A Meira Goldberg,
flamenca querida del Bronx
El 28 de febrero de 2026 impartí una conferencia en la New York Public Library for the Performing Arts sobre Encarnación López Júlvez, la Argentinita, una de las figuras más significativas de la llamada Edad de Plata española (c. 1898-1936). Me acompañaron sobre las tablas dos estupendas artistas del mundo flamenco, la cantaora Rocío Márquez y la bailaora Irene Morales, pero no estuvimos solos en escena: a través de las palabras que leí en voz alta y de las piezas artísticas que mostré, acudieron a acompañarnos los poetas Joan Margarit y Federico García Lorca, los dramaturgos Tennessee Williams e Ignacio Sánchez Mejías, el cineasta Charles Chaplin, los escritores Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, los compositores Manuel de Falla, Gustavo Pittaluga y Rodolfo Halffter, el pintor Salvador Dalí y los bailadores Pilar López, Anton Dolin, Lydia Sokolova, Mario Maya, Léonide Massine, Carmen Amaya y Antonio Gades. En medio de aquella constelación multigénero de artistas y escritores, pronto me di cuenta de que se echaban en falta ciertas palabras, términos específicos del rico vocabulario flamenco que parecían intraducibles.
En un momento de la charla hablé del interés que los intérpretes de flamenco han mostrado por un repertorio concreto: el conjunto de diez canciones tradicionales seleccionadas y armonizadas para voz y piano por Federico García Lorca en 1931 que la Argentinita grabó bajo el título de Canciones populares antiguas, con Lorca al piano y ella misma cantando, tocando las castañuelas y, en ocasiones, zapateando. Estas piezas populares han recorrido estilos, escuelas y territorios artísticos muy diversos: el folk, la canción de salón, el repertorio cantable del bando republicano español e internacional en la Guerra Civil, y, finalmente, el flamenco. Sobre todo, el flamenco, un género con el que han descubierto una afinidad irresistible. «Esto tiene que ver –decía– con el amor que muchos artistas flamencos sienten por la obra de Lorca, pero también con la capacidad singular de este arte para hacer algo que no es fácil de traducir: aflamencar, es decir, convertir en flamencas piezas musicales que no lo son. Mis estudiantes y yo acordamos que, para tal menester, debíamos usar la palabra flamenquify». Desde el atril pude percibir la reacción complacida del público: murmullos festivos, risas sueltas.
El inglés carece todavía de una palabra que vierta ese concepto y esta ausencia importa, porque la acción que nombra es central en lo que concierne a los mecanismos de creación y desarrollo del género. ¿Qué hacer, entonces? ¿Deberíamos usar el verbo español e intentar encajarlo en el discurso foráneo o tratar de encontrar un equivalente inglés adecuado, uno que podamos proponer, justificar, definir y comparar con términos ya existentes y ayudar a poner en circulación?
Febrero marcaba también el inicio del semestre de primavera de 2026 en el Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada y yo acababa de impartir las primeras cuatro semanas de mi curso El arte flamenco en la sociedad y la cultura. Para entonces, conocía ya bastante bien a aquel grupo de diez alumnos curiosos, vivaces e ingeniosos: la mayoría eran estadounidenses y, unos pocos, estudiantes internacionales matriculados en universidades de Estados Unidos.
Al final de esa cuarta semana, antes de partir para Nueva York, nos habíamos preguntado en clase si el verbo español aflamencar podría verterse satisfactoriamente al inglés. Tras explicar el significado de la palabra, sondeé a los estudiantes sobre si la consideraban intraducible —tal como está sucediendo con el sustantivo duende, tan estrechamente asociado a la poética de Federico García Lorca y hoy usado en el inglés americano sin ninguna alteración de su grafía—, o si sería posible hallar el equivalente inglés. Rebuscando en mi memoria, creo que fue Evan Divittorio quien pronunció primero la palabra y que Emma Mejía fue la primera en respaldarla: [flaménkifái], eso fue lo que pronunciaron aquellos labios. Otros, entre ellos Isabel Ibarra, Jin Isaac, Hazel Seligson y probablemente Nicanor Roebuck, apoyaron pronto la sugerencia, algunos con cierta vacilación, mientras varios ofrecían paralelos ingleses: jazzify, bluesify, rockify, funkify, incluso popify. Eran precedentes sólidos y acreditados, acuñados, por añadidura, en el mundo de la música. Muy bien, pensé para mis adentros, habíamos encontrado la palabra o, al menos, sus últimas letras.
