Hay sueños que duran un suspiro, y otros que se prolongan durante treinta años. El de Cristina Heeren, la hispanista estadounidense responsable de la Fundación que lleva su nombre, cumple esa edad como un caso sin precedentes de mecenazgo en el mundo del flamenco. Mientras estos días se suceden los homenajes y reconocimientos –la semana pasada se le entregó el Cabal de la Tertulia El Pozo de las Penas de Los Palacios, hoy el Teatro Central de Sevilla acoge el espectáculo El flamenco es vida– en ExpoFlamenco hemos querido hablar con tres figuras que han conocido esta aventura, más que de cerca, desde dentro y desde su origen.
Cuando su vida era cantar de festival en festival, Calixto Sánchez se percató de que con mucha frecuencia, en los lugares más insospechados, veía sentarse en primera fila una señora muy atenta, acompañada por su marido y una pareja de amigos. Hasta que un día, en un pueblo de Jaén, el alcalde le contó que aquella enigmática mujer, apasionada del flamenco y acaudalada por más señas, deseaba conocerlo.
Fue la primera vez que el artista estrechó la mano de Cristina Heeren, de quien sabría que había estudiado Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, Arte Dramático en la escuela de Herbert Berghof en Nueva York y canto en París, donde trabajó como realizadora y montadora de cine, hasta que en los primeros años 90 decidió probar suerte como productora discográfica con el sello Pureza, el nombre de la calle sevillana donde se había instalado. De hecho, la primera propuesta que le hizo a Calixto fue grabar un disco. Y así lo hicieron, pero fue solo el primer contacto.
“Empezamos a hablar de hacer algo más, ¿qué podía ser? ¿Una academia? Vale, pero una academia que no solo enseñara a tocar o bailar, sino también a cantar”, recuerda Calixto. “Y que tuviera un programa oficial, que enseñara además la historia del flamenco, sus principales exponentes, la literatura del flamenco… Algo que nadie había hecho antes. Pensamos en un nombre, ¿quién pone el dinero, tú? Pues Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco”.
En ese punto –corría el año 95– aparece en escena un joven escritor peruano afincado en Sevilla, Fernando Iwasaki, que tenía muy vagas nociones de flamenco, pero amaba la música y, lo que no era asunto menor, acababa de completar una formación en la Fundación San Telmo para gestionar instituciones sin ánimo de lucro. Su papel como director de la Fundación fue fundamental a la hora de dar forma a un modelo pionero, “inspirado en los conservatorios de Estados Unidos, donde siempre han existido las escuelas de Artes Performativas. Había que intentar que los maestros reunidos en torno a Cristina, como José Luis Postigo, Milagros Mengíbar, Naranjito de Triana, José de la Tomasa o el propio Calixto Sánchez, entendieran ese espíritu novedoso”.
Calixto recuerda muy bien como en su disciplina, el cante, empezaban a cambiar las ideas en aquellos tiempos finiseculares. “Entonces todavía era frecuente que los cantaores, a los cuatro o cinco años de profesionalizarse, se quedaran sin voz; o, en el mejor de los casos, que Pulpón nos mandara a Muñoz Cariñanos, el médico que terminó asesinando la ETA, para que nos viera y nos mandara aquel potingue horroroso, aunque al final terminaba diciéndonos que, si queríamos no quedarnos roncos, lo que teníamos que visitar era un logopeda. Yo lo hice y acabé teniendo una técnica vocal que no tenía nadie, y es lo que empecé a compartir con los alumnos: colocación, falsetes, arrastres de la voz… Pero fue lento. Ahí te dabas cuenta de que a muchos les importaba tres leches todo aquello, lo que querían era aprender dos o tres cantes para ganar algún dinerillo. El cambio de mentalidad fue lento”.
La primera sede de la Fundación estuvo ubicada en la sevillana calle Fabiola y fue cedida por el Ayuntamiento. Posteriormente se mudó a un chalé de Heliópolis, junto con otro local para las clases de baile en El Juncal. Finalmente, encontró su lugar definitivo en la actual sede de en la calle Pureza, en Triana, donde cuentan incluso con un teatro para albergar sus propios espectáculos. El plan docente se estructuraba en tres niveles –Inicial, Medio y Avanzado– y al finalizar este recorrido, los alumnos obtenían un Título de Arte Flamenco reconocido en todo el globo. “Se trataba de educar a gente que pudiera ganarse la vida con el flamenco», dice Iwasaki.
