Hoy es viernes, ocho y media de la tarde. Mes de abril, aún hay luz solar. Llegamos a la Peña Flamenca El Higueral, de Huelva. La ocasión lo merece. Consuelo Haldón al cante y Antonio Carrión a la guitarra. El veterano guitarrista hispalense y la perla cantaora paymoguera tienen programada su actuación para las nueve y media de la noche. Poco a poco el local de la veterana peña se va llenando de aficionados hasta completar su aforo. Puedo asegurarles que el ambiente invita a pasar una velada flamenca de altura.
A las nueve y media de la noche nos da la bienvenida la presidenta de la entidad, la bailaora Cristina Ceballos. Da paso a Yolanda Márquez, quien detalladamente pormenoriza el currículum artístico de Consuelo y Carrión. Poco más allá de las diez menos cuarto suben los artistas al coqueto escenario de la sede social de la peña, siendo el martinete, la debla y la toná los que rompen el hielo de la noche. Bien ejecutados por Consuelo, quien, como siempre, no se guarda un real del duro en su jubón. Consuelo entra directa al corazón arrancando los primeros oles. Aún no han dado las diez de la noche y cantaora y guitarristas nos traen los sonidos de la cantiña y la soleá. En ese mismo compás, los presentes vemos entrar a cuatro policías locales. ¡Cuatro! Quedamos sorprendidos, porque nadie ha notado que nada raro haya pasado para tan alta concurrencia de fuerzas del orden. Observo que se dirigen al responsable de la barra social y también a varios directivos y a la propia presidenta, reclamando documentación. Nos tememos lo peor. Los artistas, una vez terminada la soleá, solicitan un descanso. Todos nos miramos y seguimos pendientes al trasiego de agentes. Vuelvo a repetir: cuatro. Al parecer alguien ha denunciado a la peña. ¿Por ruidos, por escándalo, por aforo? Lo cierto es que, si atendemos al horario en que los agentes, con total diligencia a esa denuncia, se personan en el local, la misma debió ser antes de que se comenzara a cantar, y yo no entiendo qué es lo que molestaba entonces. ¿La presentación, quizás? ¿O molestábamos el grupo de flamencos y flamencas que, con las puertas y ventanas cerradas, para que no trascendiera el ruido, estábamos dentro del local?
«Si una reunión de flamencos constituidos como peña estorba en un barrio normal de Andalucía, un viernes entre las ocho y media y las diez y media de la noche, me parece que esta ya ha dejado de ser la tierra del flamenco o sencillamente que se está censurando social y políticamente a un patrimonio de la humanidad»
Lo cierto es que poco más allá de las diez y veinte de la noche, de un viernes del mes de abril, en una ciudad del suroeste español, casi con luz del día y con una temperatura primaveral, se suspende un acto en una peña flamenca que lleva constituida y dando espectáculos flamencos desde 1981, ininterrumpidamente. Y para mayor gloria –entiendan la ironía–, al ser preguntados los agentes de la autoridad por el excesivo número de ellos, tienes que escucharlos decir: “Venimos cuatro porque no sabemos qué nos podemos encontrar”. ¿Qué peligros pueden encontrarse? Pues una artista de 18 años, estudiante de bioquímica en una universidad pública y premio al mejor expediente académico en 2025. Claro, que es cantaora de flamenco. Vuelvan a entender la ironía. Si al menos lo fuera de algunas de esas músicas cultas que abundan en el mundo de hoy sería otra cosa, pero flamenco… Se han encontrado con un público que por respeto a los artistas ha estado en silencio desde el primer instante. Y se han encontrado con miembros de una peña flamenca que llevan luchando por este arte, patrimonio de la humanidad, desde hace 45 años.
Cuento todo esto porque hoy he sido consciente, en propias carnes, de la infravaloración social que tiene el flamenco en nuestra tierra. El flamenco molesta. Como molesta la cultura. Porque todo lo que hace pensar y abrir la mente molesta. La Peña Flamenca del Higueral se encuentra afincada en la calle Sanlúcar del Guadiana, de Huelva. A escasos cien metros, en el Parque Antonio Machado había una concentración, al parecer de fast-food, y la música a todo volumen (no flamenca, claro) se escuchaba a un kilómetro a la redonda. Al parecer eso no importuna, ni carga, ni fastidia. Está autorizado, me han dicho. Faltaría más que no fuera así. Pero el flamenco en pequeños escenarios, en aquellos ambientes en donde aún es importante, donde se le valora, respeta y divulga, sí es molesto. Muy molesto.
En fin, ¿por qué les cuento todo esto? Quizás por indignación. Quizás porque tengo la oportunidad de hacerlo y llamar a la conciencia de todos y todas: ciudadanos, ciudadanas y autoridades competentes que dentro de unos días se rasgarán las vestiduras haciéndonos creer que en esta sociedad repleta de macarras de la moral el flamenco importa, cuando día tras día observamos cómo es vilipendiado, y a veces hasta mofado. Si una reunión de flamencos constituidos como peña estorba en un barrio normal de Andalucía, un viernes entre las ocho y media y las diez y media de la noche, me parece que esta ya ha dejado de ser la tierra del flamenco o sencillamente que se está censurando social y políticamente a un patrimonio de la humanidad. Me voy para casa arañándome la cara por el cabreo, esperando poder entender o saber si hay una justa razón a lo acaecido, mas temo que eso no sucederá. Que no va a ser la última vez que viva una situación como esta. Qué triste. Ver, vivir, para creer. ♦



















































































