Por aclarar, que hay mangutas de oficio que se apuntan los méritos de otro. Fue en enero de 2002, el día 20 para ser más exactos. Fue uno de esos días felices para un ratón de biblioteca como mi menda lerenda, que, sin previo aviso, te encuentras, en un mar de manuscritos musicales de la era en la que en la España borbónica mandaban los boleros y, sobre todo, las boleras, La Caramba, La Pulpillo o La Paca Borda, las seguidillas castizas que subían a las tablas de los teatros de la Cruz y del Príncipe, sitios en las calles del mismo nombre en los alrededores de la madrileña Plaza de Santa Ana, territorio flamenco un siglo después. Y allí, solo para mis ojos, abro una más de los cinco millares de pequeñas obritas que se guardan en la Biblioteca Municipal de Madrid, en los sótanos de los cuarteles del Conde Duque y, bajo el título de La Anónima, tonadilla a solo de Tomás Abril, guitarrista gaditano con obligación de acompañar (la guitarra sustituía entonces al clave en su función de «continuo») del año ¡1779!, encuentro un número titulado minué de La Viña donde se canta el siguiente bordón de seguidilla:
Los andaluces,
en sus tangos graciosos
sus chistes lucen.
Di un brinco, y corrí a una cabina para llamar a mi compañero de fatigas en aquellos años, José Manuel Gamboa, y le relaté el hallazgo. De eso se cumplieron hace unos meses veintitrés años. Han pasado 247 años de cuando La Paca Borda cantó las mencionadas seguidillas con esa especie de chirigota dieciochesca, pero, una pena, la música no era un tango. Como todo minué está en 3/4, sin embargo, ahí estaba la mención, la más antigua hasta la fecha en 2002, y aun hoy lo sigue siendo. Entonces tuve que revisar los miles de órbitas, pero en la actualidad ya están digitalizadas. Pero bueno, me lo podía permitir, después de unos años en la compañía de Antonio Gades me dediqué a visitar la dicha biblioteca durante cinco años todos los días de 8:30 a 14:00, a cero euros la hora. Anoté el feliz hallazgo y seguí con las pesquisas en busca de noticias preflamencas que acabé reuniendo años después en mi libro Guía comentada de música y baile preflamencos, 1750-1808.
Meses después llegó por fin la música de lo que entonces era nada más y nada menos que una mención. Sabíamos de los tangos hallados en la prensa cubana y española por el poeta Ortiz Nuevo, la guanábana, la limoná y la lotería, de 1823, supimos años después, cuando cambié Madrid por Cádiz, del tango americano y sabíamos de los presentes en zarzuelas como El Relámpago de Barbieri con el cocoyé, la sopimpa de los años cuarenta. Pero por fin llegó.
«El número 13 de esa obra se titula El tango, en 3×8 pero con la clave clarísima de tango en 6×8, tanto en el bajo como en la melodía. La primera música de tango que se conoce hasta hoy durmiendo en Madrid desde 1818. Y no es tango de gitanos ni de payos, ni de franceses, ni de moros, ni currutacos. Es el tango de los americanos. El tanguito en cuestión tiene 64 compases y está escrito para orquesta»
Lo encontré en un «baile de teatro», que así se llamaban estas obras, junto a las mencionadas tonadillas, entremeses, sainetes y fines de fiesta, que formaban el grueso de ese tesoro de música que cantaban y bailaban aquellos majos y majas que durante ochenta años hicieron las delicias del pueblo que llenaba cazuela y patio de los mencionados coliseos. El dicho baile, con fecha 1818, era del bailarín, coreógrafo y teórico de la danza Antonio Cayrón, y tenía el elocuente título de Los Americanos, cuya música se utilizó también para otras dos obras: La espada del mago y el Encuentro feliz. El número 13 de esa obra se titula El tango, en 3×8 pero con la clave clarísima de tango en 6×8, tanto en el bajo como en la melodía. La primera música de tango que se conoce hasta hoy durmiendo en Madrid desde 1818. Y no es tango de gitanos ni de payos, ni de franceses, ni de moros, ni currutacos. Es el tango de los americanos. El tanguito en cuestión tiene 64 compases y está escrito para orquesta (violines 1º y 2º, violas, flauta, oboes 1º y 2º, clarinete, trompas 1ª y 2ª, fagot y contrabajo), en fecha tan temprana, seis años después de la constitución de la Cuna de la Libertad.
Después de los años que pasé en la Municipal de Madrid me trasladé a la de Cádiz, que albergaba una hemeroteca. Por entonces, en 2006, aun dejaban consultar la prensa del XIX, cuyo paupérrimo estado ha llevado a las autoridades a prohibir su consulta. Aún llegué a tiempo para escudriñar todo el siglo XIX. Consulté, primero el Diario Mercantil en la Provincial, mimosamente encuadernados los números entre 1800 a 1830. Ahí encontré varios tesoros que vienen siendo citados en la dos últimas décadas por muchos compañeros, algunos mencionando la fuente, otros mangando, sin querer, el trabajo de otros. Después vinieron El Nacional y El Comercio. Allí conocí a mi amigo Antonio Barberán, que por entonces aprovechaba las horas que tenía libres en su trabajo para echar unas horas en la biblioteca de la calle San Miguel, entre Sacramento y Javier de Burgos.
Fue entonces cuando no paré de encontrar tangos americanos que se cantaban, tocaban y bailaban en las tablas del los Teatros del Balón, Principal o Circo. Datos que se pueden consultar en otro de mis libros, El Afinador de Noticias, versión en papel del blog del mismo nombre que mantuve vivo entre 2009 y 2015. Una selección: Tango de los negros de 1822, el tango del chorote donde un tal señor Del Río lo cantó en su papel de “negro fingido” de 1829, el tan celebrado tango de los Manglares de la Habana, que fue bailado en Cádiz por ocho aficionados en 1830, el estrepitoso tango de 1840, los bulliciosos tangos de Nochebuena en el Cádiz del mismo año, el tango andaluz de 1845, el precioso Tango de negros americanos de 1849, el tango americano del “chupa chupa” en 1850, y de ese año es la noticia de María Martínez, la “famosa negrita que introdujo en Madrid la afición al tango, pensionada por Isabel II, intérprete de canciones andaluzas y americanas con su fuerte y hermosa voz de contralto y soprano”. Y muchos más, como el de los merengazos de 1879, un siglo después de aquel minué. Un no parar, vaya. ♦




















































































