El cante de verdá hiere. Lo hemos escuchao una espuerta de veces. Pero en el flamenco caben más verdades que no jincan las uñas. Esos melismas que te erizan como secreto al oído, bocaíto en el cuello o caricias en la piel. No todo es el retortijón del pellizco o la puñalaíta. Hay quien seduce sin pegar una voz y no necesita el efectismo de la ostentación, el grito que demuestra facultades –a veces vacías de transmisión– o desfigurarse en la ojana del teatro bien aprendío.
Alicia Gil, su hija Carmela –y Bebé, Lito Espinosa a la guitarra o Rafa Bueno–, no se esconden bajo imposturas de cara al escenario. Son así de traslúcidos, verdaderos y buena gente. ¡Ojo! Que no lo digo para restarle valía en lo artístico, sino para sumar. Porque para cantar con esa sensibilidad, ese gusto y esa delicadeza con que lo hicieron hace falta sentir como solo sienten las buenas personas y los buenos artistas. Tenía que decirlo. Porque se nos llena la boca de halagos a los críticos cuando el flamenco mediático, con mucha más parafernalia, oficinas, recursos y cachés, presentan un recital decente. Y luego rebosan de ternura, originalidad, entrega y buen hacer artistas menos repetidos en los carteles y los aminoramos porque no sé qué. Pues a mí me gusta y mucho lo que hace Alicia, lo que viene haciendo Carmela –cada día mejor–, Lito, Bebé, Rafa… desde el conocimiento, la afición y desde las mismas entrañas.
Los cuatro al proscenio. Dos guitarras, dos jóvenes en pie y de espaldas a una silla y en el centro Alicia, sentada, se templó con la nana que incluyera en su espectáculo Mar de marea, que luego resultó a tres voces perfectamente empastadas como cada vez que brillaron de la misma manera a lo largo del repertorio. No nos vamos a asustar ahora por cantes a dúo o en trío bien colocados y afinados. Quien vino buscando embestías y gañafones se llevó un puñao agradable de sedas.
Rescataron las Alegrías de las 7 orillas que Carlos Lencero le escribió a Alicia para su primer disco, llenas de espuma y musicalidad, distintas, pero sin que les faltara sal. Dejó en el escenario a sus niñas para que se deshicieran de emotividad dedicándole a su abuelo los fandangos que José María de Lepe le compuso con salpicones de creatividad en las cadencias esperadas de los aires choqueros. ¡Y qué forma de dominar los bajos demostró Carmela! Se meció como le dio la gana al lado del caramelo que derritió Bebé casi susurrando el suyo. Lito dejó su sitio a Rafa y los tres jóvenes que van asomando al futuro se quedaron sobre las tablas en su momento para evocar las hechuras de Montoyas, Fernández y Juana la del Revuelo por tangos, luciéndose Carmela especialmente, colmá de age y compás, en el cante, con sus pataítas y meneos de culo, cuando se miró en los de Triana, henchida de gracia y desparpajo. Zalamera y picantona, se metió al público en el bolsillo. Se mostró muy artista.
«Porque para cantar con esa sensibilidad, ese gusto y esa delicadeza con que lo hicieron hace falta sentir como solo sienten las buenas personas y los buenos artistas. (…) Pues a mí me gusta y mucho lo que hace Alicia, lo que viene haciendo Carmela –cada día mejor–, Lito, Bebé, Rafa… desde el conocimiento, la afición y desde las mismas entrañas»
Abrió la segunda parte Carmela con la milonga Ocho capitales que su tío El Chozas bordaba como la entretejió ella acompañada por la guitarra de su padre Lito, certera, limpia, siempre servil y dispuesta para el deleite y el lucimiento del cante. Y supo acunarla modulando como lo piden los tercios y con la finura que le pega.
Con instantes a tres voces, se repartieron la soleá de Triana las tres mujeres en honor a Chiquetete. Y fue un homenaje de paladar y regusto, con los envites apretaos en su sitio y los mordiscos en las esquinas donde brotaron los oles.
Después llegaron los olores de la Iglesia de los Gitanos con ese magnífico pregón que el amigo y compañero Antonio Ortega musicalizó en una canción por bulerías que hizo que todo el mundo supiera a qué huele el altar de los calorrós. Huele a mi agüela. Y aquí se fundió lo exquisito de la palabra y el cante para tocarnos de nuevo las telillas del izquierdo.
Con guiños a las soulerías de Pitingo pricipió Bebé por bulerías, secundada por Carmela que se apegó a las de Manuel Molina y luego se arrojó a los cuplés pa rematar lo bien dicho, dejándole el final a Alicia, donde se vació ya por completo, apretando los puños confesando que A veces de tanto quererte me olvido de Dios. Y tras los incesantes aplausos que tronaron ya en ovación, con todo el público en pie, Carmela irrumpió por toná, trocando en otras musicalidades nuevas acompañada sutilmente a la guitarra con cuyos ecos bajaron los escalones del proscenio hasta perderse hacia la puerta del camerino a guardar sus voces, como las guardaremos en los recuerdos bonitos los que asistimos al ritual de las caricias que los Gil Espinosa, o al revés, como quieran, nos regalaron en una noche de mayo en el templo del flamenco sevillano donde presente y futuro se dieron la mano.
Ficha artística
Herencia Cantaora: Alicia Gil y Carmela Gil
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
16 de mayo de 2026
Cante: Alicia Gil y Carmela Gil
Guitarra: Lito Espinosa
Artistas invitados: Bebé Gil al cante y Rafa Bueno a la guitarra



















































































