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Ojaneta de La Caleta

El jaleo es un arte, es imprescindible, pero en la sociedad que nos ha tocado vivir, en la que abunda el peloteo gratuito, quien no sabe cantar, tocar, ni bailar solo le queda el recurso de jalear. Y hay quien dice ¡esta es la mía!

Faustino Núñez por Faustino Núñez
18 mayo 2026
Tiempo de lectura: 5 mins lecturas
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Si hay algo que no soporto, y que me llamó la atención desde el primer momento que tuve contacto con la fiesta y las reuniones más o menos formales con los flamencos, es la cantidad de oles y jaleos que se regalan, gratuitamente la mayor parte de las veces, entre ellos. Hay quien no escucha, desde que inicia el primer verso ya están deshaciéndose en todo tipo de elogios en forma de jaleos hacia el intérprete, impidiendo que se escuche lo que están cantando o tocando, y hasta bailando. Hay oyentes que es un auténtico suplicio que te toquen al lado en una fiesta ya que, desde que te sientas o se sientan a tu lado, ya sabes que no hay espacio para gozar de un buen cante, todo es pura ojana. Como decía un maestro, compañero muchos años en el Superior de Córdoba, este hace la «oja» por la noche y la suelta entera aquí en cuanto llega. ¡Qué pesaos que son algunos! Así se define: «La ojana es un término coloquial andaluz, que significa adulación, hipocresía o engaño. Se describe como dorar la píldora o dar falsos halagos, a menudo asociado con la pretensión o el fingimiento en contextos sociales».

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Desde que aterricé en estos ambientes ya me avisaron: un ole a compás es lo más difícil. Por eso no soy muy de jalear en una fiesta. Si me gusta mucho algo, si me pellizca, como suele decirse, el ole sale solo. Pero es imposible, de toda imposibilidad, que un cante te esté pellizcando todo el rato. ¡No veas como debes tener las carnes de moretones, chiquillo!

Tengo claro que los jaleos forman parte inseparable del hecho flamenco, y más en una buena fiesta. Y son de múltiples especies. Los hay con guasa: ¡o-o-o-o-oleeeeee! Otros tienen malaje: ¡olé! Los hay también artificiales: ¡ele! También hay quien se alarga demasiado: ¡viva la madre que te parió! Muchos no vienen a cuento: ¡maestro!, ¡torero! El mejor fue el de aquel, que soltó en el concurso de Córdoba: ¡agua! Y el cantaor, ni corto ni perezoso, se inclinó a su derecha, cogió la botella y dio un buchito. La sincronización fue tan perfecta que se escuchó una carcajada conjunta que está en los anales del certamen. Aunque también hay jaleos deliciosos y que me gustan. Insuperable en esas lides fue El Bo: ¡huye! O mi Enrique Pantoja, que Gades creo yo que lo llevaba para que se marcara aquella pataíta de arte en Carmen, como esos jaleos marca de la casa que se escuchan, junto con los del Tío Fati, de los Pelaos de Madrid, en los primeros discos de Camarón. Mi Tato Diego, otro que tal. Esos juegan en otra liga, nada que ver con lo que aquí estamos criticando, todo lo contrario.

Porque, lo que de verdad nunca he entendido es cómo alguien, a no ser que se trate de tu padre o tu madre, puede estar en un cante por soleá, con sus tres o cuatro versos, jaleando desde el primer toque. Incluso te miran inquisitivos para refrendar públicamente que compartes con él ese momento mágico y que estás totalmente de acuerdo en que es insuperable. Confieso que la mayor parte de las veces siempre me he preguntado, pero ¿qué es lo que escucha este hombre que yo soy incapaz de escuchar? Al principio tenía un complejo enorme por no comprender los secretos de lo jondo, cómo es posible ni lograr percibir esa emoción, qué envidia. Hasta que, poco a poco, te das cuenta de que, generalmente, es puritica ojaneta.

 

«En mis años cordobeses me gustaba mucho ir a una peña joven en la que había flamenco de lo mejor. Un día, cantando Encarna Anillo, me levanté y solté: ¡dejad de jalear tanto, que no me entero de la letra y no me dejáis escuchar los finales! Es lo que peor llevo del flamenco: la muy extendida, como decimos en Cai, ojaneta de La Caleta»

 

No lo pueden evitar. Pienso que tira más el afán por hacer ver a los que te rodean de que eres un gran entendido. No todo el mundo puede ser cantaor, tocaor o bailaor, ni palmero o percusionista, pianista o violonchelista, artista al fin y al cabo. Así que solo quedan plazas para acabar como «jaleador activo» y ejerce con todas las de la ley, impidiendo escuchar al resto. Pero da igual, es mi momento y si no te gusta… es libertad de expresión, ¡que eres mu facha, tronco!

