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Pablo Martín Caminero: «En el flamenco, el contrabajo todavía está en su infancia»

El músico vasco presenta su 'Trilogía: Al toque, Al baile y Al cante' los días 22, 23 y 24 de septiembre en la Real Fábrica de Artillería, XXIV Bienal de Sevilla. «Algún día surgirá un Paco de Lucía del contrabajo que abra un nuevo camino», dice.

Alejandro Luque por Alejandro Luque
22 septiembre 2026
Tiempo de lectura: 11 mins
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El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla

El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla

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Natural de Vitoria, Pablo Martín Caminero ha hecho en los últimos veinte años un viaje por los territorios flamencos lleno de hallazgos felices. Ahora, este explorador del contrabajo se planta en la Bienal de Sevilla para ofrecer nada menos que tres noches de música con su personalísima trilogía Al cante, Al toque y Al baile, donde dialoga con estas disciplinas.

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En un momento en que casi nadie se atreve a sacar disco, y a lo sumo va escanciando temas en las plataformas, usted se lanza con una trilogía de la que han aparecido ya dos álbumes, y no sé si el del baile estará en camino… ¿Cómo se atreve?

Pues yo en principio tampoco lo sé, pero tiene pinta de que acabarán siendo tres discos, sí. En Al baile hay un tema que rescato de otro disco y el resto es todo original. Es un espectáculo pensado desde lo visual. En cuanto al atrevimiento, también es nuestro negocio, en el sentido en que estamos enfocados a los conciertos. Plasmo una visión artística que espero que luego se convierta en una representación, y vivo también de eso.

Esta trilogía sería la culminación de un camino que usted ha hecho en el flamenco desde hace al menos dos décadas. ¿Recuerda cómo fue su entrada en el flamenco?

Yo tengo muy claro que no soy flamenco y no lo seré nunca. Yo toco y he tocado con los flamencos, que es para mí uno de los más grandes privilegios y honores que he tenido en mi carrera musical: ser más o menos aceptado en esa comunidad. Yo estudiaba música clásica en Viena. Mi carrera de escuela ha sido en la música clásica y luego he sido autodidacta en lo demás. Y allí conocí a un guitarrista flamenco, alemán-japonés, que se llama Michio Woigardt, con el que empecé a hacer cosas. Como yo tocaba el bajo eléctrico y el contrabajo y era de aquí, pues tenía que tocar flamenco.

¿Conocía, al menos, algo de esta música?

A mí ya me gustaba: escuchaba a Paco, a Camarón, que para muchos de nosotros son las puertas de entrada, sobre todo el Paco de Lucía Sextet, que además fue a tocar en directo allá, a Viena, con Benavent y con Jorge Pardo, y fue superemocionante. Entonces empecé allí a aficionarme como músico al flamenco, desde el bajo eléctrico y luego, claro, siendo contrabajista, empecé a implementar el instrumento y, digamos, las técnicas de la guitarra en mi instrumento poco a poco. Y en eso sigo, intentando… Desde luego, no imitar. Siempre me acuerdo de mi amigo el Bolita, de Jerez, que me decía: «No intentes copiar a la guitarra flamenca con un contrabajo, no tiene sentido. Mira a ver qué es lo que puedes sacar de nuevo del instrumento».

¿Quiénes le dieron la alternativa en el género?

Cuando vine a vivir a España, de las primeras personas con las que empecé a tocar fueron Chano Domínguez y Gerardo Núñez. Entonces, pues imagínate, hice unas cuantas giras. Con Gerardo estuve muchísimos años, unos doce años. Hace poco he estado tocando con él otra vez. Entonces, digamos que esa también ha sido mi escuela vital, o por lo menos en lo profesional. Llegando a España he estado rodeado de flamencos y de esa cultura y de esa manera de entender la música.

¿Son muy distintos los flamencos de, por ejemplo, los jazzeros, o ya la globalización también ha hecho que las diferencias se diluyan? Porque hace treinta o cuarenta años eran casi dos especies distintas…

Yo diría que lo siguen siendo. Son mundos completamente distintos, psicologías distintas, maneras de comunicarse verbalmente totalmente distintas, son casi como idiomas distintos. Son estructuras musicales y de concierto distintas, son maneras de vivir muy diferentes.

