Aunque Juanito Valderrama escribió El emigrante junto a Niño Ricardo en 1949, su canción se convirtió en el himno del éxodo para los numerosos españoles que se marcharon a Europa en busca de una vida mejor a partir de los años 60. Muchos de ellos recalaron en Stuttgart, una ciudad que había sido aplastada por el bombardeo aliado durante la Segunda Guerra Mundial, pero que quiso resurgir de sus cenizas agarrándose al tren del desarrollo industrial. Asociada a marcas de electrodomésticos como Bosch, o de automóviles como Mercedes-Benz o Porsche, la capital del estado Baden-Württemberg es hoy una ciudad moderna con una notable vida cultural en la que encuentra su sitio, al menos una vez al año, el arte jondo.
El Festival Flamenco de Stuttgart, que se ha venido celebrando esta semana, es el último de los grandes festivales flamencos alemanes que queda en pie, y eso lo convierte en punto de encuentro de aficionados del centro de Europa y en termómetro de una afición que crece cada día. No ha querido perdérselo, desde luego, Jorge Castilla, presidente del Club Español de Stuttgart, que colabora con él. Hijo de emigrantes barceloneses, llegó a Alemania en 1965, con nueve años, y seis décadas después es un estutgardense más, aunque nunca ha roto lazos con su tierra natal.
“Al alemán, el flamenco le gusta de siempre”, comenta Castilla, como representante de los 2.000 españoles y los 2.000 latinos que engrosan los 640.000 habitantes de la ciudad. “Incluso hay gente muy entendida, pero lo que atrae a todo el mundo es el colorido, la alegría. El folklore alemán es un poco como la navidad alemana, más seria, por eso les encanta lo que hacemos nosotros. Y son muy agradecidos, aplauden con entusiasmo lo que les llega”.
Un fenómeno global
Desde temprano en la mañana, el Produktionszentrum de Stuttgart acoge las clases que ha programado el festival, con profesores tan ilustres como Manuel Liñán o Mercedes Ruiz. Entre alumnos de múltiples procedencias destaca, por altura y por ser uno de los pocos varones en la sala, Mathias Hasselberg, 69 años, que viene de Eckernförde, en el mar Báltico, “casi en Dinamarca”, apunta sonriente. Se confiesa un enamorado del flamenco desde que se tropezó con unas bulerías hace ya veinte años, y ahora toma clases en su ciudad dos días por semana. Lo que no se esperaba era acabar aprendiendo a mover la bata de cola con Liñán. “Ya había probado con el abanico, pero esto es nuevo para mí”, asegura. “Me encanta esta música, oírla y bailarla. Despierta en mí muchas emociones”.
Mathias participó el pasado sábado en la gala Flamenquitos, una cita clásica en el Festival de Stuttgart que reúne a principiantes e iniciados para vivir la experiencia escénica. En ella participó Frida Palm, la más joven del elenco con sus doce años. Nacida en México de padres alemanes, vino a Europa con solo tres años. “Nunca ha estado en España”, comenta su madre, “pero desde que aprendió los primeros movimientos con una maestra, está feliz y practica dos días por semana”.
También se lucieron en la citada gala Damián, de 22 años, y Ana María, de 25. Ambos vienen del conservatorio Fortea de Madrid, y disfrutan de una beca gracias a la cual toman lecciones y hacen un poco de turismo. “Es nuestra segunda vez en Stuttgart, y no deja de sorprendernos la afición que hay fuera de España, que incluso echamos a veces de menos allí”, dice Damián, mientras que Ana María subraya que “no solo ocurre en Alemania. Este año hemos estado también en Malta y en Trieste, y se nota que el flamenco les encanta. Para nosotros es una vivencia interesante como artistas, pero también nos ayuda a ver cómo se aprende en el extranjero, y nos ayuda a formarnos como futuros docentes”.
Los motivos que llevan a los alumnos a conectar con el flamenco son diversos, pero muy a menudo hay conexiones familiares y geográficas remotas. «Soy hija de una malagueña que creció en España pero en una escuela alemana», explica Sarah, profesora de Química y Literatura germánica, y alumna de estos cursos en un pueblo cerca de Maguncia. «Mi familia nunca se interesó por este arte, pero un día mi madre vio un anuncio, ‘Flamenco para niños’, me preguntó si quería apuntarme y le dije: ‘Sí, voy a probar’. Y hasta hoy. El flamenco saca la raíz española que llevo dentro».
