Hasta la llegada de Paco de Lucía, Serranito o Manolo Sanlúcar, casi nadie concebía en España que un guitarrista flamenco pudiera actuar solo. En el Madrid de finales del siglo XIX y principios del XX lo habían intentado otros concertistas como Miguel Borrull o Ramón Montoya. A este último, precisamente, le dedicó nuestro protagonista, Agustín Carbonell ‘El Bola’ (Madrid, 1967), una biografía. «Siempre se discute cuál es el mejor de la historia, pero eso depende de los gustos. Para mí, eso sí, Ramón fue el más importante, lo que no quiere decir que fuera el mejor», defiende el tocaor.
Vicente Gómez consiguió dar recitales en América a partir de 1938. Carlos Montoya, nieto de Ramón, brilló en Estados Unidos a partir de la década de 1950. Mario Escudero y Sabicas se convirtieron en estrellas allí y solían actuar en escenarios como el Carnegie Hall de Nueva York, pero en España no les hacíamos ni caso. Serranito, Sanlúcar y, sobre todo, De Lucía fueron los grandes revolucionarios, los primeros en triunfar a ambos lados del Atlántico. Con la armonía que incorporaron a la guitarra, su originalidad y la velocidad vertiginosa de sus falsetas, consiguieron cautivar también a multitud de jóvenes como El Bola, que empezaron a pensar en la sonanta más allá de su uso como mero acompañamiento del cante o el baile.
Muchos de aquellos músicos llegaron a Madrid para entregarse al estudio de la guitarra solista. Establecieron su cuartel general en el Candela, en el barrio de Lavapiés, donde se reunían a diario para compartir sus hallazgos y festejar sus avances hasta altas horas de la madrugada. Y El Bola –que el domingo 25 de octubre actuó en el Real Monasterio de Santa María del Paular, en Rascafría, dentro del festival Suma Flamenca– tenía una pequeña ventaja con respecto a sus compañeros: era de Madrid y, desde los 13 años, ya tocaba en los principales tablaos de la capital con las principales figuras del cante y el baile. Y un detalle no menos importante: Sabicas era su tío abuelo.
José Manuel Gamboa aseguraba que en el Candela se reunían a diario un montón de guitarristas veinteañeros que, sin saberlo, ayudaron a redefinir la guitarra del futuro. ¿No eran solo juergas?
No, qué va, aunque a veces nos las pegáramos. ¡Para nada! Por lo general era algo muy serio y solemne. La gente no hablaba: escuchaba rigurosamente como si fuera un concierto. Había un gran respeto a la guitarra y a los guitarristas. Al que no escuchaba o tocaba mal las palmas, se le sacaba de la reunión. El Candela fue la universidad de la guitarra flamenca moderna. De ahí salió todo. Te podías encontrar una tarde a todos los Habichuelas, Paco de Lucía, los guitarristas de Caño Roto, Gerardo Núñez, Riqueni, Pepe Justicia… ¡Yo qué sé! Había muchísimos.
Ya no hay bares parecidos.
Qué va… Era muy bonito porque queríamos escuchar a los demás y enseñarles lo que habíamos aprendido. Nos contagiábamos con toda esa energía. Había mucha inocencia y ninguna competencia como la que veo hoy en día. Nos íbamos pasando las falsetas en un intercambio que se ha perdido entre flamencos más jóvenes. Eso me deja bastante descolocado, la verdad.
¿A qué se refiere?
Hoy en día parece que todo el mundo quiere despuntar. No sé si se debe a la pandemia de la Covid, a que los músicos tienen más prisa en sacar sus trabajos adelante para poder vivir de ello o a que, simplemente, los tiempos han cambiado. Antes los guitarristas solistas empezaban a tocar para el baile y el cante. Si demostraban facultades, empezaban a tocar solos y a componer. En la actualidad, sin embargo, todo el mundo empieza tocando como solista, sin conocer el oficio, y hay mucha competición por ganarse las habichuelas.