La forma de pronunciarla planteaba, no obstante, un problema. Todos habíamos articulado instintivamente la voz como [flaménkifái], secundando un patrón fonéticamente verosímil que ahora había que trasladar a la grafía inglesa, y yo mismo había escrito de manera automática flamenquify en la pizarra, siguiendo las convenciones ortográficas del español. En inglés, sin embargo, este verbo recién creado se leería de forma natural como [flaménkuifái], tal como sucede en liquify. La idea parecía buena, su sonido resultaba persuasivo, pero estaba claro que la ortografía seguía sin asentarse, y ninguna palabra nueva se impone si no muestra una forma escrita clara.
«El flamenco es uno de los grandes géneros musicales vivos y el término que aquí se discute es necesario para nombrar —también en inglés, puesto que el inglés es hoy una de las lenguas en las que esta música vive y crece— una acción que ha sido históricamente, y sigue siendo hoy, fundamental para la creación y la encarnación de los bailes, cantes y actuaciones musicales flamencas. Dicho de otro modo, ni la lengua inglesa ni los países que la hablan son ajenos al desarrollo del que llamamos arte musical andaluz, todo lo contrario. Son razones suficientes para defender la necesidad de este neologismo»
En español, los sonidos /ka/, /ke/, /ki/, /ko/ y /ku/ casi nunca se representan con la letra k, que aparece sobre todo en préstamos como kéfir o kimono. Flamenkify ofrecería, por tanto, el equivalente fonético más cercano, conservando la pronunciación española no diptongada de la palabra, pero al precio de alejarse más, tanto visual como etimológicamente, de la propia palabra flamenco. Corría, además, el riesgo de incorporar una connotación no deseada: desde hace décadas, movimientos contraculturales y radicales españoles como el anarquismo o el punk han usado la k a modo de marca gráfica de transgresión, sustituyendo la c en palabras como radikal, okupación o kapitalismo. Esa no es la asociación que deseamos para nuestra palabra base, aunque nada impediría que otros se la añadieran más adelante, en contextos contraculturales específicos.
La opción flamencofy tiene ciertas ventajas. Conserva la palabra flamenco de forma inmediatamente reconocible, convirtiéndola, de hecho, en la raíz aparente del nuevo verbo o, más precisamente, en una suerte de lexema falso, ya que la raíz efectiva sería flamenc-. Tradicionalmente, cuando una palabra base termina de forma natural en –a o en –o, el inglés eliminaba esa vocal final antes de añadir -ify, evitando así grupos vocálicos incómodos que sonarían pesados o resultarían difíciles de pronunciar. Hoy en día, sin embargo, si los hablantes comunes inventan un verbo nuevo a partir de un préstamo acabado en -a o en -o (terminaciones, por cierto, bastante infrecuentes en inglés), suelen simplemente adherir -fy o -ify a la palabra entera, sin aplicar la regla clásica de elisión, porque no están pensando en términos de morfología latina, sino tratando el sufijo como modular y acoplable. Así, persona y Russia dan respectivamente personify y Russify, mientras que data y disco dan datafy y discofy. Por esas razones, flamencofy no resulta ortográficamente engorrosa ni morfológicamente forzada. Con todo, flamenquify seguía imponiéndose como la solución más elegante, favorecida además por sus numerosos precedentes musicales. Como híbrido juguetón que lanza un guiño a la forma adjetiva española y a su característico cambio ortográfico, se percibe, además, más conscientemente bilingüe y donoso que flamencofy.
