El flamenco, tal y como lo conocemos, tiene apenas dos siglos documentados. Pretender ir más atrás en el tiempo en busca de sus raíces es, digámoslo claro, entrar en el terreno de la especulación y la fantasía. Pero tampoco podemos olvidar que la especulación y la fantasía son dos herramientas de conocimiento. En la Bienal de Sevilla del 20, la bailaora granadina Patricia Guerrero y el violagambista sevillano Fahmi Alqhai presentaron un espectáculo de título miltoniano, Paraíso perdido, en el que jugaban a bucear en esos orígenes remotos.
Esa propuesta es la que trajeron este lunes al Flamenco Festival de Londres, en concreto a la National Gallery y al marco de la gran exposición que el museo británico dedica estos días a Zurbarán. Entre el público se encontraban personalidades tan distinguidas como el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero; el director de la National Gallery, sir Gabriele Finaldi, así como varios embajadores de países latinoamericanos, tan conectados con el tema del montaje.
Una breve pero ilustrativa conferencia de Alicia Navarro dio paso a ese Paraíso perdido que tiene mucho de viaje trasatlántico, de soñar con esas danzas que navegaron de las Indias a Sevilla para aportar un humus necesario al suelo donde germinaría el flamenco. Un elegante vestido azul, así como los movimientos delicados y las reverencias versallescas, marcan el comienzo del baile de Patricia Guerrero.
La folía Marizápalos de Gaspar Sanz, guiño jocoso a cierta amante del rey Felipe IV que prefigura palos como la soleá, y el preludio de la suite IV para violonchelo de Bach que nos conduce a la célebre y lánguida zarabanda, recrean esa ambientación palaciega que continúa con la viola da gamba sola y las partituras de Marin Marais, músico de la corte de Luis XIV, y piezas como Les voix humaines o La guitarre.
«Una Guerrero desmelenada, que se despoja de ropajes para quedarse con lo justo baila las lujuriosas marionas como posible antecedente de las bulerías, y acabar regresando a la partitura de Gaspar Sanz para rematar con esa chacona que, ya lo dijeron Cervantes y Lope de Vega, era sinónimo de vida bona»

El regreso de Guerrero a escena, con el rostro cubierto por una gasa y un corazón de Jesús en el pecho, va a insistir en esos contrastes y choques de fuerzas que se producen en el siglo XVII: América y Europa, lo culto y lo popular, lo sacro y lo profano. Las Sonatas del Rosario de Von Biber, ligadas con la petenera, y el fandango inspirado en Santiago de Murcia, van a avivar el baile de la granadina haciendo volar las gasas negras en las que se envuelve y mecerse como una virgen en un paso de Semana Santa, e incluso cantiñearse por Cagancho con aquel Reniego que popularizó Tomás Pavón.
Partiendo de los salones con molduras doradas y lámparas de araña llegamos a la danza plenamente asumida por el pueblo, lo que abre el camino a lo obsceno, a lo grotesco, a lo salvaje. Así, una Guerrero desmelenada, que se despoja de ropajes para quedarse con lo justo baila las lujuriosas marionas como posible antecedente de las bulerías, y acabar regresando a la partitura de Gaspar Sanz para rematar con esa chacona que, ya lo dijeron Cervantes y Lope de Vega, era sinónimo de “vida bona”.
Lejos los tiempos de la moral victoriana, el público londinense no solo no se escandalizó por ese procaz colofón, sino que premió en pie a los artistas con generosos aplausos por una obra que –ya toca decirlo– mira al pasado sin intenciones arqueológicas, pues en ella están presentes todas las señas de identidad del baile de Guerrero, esto es, su sabia y rabiosa contemporaneidad.
Ficha artística
Paraíso perdido, de Patricia Guerrero y Fahmi Alqhai
XXI Flamenco Festival de Londres
National Gallery
15 de junio de 2026
Patricia Guerrero, baile
Fahmi Alqhai, viola da gamba
























































