«Al que no escuchaba o tocaba mal las palmas, se le sacaba de la reunión. El Candela fue la universidad de la guitarra flamenca moderna. De ahí salió todo. Te podías encontrar una tarde a todos los Habichuelas, Paco de Lucía, los guitarristas de Caño Roto, Gerardo Núñez, Riqueni, Pepe Justicia… ¡Yo qué sé! Había muchísimos»
El Cigala me contó que fue allí donde conoció a Camarón. Que entró con una gabardina, un gorro y unas gafas, atravesó el bar, bajó a la cueva y se sentó solo en una esquina como si quisiera pasar desapercibido.
Yo estuve con Camarón muchas veces en el Candela… ¡Muchísimas! Le he tenido mil veces cantando a un metro de mí hasta las 10 de la mañana. En una ocasión toqué la guitarra para él en la cueva y recuerdo que mi mano era un flan. Lo conocí allí. Yo había terminado de ensayar con Enrique [Morente] y llegamos a eso de las 10 o las 11 de la noche. De repente, Enrique soltó: “¡Mira, es José!”. Yo estaba de espaldas a la puerta y no sabía a quién se refería. Al darme la vuelta, ¡uf!, fue extraño verlo entrar por lo que significaba para mí, aunque Enrique y él eran como hermanos. Recuerdo que nos contó que se iba a Suiza a operarse la boca porque se le escapaba el aire y ya no podía cantar bien. Luego coincidimos mucho en el estudio, cuando yo grababa con Enrique la Misa flamenca (BMG Ariola, 1991) y él, Potro de rabia y miel (Universal, 1992). Cuando estaba de gira con El Güito [Eduardo Serrano Iglesias, bailaor] por Andalucía, también compartíamos muchos carteles.
Si en los escenarios era increíble, ¿cómo era escuchar cantar a Camarón en la intimidad?
Solo cantaba cuando estaba tranquilo y en confianza, aunque siempre de manera intermitente. Solía estar a su bola y, de repente, se arrancaba. ¡Y era increíble! Lo veía cantar a mi lado y no me lo creía. No tenía una voz muy explosiva como Chocolate [Antonio Núñez Montoya], sino más recogida, pero con una calidad tan grande que parecía imposible. Era una sensación muy rara, tío, algo sorprendente. Era como si tuviera una orquesta en la garganta. ¡Una locura! Tenía una afinación, un sentido del cante y una musicalidad perfectas. No he escuchado nada igual en mi vida ni creo que lo vuelva a escuchar, a pesar de que vi a todos los grandes cantaores en aquella época. También era muy tímido, sensible e ingenuo, pero cuando se sentía a gusto le daba por reír mucho. Para eso, sin embargo, tenía que estar con gente de confianza. Como viera acercarse a alguien que no le gustaba, se levantaba y se iba. Una de las últimas veces que nos vimos fue en la cafetería al lado de los estudios Cinearte. Recuerdo que se acercó y me dio un beso. Eso me dejó tieso…
Aunque vivía en Estados Unidos, supongo que a su tío abuelo Sabicas también tuvo la oportunidad de conocerle, ya que él murió en 1990, cuando usted tenía 20 años.
Sí, a principios de los 80, cuando me incorporé con 17 años al espectáculo Cumbre Flamenca [dirigido por Juan Verdú] y me fui a Nueva York por primera vez. En la compañía estábamos la familia Montoya, Enrique Morente, Serranito y El Güito con su grupo, al que pertenecía yo. Estuvimos dos semanas y recuerdo que un día Sabicas se presentó en el hotel. Serranito me avisó y me quedé loco. ¿En serio? Yo no sabía si me estaba vacilando. Cuando bajé a la recepción y lo vi, no me lo creía.
Usted debutó muchos años antes.
Sí, cuando tenía 13 años en el Corral de la Morería. Entré en el cuadro de mi padre [el cantaor Agustín Montoya, ‘El Gitano de Valladolid’] y empecé a actuar en todos los tablaos históricos de Madrid: Café Chinitas, Cabales, Torre Bermejas, Los Canasteros de Manolo Caracol…
Supongo que Sabicas ya era una leyenda dentro de la familia.
