España vuelve a estar entre las cuatro mejores selecciones del mundo. La victoria por 2-1 ante Bélgica, con goles de Fabián Ruiz y Mikel Merino, ha llevado al equipo español hasta las semifinales del Mundial de 2026. Francia aguarda ahora al otro lado del campo.
El país vuelve a vivir pendiente de un balón. Se discuten las alineaciones en los bares. Se revisan las jugadas una y otra vez. Se habla de estrategia, talento, miedo, inspiración y belleza. Son palabras que podrían servir igualmente para describir un recital flamenco. Porque el fútbol y el flamenco, aunque parezcan territorios alejados, se encuentran con más frecuencia de la que cabría imaginar.
Uno se desarrolla en un rectángulo de césped. El otro necesita poco más que una voz, una guitarra, unas palmas o un cuerpo capaz de dialogar con el compás. El fútbol busca el gol. El flamenco busca esa conmoción difícil de explicar que los aficionados llaman pellizco. Ambos, sin embargo, dependen de una mezcla parecida de disciplina, intuición, memoria, personalidad y libertad.
También comparten una dimensión universal.
Un aficionado japonés puede emocionarse con una soleá sin comprender una palabra. Un niño andaluz puede admirar un regate de un futbolista brasileño sin conocer su idioma. En los dos casos hay un lenguaje anterior a las palabras. El cuerpo, el ritmo y el gesto comunican lo esencial.
La Unesco define el flamenco como una expresión artística que reúne cante, baile y toque. Su inscripción en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad llegó en 2010.
El fútbol no posee ese reconocimiento cultural. Tampoco lo necesita para funcionar como uno de los grandes espectáculos emocionales del planeta. La pregunta, sin embargo, permanece abierta: ¿puede considerarse un arte?

El cantaor que quería jugar en el Recreativo
Arcángel lo ha reconocido sin rodeos. Su primera gran vocación no fue el cante. «Me gusta más el fútbol que el cante», confesó el artista onubense durante una tertulia deportiva. La frase podía parecer una provocación viniendo de uno de los cantaores más relevantes de su generación. En realidad, era una declaración de amor al juego.
Arcángel soñó con defender la camiseta del Recreativo de Huelva. Su afición no se limitaba a contemplar los partidos desde la grada. Jugó con veteranos del club y participó durante años en encuentros entre amigos. Quienes compartieron vestuario con él destacaron su implicación y su competitividad.
Su historia resume una de las conexiones más frecuentes entre ambos mundos. Muchos artistas flamencos fueron niños que quisieron ser futbolistas. El balón llegó antes que el escenario. Después apareció el cante, el toque o el baile y alteró el curso previsto de sus vidas.
Israel Galván ha contado que le habría gustado jugar en el Real Betis. El bailaor sevillano terminó construyendo una carrera basada precisamente en algunos de los valores que distinguen a los futbolistas diferentes. Velocidad de pensamiento. Cambios de ritmo. Control del espacio. Capacidad para romper una estructura sin perder el dominio del juego.
Arcángel quería ser futbolista. Israel Galván también. Los dos acabaron desarrollando su talento sobre otro tipo de terreno. Uno ocupa el aire con la voz. El otro mide las distancias del escenario con el cuerpo. En ambos casos existe una inteligencia de los espacios que podría comprender cualquier buen centrocampista.
«Ahora que España afronta una nueva semifinal mundialista, millones de personas volverán a experimentar esa tensión. Durante noventa minutos, un partido producirá alegría, angustia, esperanza y decepción. Será deporte, negocio, espectáculo e identidad. Tal vez sea también arte»

Eduardo Guerrero, entre el Cádiz y el baile
El caso de Eduardo Guerrero parece escrito para explicar el punto exacto donde el fútbol y el flamenco separan sus caminos. El bailaor gaditano creció dentro de una familia vinculada al Cádiz CF. Su padre ejerció de utillero. Un tío trabajaba para el club y su hermano jugaba al fútbol. Todo a su alrededor parecía empujarlo hacia el estadio Ramón de Carranza, hoy denominado Nuevo Mirandilla.