 

«Entonces, en ese mundo intermedio se crea ese bajo eléctrico tan potente, con esos latigazos de Carles Benavent. En cambio, con el contrabajo tenemos el reto de cómo hacer que una bulería suene a bulería, pero dentro de las posibilidades de un contrabajo. Eso es lo que a mí me fascina de todo esto, cómo encontrar el groove básico para que eso siga teniendo esa identidad»

 

El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla
El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla

 

Y como músico, ¿qué ha seguido encontrando en el flamenco después de esa fascinación inicial o esa curiosidad?

Esto, como cualquier otra cosa, o te gusta o no te gusta. A mí me gusta. Me encanta que me influencie, sin ser yo flamenco. Yo soy de Vitoria y, como decía antes, he nacido y he estado en un entorno en el que el flamenco no ha existido hasta muy pasada la adolescencia. De ninguna manera el flamenco ha estado en mí desde el principio. Y lo que me sigue llamando la atención y de lo que intento empaparme y dejarme influenciar es, sobre todo, diría yo, la identidad. Pero la identidad en general, la identidad global del flamenco, no solo que se manifiesta en lo musical, sino también en la manera de ver la vida. Me gusta que eso me influencie, me gusta tener amigos de ese entorno, que, bueno, al final los amigos uno tampoco los elige, pero, en mi caso, muchos de mis amigos están en el flamenco o son flamencos directamente. Entonces quizás he tratado de usurpar un poco esa identidad también, o por lo menos dejarme empapar de ella y tratar que mi personalidad musical sea original también por esa influencia del flamenco.

El bajo ha estado asociado durante mucho tiempo al sexteto de Paco, luego Javier Colina hizo sus aportaciones desde el contrabajo, y ahora hay casi un boom de bajistas. ¿Ya el instrumento ha acabado formando parte del flamenco? ¿Está plenamente aceptado o sigue siendo esa guitarra rara que sale de ahí y que todavía a algunos les cuesta aceptar aún?

Bueno, yo diría que los tres pilares del flamenco siguen siendo el cante, el baile y la guitarra. El cuarto yo creo que sería la percusión, el compás. Pero si hubiera que decir un instrumento que es el que ha globalizado esa parte del ritmo, sería el cajón, que es de los 70. O sea, no es algo que tenga 200 años de antigüedad.

Se supone que para el flamenco cumple cincuenta el año que viene…

Exactamente. Y después probablemente vendría el bajo eléctrico. Yo creo que el Paco de Lucía del bajo ha sido y es Carles Benavent, ha influenciado muchísimo a gente como a mí y a muchísimos compañeros. Ahora, en Juanfe Pérez, por ejemplo, reconoces influencias, pero se ve que va por otro lado. O el Popo, pues también. Son gente que evidentemente bebe, como cualquier guitarrista bebe de los maestros, de Sabicas o de Paco de Lucía. Pues aquí se bebe y próximas generaciones también beberán de Juanfe o del Popo. Y el contrabajo, que hemos bebido de Javier Colina, aunque es alguien que se ha centrado, yo diría más, en la música latinoamericana, que es su gran pasión. Es un cantante que toca el contrabajo, es lo que yo percibo de él. Y lo —iba a decir lo poco, porque ha hecho muchísimo— que ha hecho en el flamenco es referencia absoluta para los contrabajistas. Entonces, bueno, los genios son así, ¿no? Con poco que hagan ya marcan toda una manera de hacer.

Y tanto.

También te diría que, en el flamenco, el instrumento natural sería el contrabajo, porque es un instrumento acústico que se puede implementar de manera acústica en una fiesta, en un bosque, en cualquier lugar, que no depende de la electricidad como el bajo. Y en ese sentido, todavía tiene un largo recorrido. En algún momento es posible que aparezca un Paco de Lucía o una Paca de Lucía en el contrabajo que marque un… No sé, que abra un nuevo camino. A veces ocurre. En el flamenco yo creo que el contrabajo está en la infancia todavía, diría yo.