Claro. Desde muy joven yo ya sabía que mi tío Sabicas era el guitarrista más importante de su época. Hablábamos mucho de él en casa y crecí con la idea de que era el rey del flamenco. Por eso, cuando me lo presentaron por primera vez en la recepción del hotel de Nueva York, yo estaba flipado. Sabicas era el gran maestro de aquellos años. Si hablamos del respeto que los aficionados sentían por él, te diría que, incluso, estaba un escalón por encima de Paco de Lucía, y eso que Paco era nuestro estandarte, pero mi tío era algo así como el patriarca de los guitarristas a nivel nacional.
«Sabicas era el gran maestro de aquellos años. Si hablamos del respeto que los aficionados sentían por él, te diría que, incluso, estaba un escalón por encima de Paco de Lucía, y eso que Paco era nuestro estandarte, pero mi tío era algo así como el patriarca de los guitarristas a nivel nacional»

¿Le vio tocar la guitarra el día que le conoció?
No. La primera vez fue cuando regresamos en 1984 con el espectáculo a Madrid y él actuó con nosotros en el Teatro Alcalá Palace [Reencuentro con Sabicas se titulaba la crónica de El País]. Lo recuerdo en el camerino practicando mucho antes de salir al escenario. Fue ahí donde cogí un poco más de confianza y empecé a tratarle como el familiar que era, porque yo nunca había coincidido con él al vivir tan lejos. Dos años después regresé a Nueva York con el espectáculo Flamenco Puro y, durante los dos meses que estuvimos representándolo, él venía a diario. Le cogí mucho cariño, hasta el punto de que cada vez que volvía a Madrid, siempre íbamos a buscarlo con mi padre y lo llevábamos a todos los sitios. Y tuve la suerte de que me enseñó muchas falsetas y trucos. Un día que estábamos en casa de mi tío tocando, yo tenía una granaína que no sabía cómo empezar. Se sentó conmigo y me dio algunas indicaciones sobre cómo hacer el rasgueo y, además, le añadió unos trémolos.
Me contó Serranito [Víctor Monge] que fue él quien lo recogió en el Aeropuerto de Barajas cuando regresó por primera vez en 1967. No había pisado España desde la Guerra Civil y lo iban a homenajear en Málaga. Y Serranito añadió: “Como era de justicia, porque era nuestro patriarca, una de las principales influencias que tuvimos Paco de Lucía y yo”. ¿Por qué no se le había hecho justicia antes?
Cuando realizó aquella primera visita en 1967, la guitarra solista flamenca no tenía todavía el estatus que tiene hoy, con diez o más tocaores de moda que se hinchan a dar conciertos ellos solos. En aquella época el circuito era muy cerrado, lo que triunfaba era el cante, el baile y la copla. En los espectáculos, el tocaor se podía hacer un pequeño solo y ya. Sabicas entendió muy pronto que no tenía futuro como guitarrista en España y se marchó. Todavía hoy nos cuesta, así que imagínate. No creo que tengamos la visibilidad que merecemos. Hay pocos festivales de guitarra, todos se centran en el cante y el baile. Aún cargamos esa losa.
Y su tío abuelo se la quitó en Nueva York…
Claro, se fue y no paró de dar conciertos y ganar dinero. Además, en España nunca le reconocieron su talento como en Estados Unidos. Hubo otro guitarrista que también se hinchó a dar conciertos allí y del que se habla menos, Carlos Montoya, el sobrino de Ramón Montoya, que en Estados Unidos llegó a ser, incluso, más famoso que Sabicas. Ninguno de los dos hubiera hecho nada en España a pesar de que eran muy populares allí.
Me comentó también Serranito que «Sabicas era un monstruo que tocaba con una técnica muy moderna».
Eso es. Sabicas fue algo así como el sucesor de Ramón Montoya. Ramón tenía un toque más puro y Sabicas lo renovó; por eso Paco se fijó en él. Digamos que Sabicas fue el puente entre lo antiguo y lo moderno.
Siendo usted uno de los impulsores de eso que se llamó el “nuevo flamenco” en los años 80, ¿le gustaban todos esos experimentos que hizo su tío abuelo con músicos de jazz como el guitarrista Joe Beck en 1966?
