Nunca, jamás, never comprenderé la obsesiva necesidad de tantas personas de apartar a los hombres de las mujeres en la casi totalidad de los empeños, sean artísticos, académicos o de cualquier tipo que se puede nombrar. En algunas circunstancias es justificable. Como en los deportes cuando importa la fuerza física o la corpulencia. Pero con decir “persona”, no veo necesidad de aludir al aparato reproductor asociado para hablar de la función de cada uno o “una”.
Ni para hablar de flamenco hay que fijarse en la edad, aspecto o procedencia del intérprete. Son temas interesantes y relevantes para tratar la sociología de cada intérprete y las características de su producto. Pero a lo que voy, el feroz localismo en el flamenco simplemente no aporta.
¿Por qué el flamenco extremeño queda ninguneado? ¿Por qué sus artistas no hacen las peñas de Andalucía o los festivales, en lugar de tanta repetición de las figuras andaluzas de siempre? Que buenas son, pero sería refrescante sentir aires distintos que siguen siendo flamencos.
Nuestro querido Camarón, que junto a Paco revolucionó el cante, popularizó el dejillo musical canastero a través del cante interesantísimo de Juan Cantero, Ramón el Portugués, Guadiana, Marelu y otros. Es cuando “festero” deja de ser descripción acertada de lo que nos canta esta gente. Tonalidades inesperadas y frescas, un sentir campestre, casi inocente a la vez que hiere, todo menos festivo. Dicen “festera” porque la Kaita prácticamente se limita a cantar tangos y jaleos (variedad de bulería). Pero su voz y decir te hieren sin piedad, menuda fiesta.
«Para los extranjeros no aficionados, flamenco solo hay uno: el de los lunares, taconeo, flores de plástico, “castañetas” y mucho baile. La identidad extremeña es cante con aire campestre canastero que da la mano al flamenco andaluz gracias al temperamento de la Kaita y otros artistas pacenses»
Hablemos de María de los Ángeles Salazar Saavedra, la Kaita (Badajoz, 1964). Cara de cheroque, voz cruda y flamenca con la tesitura de papel de lija buscando lo jondo entre verso y verso. Cadencias limpias y seductoras, frases hirientes que te llegan al oído ya pidiendo paracetamol.
Para algunos aficionados, quizás la mayoría, el cante de la Kaita les llega como exageración. Para otros, es el dolor más crudo llevado con valentía habilitada con brillante fuerza interior. Es el estado flamenco que “duele bien”, como se suele decir.
Cuando yo era joven iba cada año a la romería de los gitanos en Fregenal de la Sierra, Badajoz. Miles de personas con caravanas y tiendas de campaña pasaban el fin de semana alrededor del santuario de la Virgen de los Remedios. Allí conocí a la Kaita en medio de un gran círculo de creyentes, lanzando su cante tremendo. Aquel frío domingo de octubre por la mañana con olor de café de olla, me sedujo esa forma alternativa de sentir lo jondo, musical y expresivamente.
Ignoro el sistema de financiación de las actividades culturales de los municipios de España, pero se supone que la corporación de cada lugar se esfuerza en complacer a los ciudadanos que les han votado. Si es así, la falta de variedad en los programas es atribuible a estos, incluso cuando las personas no tienen interés en el flamenco ni intención de asistir a las funciones programadas. Rige la mentalidad de “en mi pueblo abundan los artistas, no necesitamos importarlos”.
Para los extranjeros no aficionados, flamenco solo hay uno: el de los lunares, taconeo, flores de plástico, “castañetas” y mucho baile. La identidad extremeña es cante con aire campestre canastero que da la mano al flamenco andaluz gracias al temperamento de la Kaita y otros artistas pacenses.
En algún lugar he leído que Antonio Mairena declaró que el cante extremeño no era cante de verdad. Pero el maestro llegaría a premiar a un jovencísimo Camarón en el Concurso de Cante Jondo Antonio Mairena con el decir nainero del joven, y nació una nueva época del cante.

















































































