Hay muchas buenas bailaoras (y bailaores) en esta tierra. Faltaría más. La mayoría de ellas se pasan la vida buscando su esencia, su unicidad, mirando hacia atrás, a las bailaoras antiguas, o alrededor, a otros géneros incluso. Pero pocas han logrado trascender las enseñanzas, las influencias recibidas y el ego (llamémosle técnica) para intentar alcanzar el misterio del arte y, en ese intento, ofrecer un baile único y orgánico, un baile ‘en vida’ como diría la antropología teatral.
La Piñona es una de esas pocas bailaoras, por eso es siempre un placer verla, sobre todo cuando se expresa, como hizo en el teatro de Cajasol con Central, sin ningún tipo de narración o de concepto exterior a ella misma.
Poco a poco, trabajo a trabajo, La Piñona ha ido conquistando su verdad. Flamenca de pura cepa y con una técnica impresionante, La bailaora de Jimena de la Frontera empezó a explorar sus límites con su espectáculo Abril, estrenado en la Bienal de 2020 y dedicado al poeta Juan Manuel Flores, autor de muchas letras de Lole y Manuel. “En Abril, me permito ser yo misma al completo”, nos decía entonces la bailaora. Luego dio un paso de gigante con Insaciable (Bienal de 2022), dejándose dirigir por Estévez y Paños y asesorar por nuestra compañera Sara Arguijo y ahora, en plena madurez, se permite navegar por donde más le apetece, que en este momento son los ritmos más dramáticos del flamenco.
Central no es más que un recorrido personal por esos ritmos, acompañada por uno de sus grandes paladines, el guitarrista Ramón Amador, y por tres estupendos cantaores como son Manuel Pajares, Joni Reyes y Ezequiel Montoya. Acompañantes que cumplieron sobradamente sus cometidos y tuvieron su momento de lucimiento –Amador con una hermosa y elaboradísima rondeña y el trío cantaor por martinetes– si bien, como espectáculo, no pasó de ser un recital aseado cuya iluminación jugó en contra casi toda la velada para desesperación de los fotógrafos presentes en la sala.
La Piñona llegó al escenario atravesando solemnemente el patio de butacas, de negro con chaquetilla, para dejarnos una solea verdaderamente majestuosa en la que sus brazos tendían al cielo mientras que su mirada retaba al público y sus pies –al igual que en la seguiriya del final– llamaban primero a la tierra con una fuerza atronadora antes de entregarse a un concierto en el que la velocidad jugaba a placer con la musicalidad. Impresionantes los pies de La Piñona.
«En La Piñona vemos, como en pocas de su edad, esa alternancia entre la energía más fuerte y poderosa no exenta de sensualidad que explota de pronto en unos remates impresionantes, y la contención más absoluta, con un modo admirable de parar el tiempo sin abandonar el cuerpo ni la mirada»

En su segunda aparición, Lucía, atrevida donde las haya, salió a afrontar la proverbial austeridad de la farruca vistiendo un impresionante traje dorado que iluminaba todo el teatro con su vuelo. Farruca atípica llena de giros y de dinamismo que terminó en unos tangos con los que bailaora y público tuvieron los momentos más desenfadados y gozosos del espectáculo.
Quedaba sin embargo el baile más dramático: la seguiriya. Envuelta en el cante, vestida de blanco y con la cabeza en todo momento dramática y orgullosa, La Piñona nos dejó una muestra más de su libertad y de su maestría, de una madurez artística que no puede ser más que el reflejo de su madurez vital.
Porque, como el flamenco, la jimenata es única y, a la vez, el resultado de muchas cosas diferentes. En ella vemos destellos de la sal de Cádiz, pero también vemos a Granada, en esos pies velocísimos y musicales de la escuela de Mariquilla, y a Sevilla, con su elegancia, su sensualidad su colocación, su cabeza majestuosa, sus estampas…
En ella vemos, como en pocas de su edad, esa alternancia entre la energía más fuerte y poderosa (que ya no nos atrevemos a decir ‘masculina’) no exenta de sensualidad que explota de pronto en unos remates impresionantes, y la contención más absoluta, con un modo admirable de parar el tiempo sin abandonar el cuerpo ni la mirada.
Ella nos trae mil imágenes del pasado, de las poses taurinas de muchos bailaores, de bailaoras, como Manuela Vargas con sus brazos enormes alzados al infinito y su vestido blanco para bailar el luto (como una japonesa) a ritmo de seguiriya.
Un baile presente, “en vida”, frente a la muerte y la gente dormida que nos rodea.
Ficha artística
Central, de Lucía Álvarez ‘La Piñona’
Jueves Flamencos de Cajasol
Teatro de la Fundación Cajasol, Sevilla
11 de mayo de 2026
Baile: Lucía Álvarez La Piñona
Guitarra: Ramón Amador
Cante: Manuel Pajares, Joni Reyes y Ezequiel Montoya
Texto: Rosalía Gómez

























































































