Mucho se ha escrito y se escribe sobre el fandango. Aquel género que desde los primeros años del siglo XVIII inundó toda la geografía hispana con su arrebatadora cadencia. En mis labores de rastreo en la Biblioteca del Conde Duque, me topé muchas veces con fandangos, tocados, cantados y bailados en las casi cinco mil obras revisadas. La primera mención en un diccionario de la Real Academia (Diccionario de Autoridades) del año 1732 dice del fandango que es «baile de los que han estado en los reinos de Indias». Que han estado, es decir, que volvieron. Lo que vendría a ser una música de ida y vuelta en toda regla.
Aquel fandango dieciochesco no era, musicalmente hablando, el mismo que lo que hoy denominamos como tal. Entonces era en tono menor y bailable, y servía, sobre todo, como base armónica (cadena de acordes) para improvisar, a la guitarra, al clave, al arpa. Lo que hoy conocemos como fandango es cantable y en modo mayor, intermediado, eso sí, por variaciones herencia del antiguo fandango.
Veamos algunos fragmentos de aquellas obras en las que el fandango antiguo reinaba, con su ritmo machacón taconeado. Antes de nada, recordemos que el fandango, además de un género musical, es también una reunión festiva, como se puede leer en el sainete Los señores fingidos, puesto en música por Antonio Guerrero en 1753, en el que se canta a coro: «Vaya de bulla, de zambra y fandango, porque ajenos de tantas fatigas puedan hoy respirar los gitanos». Bulla y zambra, sinónimos de alegría y jaleo. De igual modo, en la introducción de la tonadilla El tuno y la maja, de Blas de Laserna de 1775, el tuno canta: «Voy a buscar mi chusca pues sin cuidado me detuve esta tarde en el fandango…». O en el entremés Los Mayordomos de Griñón (1ª parte), de Luis Misón: «Ya no hay fandango, ya no hay jopeo, ya se ha acabado todo el bureo». Nótese cómo en los términos bulla y bureo parece esconderse una primitiva forma de invocar el espíritu de las bulerías.
Que era un género muy querido por la afición, y algunos de forma especial, lo confirma un sainete anónimo de 1768 titulado El fandango de candilejo (de los famosos bailes de candil) donde se cantan estas ilustrativas seguidillas: «Vale más un fandango de candilejo que todos los saraos con instrumentos, y es evidente que aunque hay mucho dulce es más sal éste». En esa época era muy normal proclamar la «supremacía» de lo español ante las modas emperifolladas francesas, con sus pelucas y bailes amanerados. Una fórmula recurrente en este repertorio castizo y efímero.
«Solo cuando logremos desprendernos de los muchos prejuicios que como una costra cubren la historia digamos oficial del flamenco, podremos admitir la tremenda influencia de esta música teatral, castiza como pocas, golfa a más no poder. Golpe a golpe, verso a verso, se hace el camino. Algún día se acabarán aclarando los procesos que dieron lugar a este género incomparable, rico en matices y con vocación universal: el flamenco»
Otras danzas competían por entonces con el fandango. De Antonio Guerrero es la música del sainete La hija de Jefté, de 1761, que cierran todos los actores cantando: «Entre usté al endengue, al endengue al endango, que aquesto no es jota, minué ni fandango». Aunque hay una obra que ilustra perfectamente cómo evolucionó el género que nos ocupa. Se trata de El último que llega, de Laserna (sin fecha): «Si el bolero al fandango le quitó el trono, a vengar al fandango vino el zorongo, ay ay ay porque esta escrito que el que a cuchillo mata muere a cuchillos. Mató a la seguidillas la aria italiana y esta a sido despojo de la polaca”. Otra de las aficiones de estos autores e de entremeses, sainetes y tonadillas, hacer genealogías con los géneros musicales, poniéndolos a competir, a fin, siempre, de ensalzar lo propio. Una suerte de chovinismo madrileño y andaluz.
El fandango fue un género que se cantó y bailó en toda España, como apuntó ya en 1763 Pablo Esteve en la tonadilla Un cautivo y una mora: «En España, señores, las majas todas cantan en sus fandangos de aquesta forma…”. Incluso se hace a su manera en la lírica Galicia, como nos advierte la gaita cantada en la tonadilla El molino y la caza, de Laserna, estrenada en 1778: «Vivan las gallegas, vivan los gallegos, viva Ponferrada, viva Mondoñedo; este es el minué y fandango que gastan allá en sus pueblos…”. Pero la patria natural por entonces era Madrid, como lo confirma Esteve en las coplas de la tonadilla La carta de 1779: «Si algun chusco Madrileño intenta a usté acompañarla, solo la darán fandango al son de alguna guitarra”.
La moda del fandango hacía estragos, así lo confirma Pablo Esteve en su tonadilla El jardinero celoso, de 1780: “…que cosas las mujeres hoy más desean: un cortejo, un fandango y no ser fea…”. Eran otras épocas, eran otros tiempos. Y no debía ser fácil bailar el fandango, por lo que se deduce en la La lección de las tonadas, de Esteve de 1780: «…si alguna vez por ventura has de bailar el fandango, aprende antes la alemanda o el minuete figurado…». Poniendo los bailes europeos como base de aprendizaje, por su sencillez, antes de aprender los bailes del país, solo aptos para majos y majas, mozos y mozas de rumbo, de tacón y habano en boca, con faca en la cintura y que escupían de lado. Prototipos de la sal.
Y que en el fandango se taconeaba lo demuestran la mayoría de los que se hallan en las partituras manuscritas que guarda el archivo de la Biblioteca Municipal de Madrid. Se zapatea mientras se baila el fandango. Tengamos en cuenta que algunos elementos de ese fandango antiguo se disolvieron a finales del siglo XVIII pese a cristalizar de nuevo en los jaleos que acabaron en cantiñas y soleares. Un botón: el fin de fiesta La función de la Raboso, de Laserna (sin fecha), donde la maja Mariana Raboso canta: «En viendo los extranjeros bailar a un majo el fandango, bailarán un taconeo encima de un campanario…”.
Esto es solo un pequeño ejemplo de un género que fue el espejo en el que se acabarían mirando las músicas del flamenco. Solo cuando logremos desprendernos de los muchos prejuicios que, como una costra, cubren la historia digamos oficial del flamenco, podremos admitir la tremenda influencia de esta música teatral, castiza como pocas, golfa a más no poder. Golpe a golpe, verso a verso, se hace el camino; algún día se acabarán aclarando los procesos que dieron lugar a este género incomparable, rico en matices y con vocación universal: el flamenco. ♦





















































































