En este artículo, primero de una serie que voy a dedicar a una época dorada del teatro breve más castizo, os voy a llevar a dar una vueltecita, no por la muralla real, sino por algunas obras musicales del repertorio de tonadillas, entremeses, sainetes y fines de fiesta del siglo XVIII en las que se menciona el taconeo. Cinco millares de obritas que, con sus partituras manuscritas, se conservan en la Biblioteca Municipal de Madrid, en los sótanos del antiguo cuartel del Conde Duque, donde guardan cientos de referencias que ya publiqué hace unos años en mi Guía comentada de música y baile preflamencos (1750-1808). En las que hoy traigo podremos intuir, sin tener que echarle demasiada imaginación, algunos de los elementos que configuraron el baile flamenco tal y como hoy lo conocemos.
Empecemos el paseo con la más antigua, un sainete anónimo de 1761 titulado La Vendimia, en el que la tonadillera Casimira Blanco, conocida en el gremio por La Portuguesa, canta con «ayre payo»: «Anda, Juan, cántala un sonecillo, bailotea y respinga… y formemos un sonsonecillo con las voces, los pies y martillos. Los tacones llevando el compás, tra tra tra trarratratá (los herradores), los martillos harán el clarín, trin trin trin trin trin, (los carpinteros), y las cubas harán el tambor, tron tron tron tron”. Fue la gran Polonia Rochel, sobresalienta de cantado, especialmente dotada para los papeles de gitana, la que cantó Vaya un meneo, y después un respingo con taconeo… en la tonadilla El francés y la maja de José Castel (sin fecha). Y en el sainete de 1778 Los volatines, del prolífico compositor navarro Blas de Laserna, cuando Polonia dijo: “Ay, que me muero, por bailar seguidillas con taconeo». Ahí están las boleras taconeando, para quien piensa que todo este repertorio se bailaba en zapatilla, nada más lejos de la realidad. Eso nos pasa por fiar a las fuentes iconográficas todo lo referido a la indumentaria de los artistas preflamencos.
De lo que no cabe duda es de que el taconeo era apreciado por propios y extraños. Vean si no el fin de fiesta de Blas de Laserna (sin fecha) titulado La función de la Raboso, en el que la tonadillera sevillana Mariana Raboso canta En viendo los extranjeros bailar un majo el fandango, bailarán el taconeo encima de un campanario, confirmando una vez más cómo el fandango bailable del siglo XVIII (no confundir con el fandango del XIX y XX, mayor y cantable, frente al antiguo, menor y bailable) se taconeaba. En la tonadilla anónima El cuento de la calle de San Pedro, cantó la murciana Manuela Guerrero: «Una maja, señores, de cierto barrio, cantó estas seguidillas en un fandango… es imposible que haya en ningún tiempo, cosa mas salerosa que el taconeo, es la sal de España y el embeleso de los españoles y del mundo entero». ¡Anda que no! Todo esto se cantaba antes de que los ideólogos de la memoria cateta se esforzasen al máximo para que, todo lo que huela a español, quede reducido convenientemente en murciano, andaluz, gallego, vasco o catalán. No, si al final solo nos va a quedar el Museo del Prado. Pero, sigamos que me pierdo.
«¡Anda que no! Todo esto se cantaba antes de que los ideólogos de la memoria cateta se esforzasen al máximo para que, todo lo que huela a español, quede reducido convenientemente en murciano, andaluz, gallego, vasco o catalán. No, si al final solo nos va a quedar el Museo del Prado»
Era al público a quien de verdad le pellizcaban los respingos de sus divas. Actrices y cantantes cuyos seguidores iban a sus casas a buscarlas y, subiendo Ave María cruzaban Atocha y por Matute llegaban a los teatros de La Cruz, en la calle del mismo nombre, y del Príncipe, las portaban a hombros hasta la mismita puerta, como si fueran toreras saliendo por la puerta grande. La entonces célebre cantadora, mi tocaya Faustina Silva, en la tonadilla anónima Ya ha llegado el invierno del año 1778, afirmaba aquello de «a mi patio, le gusta un taconeo, mas que trinados», criticando los gorgoritos a la italiana que tanto emocionaban a las clases elevadas de entonces, locos por la ópera que se hacía a pocos metros de allí, en los Caños del Peral, hoy Teatro Real.
Si has llegado hasta aquí, paciente lector de referencias añejas, ahí van dos más. La primera, del año 1790, la encontré en El tutor embustero, cuya letra transcribo tal y como aparece en la partitura: «Catalina y Jucepillo, con pandelo y con sonajas, por divertil a su plimo, alegles los dos cantaban. Meneate plimo, menéese usté, que todos los neglos bailan la cumbé, vaya el taconeo que es mui lindo, a fe que es baile de Angola (achi). Ya se ve, elelé, para la cumbe, elelé, para la cumbe…”. Aquí tenemos el baile del cumbé y paracumbé, baile de negros taconeado.
Y para el final he dejado una referencia que tiene como protagonista a quien fue un portento de la majencia, rechuscaza como pocas y reina de las saladas. Me refiero a María Antonia Fernández ‘La Caramba’, de Motril, que, después de pasar por Zaragoza, cantó y bailó durante varias temporadas en los teatros de Cádiz, plaza obligada antes de llegar a la corte madrileña para todo artista que quisiera hacer carrera en el disputado mundillo de los cómicos. Fue seguramente la más celebrada de las tonadilleras hasta que se retiró a un convento, donde pasó los últimos años de su vida. Para anunciar la tonadilla El susto del hidalgo, del más flamenco de los compositores, el barcelonés Pablo Esteve, se dirige a su público cantando: «Para cantar mosqueteros, mi tonadilla a la ley, vengo vestida de Maja, desde la cabeza al pie, vengo alegrita, vengo salada, vengo crudita, vengo chuscaza, y prevenida para bailar un zapateo que ha de alegrar». Aquí no tenemos solo la acción de taconear en un fandango, sino el zapateo como género. Un solo de pies que podría ser la premonición del que décadas después será el famoso zapateado de Cádiz, que finalmente será la base del zapateo flamenco.
Sirva este breve artículo como una humilde reivindicación de lo castizo, a ver si por fin, aunque estos taconeos de aquella época «goyesca» suenen lejanos en el tiempo, logramos ensalzar a estas majas, madres de las boleras y abuelas de las flamencas, que a fin de cuentas son lo mismo, artistas de canto y baile que encabezaron un movimiento de exaltación identitaria frente a las modas francesas e italianas impuestas por la corte borbónica, que pretendió barrer todo el legado de la áurea dinastía Habsburgo, la del siglo XVII, cuando reinaban a sus anchas Lope, Tirso, Cervantes, Velázquez y Calderón. Aunque, como estamos en España, unos dirán que nones, y otros que pares. Nos vemos en la próxima estación. ♦




















































