Guerrero también jugaba. Tenía condiciones y podía imaginar una vida alrededor del balón. Sin embargo, el baile se cruzó en su camino cuando todavía era un niño. Comenzó su formación a los seis años y acabó dedicándose profesionalmente a la danza. Cambió las botas por los zapatos. No abandonó del todo, sin embargo, el lenguaje físico del futbolista.
Un bailaor debe controlar la potencia. Debe saber cuándo acelerar y cuándo quedarse quieto. Necesita equilibrio, resistencia y una conciencia exacta de la posición que ocupa. También debe aprender a engañar la mirada. Amaga con una dirección y toma otra. Detiene el movimiento cuando el espectador espera una descarga.
El buen regate posee algo de baile. El buen baile contiene a veces la lógica del regate.
Diego Garrido Valencia llegó a vivir las dos identidades. En el fútbol fue conocido como Dieguito. En el flamenco, como Dieguito el de La Margara. Emparentado con La Paquera de Jerez, alternó durante una parte de su vida la afición deportiva y la artística. También el cantaor Antonio Pérez Guerrero ‘El Sevillano’ llegó a jugar en el Real Betis. Son ejemplos recogidos en el documento que sirve como punto de partida para este recorrido.
No son simples curiosidades biográficas. Revelan una cercanía cultural. Durante décadas, el fútbol y el flamenco crecieron en los mismos barrios. Se practicaban en patios, calles, descampados, peñas y reuniones familiares. Formaban parte de una educación sentimental transmitida sin programas académicos.
Paco de Lucía también quería el balón
Nadie encarna mejor esa relación que Paco de Lucía. La imagen pública del guitarrista está unida a la concentración. Aparece sentado, inclinado sobre el instrumento, con los ojos cerrados y las manos avanzando a una velocidad que parece imposible. Sin embargo, quienes convivieron con él durante las giras conocieron también a un hombre apasionado por el fútbol.
Paco organizaba partidos allí donde podía. No bastaba con que sus músicos dominaran el repertorio. Convenía, además, que supieran darle al balón. Aquellas pachangas se celebraban durante las giras y continuaban cuando el grupo regresaba a Madrid. Berrocales del Jarama y algunos campos de Usera reunieron a músicos flamencos, cantantes de rock, artistas, productores y futbolistas profesionales. Por esos encuentros pasaron nombres como Miguel Ríos, Rosendo Mercado, Alejandro Sanz, miembros de Ketama y La Barbería del Sur o el delantero madridista Sebastián Losada.
Jorge Pardo, miembro fundamental del Sexteto de Paco de Lucía, describió el estilo del guitarrista sobre el césped. Paco prefería jugar arriba. Esperaba los pases cerca de la portería y presumía de marcar goles. También caía con frecuencia en fuera de juego. No parece una mala metáfora de su carrera artística.
Paco de Lucía también jugó muchas veces al límite. Se situó por delante de su época. Esperó balones que otros todavía no sabían enviar. Introdujo ideas procedentes del jazz y de otras músicas. Amplió la armonía y la instrumentación del flamenco. Algunos puristas pensaron que se encontraba fuera de juego. El tiempo terminó demostrando que había comprendido la jugada antes que casi todos.
El día en que Sócrates se enfrentó al sexteto
Una de las mejores anécdotas ocurrió en Brasil. Chico Buarque invitó a Paco de Lucía y a sus músicos a una finca situada en Barra da Tijuca, en las afueras de Río de Janeiro. Había comida, conversación y, como no podía ser de otra manera en una reunión brasileña, un campo de fútbol. Se organizó un partido entre españoles y brasileños. En el equipo local apareció Sócrates, capitán de Brasil en los mundiales de 1982 y 1986. No era precisamente el refuerzo ideal para mantener equilibrada una pachanga entre músicos.
«En el otro equipo había algunos invitados y entre ellos estaba Sócrates», contó Jorge Pardo al evocar el encuentro. El saxofonista añadió que el exfutbolista observó pronto «los mimbres del partido», se puso el chándal y prefirió atender el asado. La superioridad brasileña ya era suficiente sin necesidad de prolongar el abuso.