Escuchándole he recordado también la gira de Pepe Habichuela con Dave Holland, que también fue un hito…

Sí, correcto, y eso habla de lo interesante que es esto. Que un músico como Dave Holland o incluso en su momento Miles Davis o John Coltrane, pero de maneras muy distintas, se interesaran por el flamenco. El bajo eléctrico no deja de ser una guitarra. Pasaba mucho con Benavent, ¿no?, que tenía esa doble función entre lo rítmico, entre ser un palmero o un cajonero, y lo virtuoso de doblar frases de Paco. Entonces, en ese mundo intermedio se crea ese bajo eléctrico tan potente, con esos latigazos de Carlos. Y, en cambio, con el contrabajo, que no tiene tanto esa posibilidad, tenemos el reto de cómo hacer que una bulería suene a bulería, pero dentro de las posibilidades de un contrabajo. Eso es lo que a mí me fascina de todo esto, cómo encontrar el groove básico para que eso siga teniendo esa identidad.

Ya casi me olvidaba de Alain Pérez, o de las incursiones de Richard Bona en el flamenco, que demuestran desde cuántas ópticas puede abordarse este asunto, ¿no?

Sí, también es lógico, prácticamente todas las músicas tienen esa función del bajo. Yo qué sé, si ves el tango argentino o la música gitana balcánica o una orquesta sinfónica o el rock, todos tienen el bajo. El flamenco no lo ha tenido hasta hace relativamente poco. El rock sí tenía el contrabajo, el rockabilly y todo esto. Las orquestas sinfónicas, por supuesto, tenían el contrabajo y las músicas populares de distintas zonas del mundo tenían el contrabajo también, como instrumento acústico. El flamenco, sin embargo, su primer bajo fue eléctrico, prácticamente. La evolución del contrabajo puede ser interesante justo porque es relativamente nuevo.

 

«Nunca hay un lugar en donde decir: esto es la verdadera pureza. Todo es evolución. Y el flamenco está en constante evolución. Tienes a un tío como Yerai Cortés llenando campos de fútbol con un toque relativamente accesible, bonito, elegante. Y luego hay proyectos supercomplejos desde lo contemporáneo, desde el jazz o desde la improvisación. El flamenco tiene la gran virtud de poseer una personalidad tan grande que se permite hibridar con otras formas sin perder un ápice de personalidad»

 

El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla
El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla

 

Viendo la biografía que han publicado en la web de la Bienal, no aparece el proyecto de UHF (Ultra High Flamenco), que al menos para mí fue una revelación. ¿Lo da por superado?

No sé por qué no aparece. La verdad es que muchas veces ni controlas ni sabes qué has puesto, qué has enviado, qué han cogido ni nada. Evidentemente, no reniego de UHF, sino todo lo contrario. Ahí hice muchas de mis grandes amistades, sobre todo con el Bolita, con Paquito González, que está en la trilogía. Y con el Bolita sigo tocando en su trío, en la Big Band… Desde luego, UHF ha sido una de las partes en las que más he aprendido sobre flamenco, también profundizando con mis compañeros de una manera mucho más libre y mucho más intuitiva y trabajando juntos. Hemos pasado muchísimos años juntos. De hecho, seguimos, pero no en UHF. También estaba Alexis Lefebvre, desde el violín, y con sus composiciones tan interesantes y tan particulares. En algún momento nos hemos planteado, así tipo los Rolling Stones: «Venga, vamos a hacer un revival», pero no es tan sencillo. Las bandas son entes en general complicados. No es una persona. Es más fácil decir Pablo Martín Caminero Cuarteto y ya está, que UHF, que son cuatro mentes.

Voy a pedirle, casi para terminar, que haga un poco de oráculo. ¿Hacia dónde cree que va el flamenco?