Me identifico mucho con él, porque le gustaban mucho otros tipos de música, como a mí. Me parece un disco curioso y me gusta, pero no creo que sea un disco de fusión como el que hizo Paco de Lucía con John McLaughlin o yo mismo con Jorge Pardo. Es mi tío tocando la guitarra flamenca y Joe Beck haciendo sus cosas encima. Aun así, me gusta mucho.
«Con 16 años ya estaba con Morente, que me enseñó mucho. El Güito fue como un padre para mí, la persona que me puso en la primera división. Pero, si soy sincero, el que más me impactó fue Chocolate cuando Antonio Benamargo me llamó un día para preguntarme si quería tocarle en Casa Patas. ¿Cómo no iba a querer? Fue increíble y mi toque se adaptó como un guante a su forma de cantar»
Un año antes de morir grabó con Morente en Madrid Nueva York / Granada (RCA-BMG Ariola, 1990). ¿Asistió a aquellas sesiones históricas?
Sí, claro, porque en esa época yo estaba grabando mi debut, Bola (Nuba Records, 1989). Sabiendo que mi tío estaba en los Estudios Eurosonic, me fui para allá e hice un trato con Enrique: si yo metía unas palmas en un tema, él cantaría en mi disco. Un día que estaba grabando una seguiriya con Juan Ramírez bailando se lo recordé y Enrique se vino de su estudio al mío y grabamos los tres en directo Esencia jonda.
Si pudiera sentarse una tarde con algún músico de su familia que ya no esté, ¿a quién elegiría?
¡Uy, es una pregunta jodida! Te diría que a mi abuelo Montoyita [Antonio Carbonell], un guitarrista de principios del siglo XX compadre de Ramón Montoya que murió cuando yo era muy pequeño. Apenas lo conocí. Era un guitarrista muy puro y le costó salir adelante. Era muy serio y se ganaba la vida en la famosa taberna de Los Gabrieles de la calle Echegaray [punto de encuentro de toreros, flamencos, aristócratas, artistas y bohemios, en cuyos reservados se mezclaban Antonio Chacón, Valle-Inclán, Juan Belmonte o Ava Gardner]. Lo recuerdo muy mayor tocando por seguiriyas en el patio de su casa en la calle Rodas, junto a la calle Embajadores de Lavapiés. A pesar de la edad, tocaba muy fuerte y puro. Era un guitarrista con un estilo muy sencillo, pero muy flamenco, y se codeó con todos los grandes. Por desgracia, no dejó nada grabado.
¿Y cuál es el cantaor que ha acompañado que más le ha impresionado?
He tenido la suerte y el privilegio de empezar muy joven. Con 16 años ya estaba con Morente, que me enseñó mucho. El Güito fue como un padre para mí, la persona que me puso en la primera división. Pero, si soy sincero, el que más me impactó fue Chocolate cuando Antonio Benamargo me llamó un día para preguntarme si quería tocarle en Casa Patas. ¿Cómo no iba a querer? Fue increíble y mi toque se adaptó como un guante a su forma de cantar. Luego fuimos al Candela de fiesta y seguí tocándole por seguiriyas y soleás. ¡Fue titánico! Días después repetimos en el San Juan Evangelista un día que Tomatito no pudo acompañarle y me llamó Juan Verdú. Fue otra experiencia muy fuerte.
Cuando escucha una de sus primeras grabaciones, ¿hay algo que eche de menos?
Quizá echo de menos la frescura y el sentido del riesgo que tenía antes, aunque es normal porque tengo 59 años. Echo un poco de menos esa ingenuidad y los riesgos que asumía a la hora de tocar. Hoy ya tengo cierto estatus y mido un poco más las consecuencias. Es diferente.
¿Y algo en su carrera que le habría gustado hacer de otra manera?
Pues sí. No me arrepiento de haber acompañado a tantas grandes figuras, pero la verdad es que grabé mi primer disco con 22 años y luego tuve que liarme la manta a la cabeza y tocar para muchos cantaores porque nacieron mis hijas y tuve que sacrificarme para traer dinero a casa. Tenía esa responsabilidad y empecé a acompañar a todo el mundo cuando, a lo mejor, me tendría que haber dedicado más a tocar como solista y defender más mi obra. ♦
→ Una entrevista de Israel Viana