El inglés cuenta también con el verbo compuesto to jazz something up, con sentido parecido a to spice up (avivar, animar, darle a algo chispa o salsa, proporcionarle más sabor, incluso echarle picante), aunque también puede significar «arreglar una pieza musical al estilo del jazz», una acepción tan marginal que pocos hablantes la reconocerían sin que se les explicara. To flamenco up podría parecer extensión natural suya, pero esta analogía se apoya en un significado demasiado restringido como para constituir su sostén. Queda una última posibilidad: flamenqify, si bien la descartamos de inmediato, ya que tanto en inglés como en español una q seguida de cualquier vocal que no sea u resulta del todo ajena a sus respectivos sistemas de escritura.
Todo parece apuntar, entonces, a flamenquify como la opción más segura, junto con sus posibles nuevas derivaciones: formas verbales como flamenquified y flamenquifying; formas sustantivas como flamenquification y flamenquifier; y el adjetivo flamenquifiable. Resulta sólida respecto a la posible acuñación del neologismo, así como en relación con las dos lenguas implicadas en esta transferencia: la prestadora, el español, y la receptora, el inglés.
No está en nuestras manos de hablantes corrientes, de a pie, imponer al lexicón de una lengua la adopción de un término nuevo, por convencidos que estemos de su necesidad; pero sí tenemos derecho a proponerlo, a echarlo a andar, a darle un primer empujón alentador, a contemplar sus primeros pasos vacilantes y, tal vez, a presenciar su fracaso, que nunca debería tomarse como definitivo. La gran lexicógrafa española María Moliner, grande por haber construido, sola, represaliada por el franquismo y en su propia casa, sobre la mesa de su cocina, de hecho, uno de los repertorios más extraordinarios de la lengua española, el Diccionario de uso del español, y grande también por haber sobrevivido en aquellos años de hierro con integridad y dignidad, advertía en la introducción de esa obra monumental que «muy pocos “lanzadores” de un neologismo podrán vanagloriarse de haber visto consagrado su invento». Tenía razón: las palabras recién acuñadas que terminan asimilándose en una lengua son excepcionales y, aunque la incorporación de lemas es un proceso constante, es raro que lleguen con una carta firmada de presentación. Pero el flamenco es uno de los grandes géneros musicales vivos y el término que aquí se discute es necesario para nombrar —también en inglés, puesto que el inglés es hoy una de las lenguas en las que esta música vive y crece— una acción que ha sido históricamente, y sigue siendo hoy, fundamental para la creación y la encarnación de los bailes, cantes y actuaciones musicales flamencas. Dicho de otro modo, ni la lengua inglesa ni los países que la hablan son ajenos al desarrollo del que llamamos arte musical andaluz, todo lo contrario. Son razones suficientes para defender la necesidad de este neologismo.
¿Quién acuñó por primera vez palabras tan ingeniosas y vivaces como las británicas bloke o cheers o las americanas funky o cool, en sus muchos sentidos actuales? ¿Quién, con cariño y constancia, las repitió después? No lo sabemos. Pero podemos considerar a sus creadores como poetas y artesanos anónimos. ¿Quién pronunció por primera vez el término flamenquify? Probablemente varias personas, en distintos tiempos y lugares. Yo solo puedo dar testimonio de lo que sucedió en una clase formada por diez sagaces alumnos universitarios en Granada, España, y afirmar que uno de ellos, o quizá dos, secundados con entusiasmo por el resto de la clase y su profesor, hallaron la palabra y la proclamaron alegremente en un frío día de febrero de 2026. ¿Perdurarán el verbo y sus derivados léxicos? Solo el arte —que, a diferencia de la vida, es largo— conoce la respuesta. Mientras tanto, aflamenquémonos, let’s flamenquify ourselves, que no nos arrepentiremos.
→ Con mi gratitud hacia Carlos Van Tongeren, Thea Pitman y Christopher Maurer
Texto: José Javier León