Yo creo que el flamenco tiene muy buena salud. Mira, yo veo la visión que tienen mis padres sobre el flamenco, que es la antigua visión de esa música de fiestas andaluzas y tal. Y luego está esa visión que hay sobre los problemas internos, sobre el flamenco puro y, de repente, yo qué sé, ven a Israel Galván, por ejemplo, y se echan las manos a la cabeza: «¡Oh, Dios mío!». O, por el contrario, se le reconoce como un genio. El tema del flamenco puro, pues yo creo que todo el mundo… Corrígeme si me equivoco, pero el flamenco, en sí, de base, es una forma que nace de otras muchas formas. Es fácil darse cuenta, no solo en flamenco, sino en todas las identidades culturales concretas, que son producto de varias influencias, e incluso las nacionalidades y todo. España, los españoles… O sea, que nunca hay un lugar en donde decir: «Esto es la verdadera pureza». Todo es evolución. Y el flamenco está en constante evolución. Tienes a un tío como Yerai Cortés llenando campos de fútbol con un toque relativamente accesible, bonito, elegante, no sé, que ha conseguido acercar a tantísima gente. O incluso Rosalía, sobre todo al principio, que hace cosas que llaman a mucha gente. Y luego hay proyectos supercomplejos desde lo contemporáneo, desde el jazz o desde la improvisación. Es decir, que el flamenco tiene la gran virtud de poseer una personalidad tan grande que se permite hibridar con otras formas sin perder un ápice de personalidad. Es más, casi influenciando más el flamenco a otras formas, que otras formas al flamenco.

Así es.

Hace poco, no sé dónde vi un vídeo o alguien me habló de Metallica, el famoso grupo heavy, y alguien hace en la guitarra española una cadencia española o simplemente un acorde en concreto y dice: «¡Ah, flamenco!». Es decir, el flamenco tiene mundialmente una identidad tan fuerte y tan marcada que eso, pues, digamos que está asegurado. El hueco ese lo tiene por derecho como identidad. Y, a partir de ahí, yo creo que seguirá habiendo proyectos. Habrá Israel Galván, habrá Rocío Molina, habrá Marías Morenos, habrá David Carpios, con un cante mucho más tradicional, y habrá Niños de Elche.

¿Usted tiene ya todas las llaves del flamenco, o le sigue costando abrir alguna puerta?

Ahora estoy con Al baile y, chico, hago lo que se me ocurre. María [Moreno] me dice «vamos a hacer una farruca» y yo llamo a mi amigo el Bolita, porque estoy perdido y me paso el día escuchando farrucas. Y Bola me dice dos claves y, de repente, se me abre esa ventana. Un flamenco irrefutable como el Bola me da unas referencias sobre incluso mi propia música y dice: «Quillo, relájate». Y, coño, es verdad. Y te da confianza y seguridad. En fin, lo que te quiero decir es que, si hay también una forma abierta, contemporánea y con ganas y con juventud, es el flamenco en todos los aspectos. En fin, pienso que el flamenco es muy inteligente como fenómeno cultural y tiene muy buena salud, como vemos, y tiene un futuro muy prometedor, ¡perdona por la chapa!

No, no, es muy interesante todo. Una última cuestión, ¿cómo afronta el reto de tres días en la Bienal?

Hombre, la ventaja que tengo es que tengo ya una edad y que he vivido muchas cosas y, en general, estoy tranquilo. Pero claro, yo soy consciente de que están invitando a un músico vasco, no flamenco nativo, a este festival a exponer una trilogía en la que me traigo a tres, digamos, flamencos de verdad, que son David Carpio, María Moreno y Paquito González. Y luego traigo a tres pedazos de improvisadores, músicos, pianistas increíbles, que son Moisés Sánchez, Xavi Torres, que va a hacer Al baile, y Daniel García Diego, que está en Al cante. Y luego Manuel Torre a la batería, que también viene del flamenco y trabaja mucho con baile y con nuevas formas del flamenco, con Antonio Lizana, y Shayan Fathi, que es un hombre del Renacimiento, que ha producido mucho y que sabe latín. O sea, me parece que estoy muy bien arropado. Mi propuesta está grabada y es conocida por quien me llama. Entiendo que eso les interesa.

¿Sevilla es territorio conquistado, o hay que conquistarlo todavía?

Me lo tomo muy en serio y estoy muy honrado de estar ahí, la verdad. Voy a hacer lo mejor que pueda. Llevo preparándome los tres conciertos un tiempo. Me da tanta ilusión que ahora mismo lo que más tengo, más que nervios, es ilusión por probar esta música y mostrarla.  Tampoco me lo tomo como la trilogía de mi vida, ni soy yo ahora Beethoven. Tocar música con gente a la que admiras es siempre un placer, y así me lo tomo. ♦

 

El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla
El contrabajista vasco Pablo Martín Caminero. Foto: web Bienal Sevilla

 

Alejandro Luque

Alejandro Luque

Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

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