Todos hemos vivido situaciones similares. En las fiestas, te miran mientras el cantaor está ejecutando un tercio del cante, mientras que el jaleador mastica el jaleo moviendo la cabeza al compás de los melismas del cante para, por fin, soltar el ole de rigor al final del dicho tercio, que tú estás deseando que termine para que este pobre hombre descanse, no le vaya a dar un tirón en el cuello y tengamos que ir a urgencias por una luxación. Y qué me dicen de los que te agarran y te aprietan más y más según discurre el cante, hasta que termina. Hay fiestas que más te vale llevar protección en brazos y muslos si no quieres llegar a casa lleno de moretones y que tu parienta piense lo que no es. Si no lo han vivido, es que no han estado de fiesta con los flamencos, porque no existe ni una en que no se dé el fenómeno que estoy aquí comentando.

Las caras de los artistas muchas veces son un poema. Entiendo por qué cuando llegaba a un sitio donde estaba Enrique Morente y me decía por señas desde la otra punta del local: no te vayas. Y pasaban las horas y no se arrancaba. Hasta que algún intruso preguntaba, con toda su buena intención: cuándo canta Enrique. Y yo, con toda la guasa del mundo, contestaba: cuando te vayas. Y así era. Solo cantaba cuando quedábamos cinco. Entonces podía estar deleitándonos dos horas por soleá sin repetir un cante. Recuerdo un día en El Mago que acabó metiendo trovo de la Alpujarra almeriense por soleá porque ya no le quedaban letras. Era un auténtico fenómeno y, en las distancias cortas, como la mayoría de los burgos flamencos, una maravilla. También recuerdo cuando empezó Estrellita a cantar, que nos volvía locos. Siendo una niña, una noche nos miró como diciendo, ¡callaos y escuchad, joé! Toda la razón del mundo tenía la canija. Nos dábamos chocazos con la voz de aquella chiquilla, y ella llamándonos la atención.

El jaleo es un arte, es imprescindible, pero en la sociedad que nos ha tocado vivir, en la que abunda el peloteo gratuito, como he dicho antes, quien no sabe cantar, tocar, ni bailar solo le queda el recurso de jalear. Y hay quien dice ¡esta es la mía! Y a dar la lata, creyéndose parte del espectáculo. Solo le falta subirse al escenario. ¡Qué pesadilla! Me gustaba mucho en mis años cordobeses ir a una peña joven donde había flamenco de lo mejor. Un día, cantando Encarna Anillo, me levanté y solté: ¡dejad de jalear tanto, que no me entero de la letra y no me dejáis escuchar los finales! Es lo que peor llevo del flamenco: la muy extendida, como decimos en Cai, ojaneta de La Caleta. ♦

 

Faustino Núñez

Faustino Núñez

Faustino Núñez (Vigo 1961) es musicólogo. Licenciado y master en musicología por la Universidad de Viena, ha impartido cursos y seminarios por todo el mundo. Violonchelista y guitarrista, ha sido director musical de la Compañía Antonio Gades y presidente de su Fundación. En los años noventa fue director del sello Deutsche Grammophon. Autor de numerosos libros didácticos y de carácter científico sobre flamenco, música española y música clásica. Es autor de la la página web www.flamencopolis.com. Productor discográfico y profesor del Aula de Flamencología de la Universidad de Cádiz, del Master de la Escuela Superior de Música de Cataluña y hasta septiembre de 2017 ha sido Catedrático de flamenco del Conservatorio Superior de Música de Córdoba. Actualmente reside en su ciudad natal donde continua su labor como profesor y conferenciante.

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Comentarios 2

  1. María Elisa Jansen says:
    Hace 3 meses

    Para mí los jaleos son un elemento importante de las reuniones flamencas, sean actuaciones teatrales o fiestas privadas. Cuando tengo que explicarlo a un público no enterado, suelo citar este poema de Manuel Machado:
    «Una fiesta se hace
    con tres personas:
    Uno baila, otro canta
    y el otro toca.
    Ya me olvidaba
    de los que dicen ¡Olé!
    y tocan palmas.»

    Hace muchos años, después de una actuación en La Haya Rafael de Utrera me preguntó, un poco desesperado: «¿Es que a esa gente no les gusta el flamenco o es que he cantado mal? No oí ningun jaleo.» Le expliqué que el público holandés estaba acostumbrado a reservar sus elogios hasta que el artista haya terminado, dando un aplauso sin gritar. Desde entonces hemos aprendido a jalear, pero todavía nos cuesta.
    Pero el jaleo te lo tiene que sacar el artista, en mi opinión, no se jalea para manifestarse. Y tampoco me gustan los artistas de un atrás que jalean a un(a) bailaor(a) para enmascarar su falta de calidad y venderselo al público.
    Cuando mis compatriotes me preguntan: «¿Pero en qué momento tienes que jalear?» suelo contestar: «Cuando lo sientes.»

    Reply
  2. Faustino Núñez says:
    Hace 3 meses

    O sea, que estás de acuerdo con todo lo que digo en el artículo. Saludos

    Reply

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