El fandango de Huelva –y solo me referiré a este cante suyo, aunque él fue un cantaor general de todos conocido– entra hoy en luto con el fallecimiento de José El Cabrero. Así debe ser, porque él fue quien lo cantó, lo difundió y lo defendió contra viento y marea allá por donde actuaba, y este palo constituyó la base más categórica de su éxito.
Es importante recordar que en muchos de los festivales que se celebraban en los años 70 y 80 estaba tácitamente prohibido cantar fandangos, porque sus organizadores lo consideraban un cante menor o, en todo caso, porque no entraba en el constreñido canon de lo que esa gente entendía por flamenco. A veces, a pie de escenario le recordaban que los organizadores de tal o cual festival no querían que los cantara. Pero José los cantaba. Los cantaba porque le gustaban a él y porque tenía comprobada la reacción de los públicos, que lo acogían con fervor. Y jamás se amilanó, aunque compartiera cartel con las grandes figuras de la moda cantaora del momento (porque el flamenco tiene modas, modas que duran treinta, cuarenta años y pasan, como casi todo en la vida). Hasta tal punto que el mairenismo imperante tuvo que ceder: recordaba su compañera de vida Elena Bermúdez hace un mes un artículo en el que Miguel Acal reconocía que “antes, los fandangos casi ni se admitían; ahora constituyen el plato fuerte (de los festivales). En 1980, El Cabrero era un recién llegado a los festivales, en comparación con las figuras del momento, pero tenía tal tirón popular que pudo romper el veto que sufría el cante por fandangos en los grandes festivales clásicos porque se negó a acatar las normas”. Y lo impuso, respaldado por la poderosa decisión de los públicos.
«La historia del flamenco se lo pagará. Ahí quedan sus discos, los vídeos de sus actuaciones, la memoria colectiva que lo apreció. El fandango de Huelva traspasó el siglo XX y es hoy un cante vivo y vigoroso gracias a aportaciones como la de El Cabrero, no se olvide»
El fandango siempre ha sido un cante con el que una elite de aficionados tuvo prejuicios y envolvió en polémicas. Una élite que, sin embargo, acogió y dio carta de naturaleza en su momento, sin dudar, a palos como la farruca, la praviana, la vidalita o la milonga, pongo por caso, antes que al fandango, que es fuente y origen de buena parte del muestrario flamenco. Paradojas. Es la misma suerte que corren/corrían sus intérpretes, arrastrados al rechazo por esa élite, que no es mayoritaria pero sí influyente. Pero, ¿quién manda en los gustos de la gente? Y a la gente, como recordaba Pepe Marchena –otro fandanguero discutido– lo que más le ha gustado siempre ha sido el fandango. Por muchas razones: por su sencillez popular, porque es un formato de cante que transmite maravillosamente la emoción (y el cante ha de ser emoción y no solo salmodia), y porque tiene cien maneras de expresarse, cien melodías con que decirse y contar cualquier historia en cinco versos. Pues para todo eso José fue el altavoz más potente y perseverante que tuvo el fandango durante toda su vida. Ese es uno de los grandes méritos de El Cabrero y una de las grandes ganancias que él le dio a los fandangos de Huelva, porque nunca había traspasado claramente las fronteras onubenses y las provincias aledañas con tanta solvencia y predicamento. Nadie –excepto Paco Toronjo, que nunca fue llamado a participar en alguno de los grandes festivales, por cierto– puso tan alto ese pabellón. De lo cual no se puede colegir que el pastor de Aznalcóllar fuera acogido por las élites flamencas huelvanas –otra vez las élites– con el aprecio que merecía. No todos le reconocerán a El Cabrero el inmenso caudal de crédito que aportó a los fandangos de Huelva, pero el mérito es suyo y admite pocas discusiones. Los defendió con la valentía que caracterizó su vida entera, los estudió con mimo y aprecio, se preocupó de captar su aire, fue fiel a la manera autóctona de decirlos, le puso letras con mensajes sociales y personales magníficos… No hubo pueblo ni aldea con fandangos que no se pateara buscando la autenticidad. Habló con los que sabían para ilustrarse y empaparse de la verdad de este cante, se reunió con guitarristas de la tierra que le daban un plus con su toque de la tierra… Como embajador, puso una pátina de universalidad llevándolos a públicos generalmente desconocedores de estos estilos: derribó fronteras –insisto en ello– e imperó en los escenarios. Qué buen vendedor y con qué buena mercancía.
La mirada inmediata suele adolecer de la amplitud que seguramente le otorgará la historia. Los que periódicamente se encargan de revivificar el patrimonio musical popular sin modificarlo son obreros proverbiales que prorrogan su valor para unas cuantas generaciones más: son imprescindibles para la continuidad. La historia del flamenco se lo pagará. Ahí quedan sus discos, los vídeos de sus actuaciones, la memoria colectiva que lo apreció. El fandango de Huelva traspasó el siglo XX y es hoy un cante vivo y vigoroso gracias a aportaciones como la de El Cabrero, no se olvide.
Texto: Miguel Ángel Fernández Borrero




















































