La escena tiene algo cinematográfico. De un lado, uno de los grupos que estaba transformando la música flamenca. Del otro, varios brasileños acompañados durante un rato por uno de los futbolistas más elegantes de la historia. Paco y Sócrates compartían una cualidad. Ninguno parecía actuar con prisa. Los dos daban la impresión de disponer de más tiempo que los demás. Sócrates levantaba la cabeza y encontraba un pase que nadie había visto. Paco dejaba respirar una falseta y encontraba una resolución inesperada.
La técnica no se exhibía como gimnasia. Estaba al servicio de la idea.
«El fútbol será como el arte jondo cuando un futbolista imagine un pase que nadie espera. Cuando el balón circule con el ritmo de una música. Cuando una jugada provoque el mismo silencio que precede al remate de una seguiriya. Cuando el público sienta que ha visto algo único y sepa que nunca podrá repetirse exactamente igual»
Una pasión que acompañó a Paco hasta el final
El fútbol permaneció unido a Paco de Lucía durante toda su vida. Durante el Mundial de Estados Unidos de 1994, aprovechó una gira para asistir junto a sus músicos al partido entre España y Bolivia. España ganó por 3-1 con un gol de Guardiola y dos de Caminero. También jugó en Colombia contra un equipo relacionado con el Deportivo Cali. En cualquier lugar encontraba compañeros, adversarios y una excusa para organizar un encuentro.
La última coincidencia fue dolorosa. El 25 de febrero de 2014, Paco se encontraba en Playa del Carmen, México. Había estado jugando al fútbol con uno de sus hijos antes de sufrir el ataque cardiaco que acabó con su vida. Murió después de hacer una de las cosas que más le gustaban fuera de la música. Su biografía quedó así cerrada por sus dos grandes juegos. La guitarra y el balón.

Sergio Ramos, José Mercé y las celebraciones flamencas
El viaje también funciona en sentido contrario. No solo existen artistas que quisieron ser futbolistas. Hay futbolistas que encuentran en el flamenco una forma de reconocerse. Sergio Ramos es el ejemplo más visible.
El defensa de Camas ha mantenido una relación pública con artistas como José Mercé, Arcángel y Niño de Pura. En sus celebraciones familiares y deportivas han aparecido con frecuencia guitarras, palmas y cantes. Su manera de exteriorizar las victorias tiene una raíz cultural muy concreta.
No se trata de utilizar el flamenco como música ambiental. Para muchos futbolistas andaluces forma parte de la memoria familiar. Estaba en las fiestas de su infancia, en la radio, en las ferias, en las bodas y en las reuniones de amigos. Cuando llega un gran triunfo, recurren a ese lenguaje para celebrarlo.
Joaquín Sánchez representa otra variante. El exfutbolista del Betis ha cantado sevillanas, ha tocado el cajón y ha mostrado su afición en programas de televisión y publicaciones personales. Su cercanía al flamenco encaja con una personalidad construida alrededor del humor, la espontaneidad y una forma muy andaluza de entender el espectáculo.
Jesús Navas ha celebrado varios de sus títulos acompañado por artistas flamencos. En el Sevilla FC, además, la relación entre fútbol y flamenco posee una tradición propia. El cante aparece en homenajes, aniversarios, reuniones de jugadores y celebraciones institucionales.
Los clubes no son solo empresas deportivas. También representan barrios, ciudades y maneras de estar en el mundo. En Andalucía, esa identidad conduce inevitablemente al flamenco.
De la portería al Latin Grammy
José Manuel Pinto recorrió el camino más insólito. Durante años defendió las porterías del Celta de Vigo y del FC Barcelona. Tras abandonar el fútbol profesional, desarrolló una carrera musical como productor, compositor e ingeniero de sonido.
Su vínculo con el flamenco alcanzó una dimensión internacional en 2016. Ámame como soy, de Niña Pastori, ganó el Latin Grammy al mejor álbum de música flamenca. Pinto participó en el trabajo técnico del disco como ingeniero de grabación.
La historia rompe la idea de que un deportista de élite solo puede desenvolverse dentro de su especialidad. Pinto pasó de interpretar trayectorias de balones a trabajar con voces e instrumentos. En ambos casos necesitó oído, concentración, precisión y capacidad para reaccionar.
