El miércoles 15 de abril, la puerta del Teatro Cervantes bullía de impaciencia por ver lo nuevo de la bailaora malagueña Rocío Molina. Allí estábamos sus incondicionales, gente del mundo de las artes plásticas, flamencos de todo pelaje, su maestra La Lupi con su inseparable Curro de María. Y todos fuimos llenando hasta la bandera un teatro que hacía semanas que había colgado el cartel de no hay billetes.
Nuestra sorpresa fue encontrarnos ya en el escenario, como si la cosa no fuera con ella, a Rocío Molina haciendo ejercicios de movilidad y estiramientos, con Sola de Las Grecas de fondo. Se palpaba en el ambiente la chispa de la expectación de que algo nuevo y excitante iba a ocurrir.
Cuando ya estuvimos sentados, Rocío cogió un micro de cable que nos llevó a esos espectáculos ochenteros y comenzó su calentamiento sin dejar de hablar, en una suerte de monólogo donde se nos abre en canal, explicando el proceso, confesando sus miedos, contando anécdotas. Si ya es una idea arriesgada y valiente mostrar la trastienda de un artista, que además nos lo vaya narrando es un auténtico regalo.
Desde la primera vez que esta crítica asistió a un espectáculo de Molina, allá por el 2005, un elemento llamó poderosamente la atención por encima de cualquier otra cosa: el apabullante dominio del cuerpo que tiene esta bailaora. Ese dominio es fruto de un entrenamiento estricto, pero sobre todo es un dominio mental, donde no existe el cansancio, donde el dolor está para superarlo y mirarlo cara a cara y aprender a soportarlo, donde cada músculo tiene que hacer exactamente lo que la mente dibuje. Eso, que Rocío lleva entrenando desde que era una niña de siete años, es llevado a su máxima expresión en Calentamiento, con determinación y disciplina, con personalidad y poderío.
«Rocío Molina tiene un don. Haga lo que haga, más flamenco, más dancístico, más improvisado o más ensayado, todos sus movimientos rezuman elegancia, plasticidad, jamás resulta basta o tosca: aunque quiera serlo en algún momento para provocar, esa grazia natural se impone»

Pero es que, además de ese control mental sobre su cuerpo, Rocío Molina tiene un don. Haga lo que haga, más flamenco, más dancístico, más improvisado o más ensayado, todos sus movimientos rezuman elegancia, plasticidad, jamás resulta basta o tosca: aunque quiera serlo en algún momento para provocar, esa grazia natural se impone. Su braceo es exquisito, sus manos se mueven deliciosamente, sus piernas son infalibles, y su postura es perfecta y acorde al sentimiento que quiere expresar, porque expresividad y capacidad interpretativa son otras cualidades que posee. Con su cara y su cuerpo nos transmite sensaciones: pasión, hastío, placer, enfado, cansancio.
La música es poca y muy bien elegida, porque el protagonista aquí es ese proceso de calentamiento que nunca acaba. Ella nunca va a dejar de empezar una y otra vez. Es su declaración de intenciones. No quiere que la fiesta acabe nunca, pues le aterra que llegue el día en el que no pueda o no quiera volver a empezar.
El Oruco hace las veces de entrenador, alentándola y llevándola al límite en ese calentamiento, recordando lo que sus maestros, como La Lupi –a la que nombra en varios momentos del espectáculo–, le decían en cada lección. La escenografía, sobria, cuenta con un cubículo de luz, que es espejo y a la vez espacio en el que se encuentran las cuatro cantaoras, Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández, que tienen algunos destellos de protagonismo que aprovechan muy bien. Nos estremecen con sus voces punzantes en cantiñas, fandangos, bulerías, sevillanas y rumbas, a fragmentos, parodiando incluso el toque de guitarra y con el recuerdo a Camarón muy presente.
Igual que empezó, calentando mientras entrábamos, cuando intuimos que el espectáculo había terminado, ella retoma la tanda de pies, sigue y sigue, concentrada, como un bucle sin fin para que nunca se acabe. Todos aplaudimos en pie, conscientes de haber presenciado algo único, y nos resistimos a irnos y dejarla en el escenario mientras el personal de sala se afana por indicarnos la salida.
Suena Nadie te quiere ya, de Las Grecas. Rocío, nosotros te queremos, no tardes mucho en volver.
Ficha técnica
Calentamiento, de Rocío Molina
Ciclo Flamenco lo serás tú
Teatro Cervantes, Málaga
15 de abril de 2026
Baile, coreografía y dirección: Rocío Molina
Cantaoras: Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango, Gara Hernández,
Compás: José Manuel Ramos “Oruco”
Aforo: Lleno


























































































