Miramos al presente y al futuro cuando vemos cómo el relevo generacional de artistas busca no solo la continuidad del género, sino la modificación y personalización de lo tradicional para desarbolar el tronco del cante y darle un aire fresco que renueve una parte del anquilosamiento heredado y hermético de quienes no comprenden que sin evolución, la tradición queda relegada a una mirada fría al pasado. Por eso, cuando escuchamos un recital de savia nueva, como mínimo prestamos atención a ver cómo entienden las nuevas generaciones el tratamiento musical de lo viejo y son capaces de readaptarlo al sonido del siglo XXI a su manera.
Así, en la Peña La Platería se presentó Esperanza Garrido, jovencísima cantaora, con un repertorio clásico en su mayoría pero adornado de aire fresco, no solo por una perfecta afinación y brillantez de voz, enturbiada en esta ocasión por un catarro, sino por su capacidad de afrontar nuevas formas basadas en sus mayores. Se muestra segura en el escenario, encara los cantes con desdén y sin miedo, que no es poco en el templo de las peñas flamencas.
Es valiente con el repertorio e incluso con el orden de los cantes. Si bien arrancó con una soleá por bulerías a la que añadió algunos estilos de soleá, sonó compacta desde el principio.
Anunciaba los cantes antes de hacerlos, que viene bien a los neófitos aficionados de mayor edad, cantando una milonga marchenera con la libertad que ofrece este cante y al que la guitarra de José Quevedo supo llevar en volandas durante todo el recital. Tan es así que la personalidad del tocaor le llevó a iniciar el toque por tangos con el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo (Adagio), a la espera de que Esperanza se acordase de Enrique Morente con el Lenguaje de las flores lorquiano. Amasó el resto del cante con un variado y amplio abanico de estilos granaínos, del Camino del Monte y del Sacromonte.
Aunque después anunció Granaína y Media, ya sabemos que siempre se hace Media y Granaína, pero no hay manera de corregirlo. Fue una sorpresa agradable que recordase a Fosforito en la primera copla del cante y lo culminase con la versión de Vallejo rematado con abandolaos.
«La cantaora granadina Esperanza Garrido se mostró segura en el escenario, encaró los cantes con desdén y sin miedo, que no es poco en el templo de las peñas flamencas»

Se quedó solo en el escenario José Quevedo demostrando que su juventud no está reñida con el conocimiento y el acierto de tocar una soleá con continuos guiños a dibujos musicales cercanos a la malagueña, cargada de innovación y falsetas de largo recorrido.
Y llegó el cante proscrito por los gitanos, invento de hace unas décadas. Nada más. Que se lo pregunten si no a Manuel Torres o La Niña de los Peines, que la grabaron y no los echaron del reino. La petenera. Hizo la de Medina el Viejo y la de Pastora, ambas estilizadas y acompañadas del trémolo inquebrantable y limpio de Quevedo.
Por alegrías fue clásica conforme a los cánones preestablecidos por la historia y la tradición.
Y rompió molde con el final de su recital cuando, anunciando el final y a la espera de una bulería, dijo que lo hacía por seguiriyas. Porque además se acordó de aquella original letra que Morente extrajo de una obra dramática del siglo XIX de Enrique Zumel y que grabase en Guern-Irak. Una obra maestra difícil de superar. Quevedo, fiel a su origen jerezano, recordó a Javier Molina en las falsetas y se remató la noche con el recuerdo al maestro de los Alcores y la cabal de Silverio demostrando la cantaora no solo que domina las formas, sino que su impronta va más allá de ajustarse a una estética afín a su registro vocal.
Remató ya sin micro y a pie de escenario con la versión del fandango de Rebollo que popularizó Carbonerillo, demostrando que ante todo goza de buenas facultades y afinación para recordar que Con las lágrimas se van, la pena grande que se llora…
Ficha artística
Recital de cante de Rocío Garrido
Peña La Platería, Granada
31 de octubre de 2026
Cante: Esperanza Garrido
Guitarra: José Quevedo Ruiz-Verdejo













