Hacia finales de los años 50 y primeros 60 del siglo pasado empieza a tomar forma el mairenismo, una manera de entender el cante flamenco defendida por el cantaor Antonio Mairena con especial énfasis en el llamado cante gitano andaluz, soleá, siguiriya y toná.
Antes del mairenismo, y durante décadas, reinaba la ópera flamenca, una escuela de cante adornado que hizo de eslabón hacia la relativa austeridad del mairenismo. Pero si queremos buscarla, había entre el operismo y el mairenismo el reinado de la antología Hispavox, dirigida por el guitarrista Perico el del Lunar y grabada por la empresa francesa Ducretet Thomson. Ha sido un eslabón importante en la transición entre el cante antiguo o clásico y el actual clásico que se podría llamar camaronismo, sin perder la poderosa influencia del maestro Antonio Mairena.
Hasta allí el carnet de identidad de aquella magnífica obra de Perico, la primera de su género con la participación de destacados cantaores de la época, Bernardo el de los Lobitos, Pericón de Cádiz, Niño de Almadén, Antonio el Chaqueta, Jarrito y Pepe el de la Matrona además de Rafael Romero el Gallina (Andújar, Jaén 1910-1991), el foco de este repaso y recordatorio.
Es posible que el Gallina sea el intérprete que más se destaca de la antología, y el que más presencia tiene. Hay un llanto orgánico en su decir. El poder de la dulzura por siguiriyas, caña, tonás, peteneras, alboreá, debla, martinete y mirabrás. Siempre su sello inconfundible, con la original guitarra de Perico, quien tenía que enseñar algunos cantes a los cantaores.
«Dolor que duele bien, dolor que sirve los cantes como son, y como nunca los has escuchado, un acertijo musical… Diosss, qué bueno el cante flamenco, cómo enriquece nuestra existencia. Y ese rostro del Gallina con facciones indígenas, un poema de emoción fuerte vivida que ha dejado su sello»
Brotan los adjetivos… Dolor que duele bien, dolor que sirve los cantes como son, y como nunca los has escuchado, un acertijo musical… Diosss, qué bueno el cante flamenco, cómo enriquece nuestra existencia. Y ese rostro del Gallina con facciones indígenas, un poema de emoción fuerte vivida que ha dejado su sello.
Con razón hizo Rafael Romero en una película el papel de un indio norteamericano, clavaíto para el papel. Entre otras películas, también canta en Brindis a Manolete (1948), con un sobrio montaje de cuerpo de baile por petenera, un cante que llegaría a identificarse con el Gallina.
Una voz desgastada en lo justo, siempre en busca de ese dolor de segunda mano que tan bien sienta en el flamenco. En 1973 la Cátedra de Flamencología y Estudios Folclóricos de Jerez le otorgó su Premio Nacional de Cante, pero los últimos años de su vida eran difíciles. El madrileño tablao Zambra, donde Rafael había sido fijo durante 18 años, cerró dos años más tarde y el genial veterano cantaor, tristemente desfasado, quedó en la miseria.
Rafael Romero cantaba al baile en las compañías del Greco, Teresa y Luisillo, Antonio o en la Bienal de Flamenco de Sevilla, además de los tablaos de Madrid y grabación en Japón. El último contacto con él lo tuve en el bar Congosto, donde el cantaor solía parar con sus formas de patriarca y porte elegante. Un monumento al cante de una época anterior. ♦



















































