«Desde su apertura oficial en 1996, la Fundación Cristina Heeren ha acogido a más de diez mil alumnos procedentes de más de medio centenar de países, presumiendo de porcentaje internacional, un 60 por ciento son españoles y un 40 por ciento extranjeros, poniendo de manifiesto que tenían las cosas claras antes de la declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco»

Más adelante se puso en marcha el Bachillerato flamenco, otra titulación pionera que hoy se imparte en un instituto de La Rinconada. Otra de las innovaciones que introdujo la Fundación fue la incorporación de los propios alumnos como monitores, creando un conjunto orgánico de enriquecimiento mutuo. “Los convertíamos en monitores”, apunta el peruano. “No en profesores ni becarios, pero sí en gente con responsabilidad para ayudar a los alumnos más rezagados. Si eras bailaor, tenías que ayudar en las clases de cante. Si eras cantaor, tenías que ayudar en las de baile o toque”.
También abrieron camino en el modelo de patrocinio y becas. “Logramos que El Corte Inglés financiara premios para jóvenes en todas las ciudades donde tuvieran un centro, incluidas Jerez o Marbella. Eso permitió que muchos jóvenes pudieran disfrutar de ayudas para formarse con nosotros”.
Uno de estos estudiantes, Jesús Corbacho, es hoy una figura consagrada que guarda en sus vitrinas una Lámpara Minera. “Llegué a Sevilla con 17 años a través de una beca que conseguí en el concurso de fandangos de Huelva que organizaba la misma Fundación”, evoca. “Tuve la suerte de tener como maestros a José de la Tomasa y Paco Taranto, dos grandes del cante, y con ellos me formé. Más tarde tuve ocasión de ser monitor auxiliar en las clases de baile de Milagros Mengíbar, Rafael Campallo y Javier Barón. Me abrió un horizonte que en Huelva no tenía”.
Desde su apertura oficial en 1996, la Fundación Cristina Heeren ha acogido a más de 10.000 alumnos procedentes de más de medio centenar de países, presumiendo de porcentaje internacional, un 60 por ciento son españoles y un 40 por ciento extranjeros, poniendo de manifiesto que tenían las cosas claras antes de la declaración del flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.
La lista de profesores que han desfilado por allí en estas tres décadas es impresionante: además de los citados, figuran Manuel Soler, Niño de Pura, Manolo Franco, Luisa Palicio… Por no hablar de profesores invitados como Ana Morales, Miguel Ángel Heredia, Mercedes de Córdoba, José Valencia, Alfredo Lagos, Juan Campallo, Eva Yerbabuena, Rubén Olmo, Rafael Estévez, Valeriano Paños, Carmelilla Montoya, Pastora Galván, María Moreno, Paula Comitre, Rafael Riqueni, Diego del Morao, Arcángel…
Pero no menos imponente es la lista de exalumnos: cantaores como Rocío Márquez, María José Pérez, Jeromo Segura, Laura Vital, Argentina, guitarristas como Pedro Barragán, Hermanos Tokunaga (Kentaro y Kojiro), Manuel de la Luz, Tino van der Sman, Jesús Rodríguez, José Luis Medina y Yago Santos, bailoares como Luisa Palicio, El Choro, Lucía Álvarez La Piñona, Alberto Sellés, Florencia Oz y Juan Tomás de la Molía, figuran junto a artistas adscritos a otros estilos musicales como India Martínez, Farah Siraj o Yasmin Levy.
A pesar de todo, Calixto asegura que “no debemos creer que todo fuera un camino de rosas. Que una americana viniera a Sevilla y pusiera una escuela no cayó muy bien en Sevilla, donde el chauvinismo es un mal muy extendido. Pero Cristina tiene título de nobleza y logró sacarla adelante. Tiene mi admiración y mi aprecio”.
“Le estoy muy agradecido a la Fundación, que me hizo dar un paso fundamental en mi carrera. Pude compartir con todos esos grandes maestros y dar continuidad a mi cante”, concluye Corbacho, mientras que Iwasaki se siente igualmente agradecido y honrado por haber podido conocer, durante los veinte años que trabajó para la Fundación, a astros como Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, El Güito o Enrique Morente, “pero sobre todo haberme enseñado tantas cosas, porque el flamenco se convirtió en mi profesión y tuve que estudiarlo. En cuanto a la fundación, estoy orgulloso de haber formado parte de algo que empezó de una manera tan humilde, que cubrió un espacio que no existía y que ha creado una forma de enseñar replicada en todo el mundo”. ♦





















































































