Miguel Poveda, apareciendo de forma arrolladora en esa histórica noche del mes de junio de 2017.
Ha recogido importantes premios como el Giraldillo Revelación de la Bienal de Flamenco de Sevilla, en 2016, y, recientemente, los sonados que otorga la Academia de la Música Española por su disco Manifiesto, en Mejor Álbum Flamenco, así como por el mejor tema flamenco, por Miraíta- Rumba, libertad. Por mucho que creamos en las casualidades, esto no puede ser cuestión del destino. Hay una palabra que puede darle más sentido a este palmarés abrumador: trabajo.
«María canta la soleá, por petenera, malagueñas, verdiales, alegrías, cantes de levante y sus bulerías. Pero más que pararnos en lo que canta es el cómo. Su mensaje de superación y triunfo es lo que más conmueve. Es sensible, ante eso no hay barreras. Y bucea en otros territorios sonoros descubiertos y por descubrir. No hay fronteras»

La nieta del gran Terremoto de Jerez ha conseguido llegar donde ha querido, donde puso sus metas, y lo hace con esfuerzo, estudio, formación, autoanálisis, con un buen equipo y con ese equilibrio del que en líneas más arriba hablaba. María Terremoto ha sabido superar cada bache, que no ha debido resultarle fácil, pero aquí está, con veintiséis años y en los primeros puestos del pódium de la música de su país. Lo ha vuelto a demostrar en Tío Pepe Festival, con un púbico que, aunque no llegó a rebosar las amplísimas instalaciones de pista y gradas del recinto bodeguero, salió vibrando ante tanto derroche de talento, que es otro elemento a tener en cuenta en esta bendita cantaora. Sí, ese componente divino puede sumar algo de explicación ante tal nivel.
Fuimos testigos de su confirmación absoluta desde su expresión más libre, fruto de una seguridad inusitada, de un amor por lo que hace fuera de toda duda, de un dominio exquisito de la escena, de una contemporaneidad que atrapa… María es quien quiere ser y no ha sido fácil llegar hasta aquí, por eso huye de cadenas que la aten al pasado, pero no abandona nunca la luz que la guía. Es hija de un tiempo al que pertenecen nuevos aficionados que necesitan que les hablen con el mismo lenguaje. Sus contemporáneos admiran su capacidad comunicativa y su frescura dramática. Es capaz de ahondar en la tenebrosa seguiriya como hace bailar a todos los asistentes por rumba. Todo apoyado en un cuidado material audiovisual proyectado en la pantalla principal. Se sube a una mesa e interpreta.
Esta revisión de Manifiesto, que ya pudimos disfrutar del estreno en el Teatro Villamarta en febrero de 2025, incluye entre el repertorio algunas novedades como versiones de Lole y Manuel, además de Indomable, single que grabó junto a Juanjo Bona y en el que se sienta al piano en memoria de García Lorca, o dos de los títulos más afamados de Whitney Houston. Sí, cantó en inglés para sorpresa del que aún espera ver en ella a la estampa clásica del flamenco a la que puede volver cuando desee. Alejandro Cruz hace musicalizar las teclas blancas y negras para tal idílico fin. Al igual que destaco la inteligente adaptación a ritmos y sonidos de Nono Jero, que acude a su propia historia por bulerías. Formidable él y los palmeros, actores principales en la obra, Juan Diego Valencia y Manuel Cantarote, al igual que la presencia discreta y necesaria de Paco Vega en la percusion. María canta la soleá, por petenera, malagueñas, verdiales, alegrías, cantes de levante y sus bulerías, pero más que pararnos en lo que canta es el cómo. Su mensaje de superación y triunfo es lo que más conmueve. Es sensible y ante eso no hay barreras. Y bucea en otros territorios sonoros descubiertos y por descubrir. No hay fronteras.
Se comienza a ir con la interpretación de Que nadie me levante la voz, de Aída, banda sonora de la serie televisiva que ha llegado a los cines y que compartió en directo “con mis primos”, la banda jerezana D´Chipén. Cuando parecía haber tocado techo, nuevamente vuelve a su profundo aljibe para despedir por bulerías con su familia y así salir victoriosa con una soñada bandera en la que rezaba: “Salí a la oscuridad, a fuerza de golpe y golpe, el saber perder es ganar”. Concluyendo, no es que María esté destinada a ser una de las grandes de la música de este tiempo. Es que ya lo ha conseguido. ♦
























































































