El domingo 19 de julio, seis horas antes del triunfal partido de la selección española de fútbol en Nueva York, miles de kilómetros al otro lado del Atlántico, a la misma altura, en el paralelo 40° latitud norte, un trío prodigioso de músicos de acá y de allá se citaba para ofrecer un concierto íntimo (para unas cien personas) delante de la playa de La Barrosa. Pero no la de Chiclana. La del paraíso gallego de San Vicente do Mar.
Toninho Horta, el mítico guitarrista y arreglista de Belo Horizonte, en el estado brasileño de Minas Gerais, se juntó de forma casi improvisada con dos grandes de la música contemporánea, el madrileño Jorge Pardo a la flauta y el baiano Rubem Dantas al cajón. Toninho trajo su Gibson Custom, y con ella probó sonido. Pero mire usted por dónde que aparece en esta recóndita playa nada menos que el maestro Felipe Conde, con una guitarra hecha para Toninho. Y sin probar sonido ofreció el concierto entero con la guitarra recién estrenada. Un gustazo.
Hicieron un repaso completo por clásicos de la mejor música de Brasil, Milton Nascimento, Carlos Jobim, Vinicius de Moraes, hasta se acordaron de la Leyenda Camarón, en la que participaron en 1979 Jorge y Rubem. Rubem cantó a solo una nana de su Salvador natal, y Jorge improvisó a la flauta con la maestría que le es propia, arrancándose por Soy Gitano, al que enseguida se sumó el público cantando, una gozada.
Los flamencos son músicos que saben entenderse a la perfección con otros lenguajes, no así al contrario. Pero suene lo que suene, alguien formado en la cultura de la música flamenca siempre está decidido por dónde hay que entrar, y más si eres “doctor en lucianismo”, como los dos monstruos que compartieron el domingo con un centenar de gallegos, otro público acostumbrado a la xuntanza.
«Tras dos horas de concierto, rematamos la jugada con una caldeirada de pescado regada con un godello fresquito. El concierto de Toninho Horta, Rubem Dantas y Jorge Pardo es de esos que dentro de unas décadas te acuerdas. Aquel mediodía en que Brasil soñó con el bello horizonte de San Vicente do Mar»

Además, estaba ahí Rubem Dantas, nexo de lujo entre la música brasileña y el flamenco desde hace medio siglo. Quién mejor que nuestro Rubem para que la embarcación llegara a buen puerto. Desde que llegó a Madrid, mediados de los setenta, a quien conocí entonces en los bajos de la calle Orense antes de que construyeran Azca, donde los guitarristas nos medíamos en velocidad (también estaba allí Mauricio Sotelo), Rubem siempre ha estado entregado a la misión de conectar músicas y músicos. Así lo hizo junto al gran jefe Paco durante más de veinte años regalándonos una forma de medir la música en la que se han mirado varias generaciones de percusionistas. El próximo año se cumplen cincuenta años de la llegada del cajón y lo celebraremos convenientemente con Rubem a la cabeza. Permanezcan atentos.
Jorge Pardo tuvo que inventarse una sintaxis, gramática y hasta una semántica del flamenco para instrumentos de viento, y así lleva casi sesenta años. La generosidad hecha músico. ¡Viva Madrid!
Toninho Horta, su prestigio en ese continente musical que es Brasil, lo dice todo. Sobran las palabras. El domingo estaba, lo que se dice, a gusto de verdad, y transmitió al público ese entusiasmo que, agradecido, aplaudió todos los números con ganas.
Tras dos horas de concierto, rematamos la jugada con una caldeirada de pescado regada con un godello fresquito. Después de una merecida siesta llegó el partido y eso ya es historia. El concierto es de esos que dentro de unas décadas te acuerdas, aquel mediodía en que Brasil soñó con el bello horizonte de San Vicente do Mar. ♦




















































