Sarah cree que el arte jondo goza de mucho predicamento en España, pero el futuro es incierto porque, aquí como en todas partes, «lo complicado es que los jóvenes quieran aprender. Hoy en general no tienen mucho interés por algo que cuesta trabajo, que a veces puede llevarte toda la vida. Y el flamenco necesita tanto tiempo y tanta paciencia con tu propio cuerpo, exige sumergirte tanto en esa cultura, que muchos lo rechazan».
«El Festival Flamenco de Stuttgart, que se ha venido celebrando esta semana, es el último de los grandes festivales flamencos alemanes que queda en pie, y eso lo convierte en punto de encuentro de aficionados del centro de Europa y en termómetro de una afición que crece cada día»

Una peña en Frankfurt
Frank Ihle es guitarrista y presidente de La Bulería, una peña flamenca de Rüsselsheim, cerca de Frankfurt, que tiene veinte años ya de vida. “Soy de los pocos alemanes que empezó directamente con la guitarra flamenca, sin pasar por la clásica”, dice. “En mi infancia en Friburgo, a mi padre le encantaba sintonizar en la radio las músicas del mundo, y el flamenco no iba a ser una excepción. Luego conecté con una familia alemana que tenía un apartamento en Torremolinos, conocí la Costa del Sol con ellos, pero me enganché definitivamente al escuchar a Lole y Manuel”.
En su acercamiento a lo jondo, a Frank le resultó útil trabajar como técnico en un teatro muy conocido de Maguncia, el Unterhaus, donde logró que le cedieran un espacio para montar un festival que duró 15 años. “Luego llegó la Covid y cambió todo mucho, pero seguimos haciendo cosas. Ahora estamos con un cursillo anual a cargo de Fernando Galán, de Jerez, y también colaboramos con el Festival de Stuttgart”.
Para Frank, como para la mayor parte de los aficionados alemanes, lo más difícil es encontrar quien les enseñe falsetas, pasos o técnicas vocales. Hay casos como el de Carmen Fernández, utrerana que lleva más de 30 años aquí y que compagina el cante con su trabajo como empleada en un comercio de Hamburgo, o varios guitarristas españoles, pero lo normal es que los referentes escaseen.
Pero le sucede también a algunos españoles que han venido a descubrir el flamenco, por azares de la vida, aquí, en Alemania, tan lejos de sus casas. Es el caso de Beatriz Amor, toledana, que se arrancó a cantar valientemente por granaínas en la gala Flamenquitos junto a Mauricio Madrigal, un guitarrista costarricense también emigrado en Alemania. “Por increíble que parezca, descubrí el cante donde vivo actualmente, en Munich, con un novio alemán que estudia la guitarra flamenca. Y desde entonces no puedo parar de escuchar y de aprender, incluso quiero fundar una peña, aunque aún no tengo muy claro cómo hacerlo”.
Una experiencia similar la vivió Amaya, bilbaína de 30 años afincada en la localidad de Esslingen. “Yo había bailado desde pequeña, pero nunca flamenco. Vine a estudiar pedagogía de la danza, y tuve que descubrir lo jondo precisamente aquí. Empecé a recibir clases regularmente y ya forma parte de mi vida”.
Amaia representa a esa nueva emigración española –principalmente llegada con la crisis de 2008– que se parece muy poco a la de antaño, aquellos obreros que se emocionaban hasta las lágrimas escuchando el clásico de Valderrama, salvo quizá esa incurable nostalgia, y el hecho de que las notas de una guitarra puedan transportarlos en pocos segundos al lugar del que vienen. “Para mí bailar es una conexión con España”, concluye Amaya. “Me alegra, me da la vida. Es como estar allí. Y da unas ganas terribles de volver a casa”. ♦



















































































