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La consagración a la guitarra de Manuel Cano

Manuel Cano Tamayo (Granada, 1925 - 1990), catedrático de guitarra. La magnitud de un andaluz ilustre y un maestro amigo por quien el lunes 23 de febrero brindaremos al cielo para celebrar el centenario de su nacimiento.

Manuel Martín Martín por Manuel Martín Martín
18 febrero 2026
Tiempo de lectura: 4 mins
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Manuel Cano Tamayo.

Manuel Cano Tamayo.

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A la búsqueda de documentos traspapelados, me topo con un telegrama fechado el 13 de enero de 1990, dirigido a Emilia Robles Cano por el fallecimiento de su marido, el amigo y maestro Manuel Cano, que se había despedido de este mundo en la mañana del día anterior, en su domicilio granadino de Colonia Cervantes (Stella Maris).

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Aquella mañana un concierto de campanas, desde el alminar granadino, anunció el fatídico desenlace. Después de casi dos meses de agonía, el siempre respetado y admirado Manuel Cano dejaba de ser misionero en la tierra para ejercer de apóstol en el cielo.

Manuel Cano Tamayo había sido el primer catedrático de guitarra flamenca que registra la historia, pero quiso emular con su compañera Emilia a Jorge Luis Borges: «Quiero ser recordado menos como concertista que como amigo». Y ahí nos ganó a todos.

Esta era la grandeza de un andaluz ilustre del que el próximo lunes, día 23, brindaremos por el centenario de su nacimiento, al tiempo de recordar que tenía una virtud tan propia que, aun acaparando toda suerte de interpretaciones, evitaba con una sonrisa cualquier enfrentamiento. Y eso que debatíamos en informales tertulias ante su magisterio variado, necesario, y, a veces, fugitivo. «Siempre quise proyectar la guitarra flamenca al mundo, sentenciaba a modo de punto final en nuestras charlas». «Objetivo cumplido», le contestaba quien firma.

La explosión de este colmo de la bondad –San Manolo Cano lo llamaba Francisco Vallecillo Pecino– no se entiende sin la eclosión del cariño a los demás, como así analizamos en su día en Diario 16, sin el conflicto que produce tener el tesoro de lo vivido en el fondo y desbordarlo a modo de herida de amor generoso.

Fruto de una lenta maduración, fue analizando y hermoseando, de forma incesante y continua, todos los borbotones sonoros de la tradición al objeto de darlos a conocer. Merced a este altruismo, Manolo Cano –como así le llamábamos los amigos– fue forjando una considerada tendencia de belleza estética, un campo de aprendizaje y un aljibe para bucear en el pasado, o para acercarnos a la lejanía de un compromiso. Había logrado, en suma, llegar a ser una referencia histórica y situarse en el punto de partida que todos debieran alcanzar.

Con el correr de los años, mientras aquí hablábamos con voz prestada, con él encontró Andalucía su propia voz allende los mares. El estallido de su imperecedera sensibilidad le hizo poner el mundo a los pies del flamenco. Incluso añadiría que, como elemento aglutinante e integrador, fue nuestro propagandista ideal, el embajador de la cultura andaluza. Y lo explico.

 

«Rescatar las voces originales y encumbrar las escuelas que quedaron en los recodos del camino ocuparon, junto a su didáctica, el propósito de toda una vida. Nadie hasta Manuel Cano había ofrecido un programa tan ambicioso con la inexplicable eficacia de ser rabiosamente actual, o de estar continuamente presente en el espíritu de los contemporáneos»

 

Manuel Cano, rodeado de Chano Lobato, Farruco, Matilde Coral, Mario Maya, Rafael el Negro y Pilar López en 1989 durante la celebración del V Compás del Cante. Imagen: Archivo M.M.M.
Manuel Cano, rodeado de Chano Lobato, Farruco, Matilde Coral, Mario Maya, Rafael el Negro y Pilar López en 1989 durante la celebración del V Compás del Cante. Imagen: Archivo M.M.M.

 

Lo mismo abarcaba todo el panorama estilístico desvelando el secreto virtuosista de don Ramón Montoya, por ejemplo, que desempolvaba las valiosas aportaciones de la música popular andaluza u ofrecía unas variaciones que escapaban a todo análisis. Con todo, destacó como el antólogo más importante de la historia, capaz de abrir nuevas brechas por los infinitos senderos de la guitarra, esa bondadosa mujer ahuecada con cuerpo de madera.

En este sentido, y por aquello de que los investigadores no llegaron en su tiempo a ponderar suficientemente obra de tamaña importancia, Manuel Cano tuvo siempre el gran mérito de querer expresarlo todo. Apoyado en su sabiduría inagotable, en su gigantesco conocimiento, hizo que el pretérito guitarrístico respirara el aroma de lo amable. Cualquier intento de agresividad exterior o exasperación moría entre las cuerdas. Cada sonido, cada falseta o rasgueo, llevaban implícitos la historia en que surgió y los ámbitos en los que había resonado. Pero siempre de manera placentera.

Rescatar las voces originales y encumbrar las escuelas que quedaron en los recodos del camino ocuparon, junto a su didáctica, el propósito de toda una vida. Nadie hasta Manuel Cano había ofrecido un programa tan ambicioso con la inexplicable eficacia de ser rabiosamente actual, o de estar continuamente presente en el espíritu de los contemporáneos.

Abordamos, pues, a un artista docente al que hay que retrotraerse cada vez que intentamos bojear las violetas aguas del diapasón. Siempre hay, hasta en la vigilia de la noche, una voz casi en sordina, apagada por el latido de la malagueña de Lecuona, para exprimir la dignidad de quien ostentaba vocación seria y entregado esmero.

La ascendencia que ejerció sobre otros concertistas se debe, indudablemente, al ejemplo de una vida consagrada entrañablemente a la guitarra flamenca. Al principio pasó desapercibido para todo aquel que no fuera un especialista. Pero desde la cosecha de los primeros aplausos internacionales, sedujo a los jóvenes, saltó a la luz pública y traspasó con increíble humildad las barreras de todos los cenáculos.

Su gran lección –una obra dentro de las grandes obras– pasaba por el trato benevolente que a todos nos concedió, desprendido siempre con el prójimo, tanto que dedicó todos sus años a compartir el último dato investigador, a contrastar opiniones y enriquecerse de saberes para enriquecernos.

Esta fue, queridos lectores, la magnitud de un andaluz ilustre y un maestro amigo por quien el próximo lunes, día 23, brindaremos al cielo para celebrar el centenario de su nacimiento, saludo que enviamos a quien, aun acaparando toda suerte de interpretaciones, evitaba con una sonrisa cualquier enfrentamiento. ♦

 

Manuel Martín Martín

Manuel Martín Martín

De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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