Un portero vive pendiente del ritmo del partido. Debe prever cuándo llegará el golpeo. Un ingeniero de sonido escucha, anticipa y corrige. Las profesiones parecen lejanas, aunque comparten una atención casi obsesiva al detalle.

El compás y la táctica
El flamenco no es una creación arbitraria. La libertad se desarrolla dentro de unas reglas. Una bulería tiene una arquitectura rítmica. Una soleá posee sus acentos. El artista puede tensar el compás, retrasar una entrada o crear la ilusión de que se aleja, pero necesita saber con exactitud dónde se encuentra.
El fútbol funciona de forma parecida.
Un delantero puede abandonar su posición. Un lateral puede aparecer en el centro. Un mediocampista puede ralentizar el juego o romper la estructura con una conducción. La improvisación solo resulta eficaz cuando existe conocimiento.
El cantaor escucha la guitarra y las palmas. El futbolista escucha el movimiento de sus compañeros. Ambos trabajan en grupo, aunque el público termine recordando una acción individual.
Una falseta memorable puede surgir después de años de estudio. Un regate genial también se apoya en miles de horas de entrenamiento. El espectador contempla un instante espontáneo. Detrás hay una vida entera de repetición.
¿Es el fútbol un arte?
El debate depende de lo que entendamos por arte. El fútbol es una competición. Tiene normas, resultados y clasificaciones. Su objetivo inmediato consiste en marcar más goles que el adversario. El arte no necesita vencer a nadie. Sin embargo, hay momentos en los que el juego supera el resultado.
Un control orientado puede producir una sensación estética. Un pase inesperado modifica el espacio. Un regate altera la percepción del tiempo. Una jugada colectiva puede poseer ritmo, armonía, tensión y desenlace. El espectador no solo celebra su utilidad. También admira su belleza.
No todos los partidos son obras de arte. Tampoco todas las interpretaciones musicales alcanzan esa categoría. La condición artística aparece cuando la ejecución técnica transmite algo que no puede reducirse a la eficacia.
Un penalti puede decidir un campeonato sin ser hermoso. Un pase que no acaba en gol puede permanecer durante décadas en la memoria. Ahí comienza la dimensión artística del fútbol.
El flamenco tampoco se explica únicamente por la corrección. Un cantaor puede afinar, medir y respetar los estilos sin llegar a emocionar. Otro puede quebrar ligeramente la voz y conseguir que el público contenga la respiración.
La diferencia se encuentra en lo inexplicable.
Dos formas de enfrentarse al miedo
Fútbol y flamenco comparten también la exposición. El cantaor se enfrenta al silencio anterior al primer quejío. El futbolista siente la mirada de miles de personas antes de lanzar un penalti. Los dos saben que el error será visible. No hay dónde esconderse. También necesitan transformar el miedo en energía.
El gran artista no es quien desconoce los nervios. Es quien aprende a utilizarlos. El gran futbolista tampoco carece de dudas. Simplemente actúa antes de que las dudas lo paralicen.
Ahora que España afronta una nueva semifinal mundialista, millones de personas volverán a experimentar esa tensión. Durante noventa minutos, un partido producirá alegría, angustia, esperanza y decepción. Será deporte, negocio, espectáculo e identidad.
Tal vez sea también arte.
Lo será cuando un futbolista imagine un pase que nadie espera. Cuando el balón circule con el ritmo de una música. Cuando una jugada provoque el mismo silencio que precede al remate de una seguiriya. Cuando el público sienta que ha visto algo único y sepa que nunca podrá repetirse exactamente igual.
El flamenco y el fútbol comparten esa capacidad.
Ambos nacen de reglas muy antiguas. Ambos necesitan memoria. Ambos se renuevan gracias a quienes se atreven a jugar de otra manera.
Uno busca el gol. El otro persigue el pellizco.
Y en sus mejores noches, los dos encuentran el arte. ♦


















































































