Fue al parecer Manuel Bohórquez, director del Festival Guirijondo, el que sugirió la idea: ¿por qué no crear, aprovechando que la edición de este año está dedicada a los Países Bajos, un espectáculo sobre Vincent Van Gogh? ¿No está el flamenco, como el mundo, lleno de genios locos y de locos geniales? ¿Será más corto de lo que parece el camino entre nuestra música y el autor de Los girasoles? ¿A qué sonarían sus cuadros, si pudieran cantar o tuvieran cuerdas?
A todos estos interrogantes quiere dar respuesta, o insinuarla, A mí me llaman el loko, el montaje en el que suman talentos el guitarrista holandés Tino van der Sman, la bailarina californiana Cristina Hall y el cantaor David Lagos. Tan sorprendente trío va a aproximarse a la personalidad y la obra del genio del pelo rojo a través de algunos fundamentales hitos de su vida, ilustrados con potentes símbolos extraídos de su pintura.
Este trabajo comienza con Cristina Hall practicando movimientos espasmódicos y repetitivos, atada a una cuerda que remite a La Berceuse, el retrato de Augustine Roulin, esposa de un cartero amigo suyo, que representa a la figura maternal, pues la cuerda del cuadro es la que mecía la cuna. La escena se desarrolla en penumbra, como la mayor parte del espectáculo, con una débil iluminación de faroles que recuerdan, a su vez, a los del lienzo Café nocturno.
Podemos seguir añadiendo guiños a la pintura del neerlandés, y seguramente a este reseñista se le habrá escapado más de uno: los Comedores de patatas, los Cuervos sobre el trigal… Pero lo mejor es que todo esto discurre con sutileza, sin necesidad de subrayar nada. La historia que cuenta se entiende mejor a la luz del conocimiento, pero un espectador puede disfrutarla (como ocurrió seguramente en Palomares) sin necesidad de haber visto nunca un cuadro de Van Gogh.
«La guitarra de Tino Van der Sman, flamenco por los cuatro costados, abreva en aguas diversas, desde la música religiosa a la clásica, incluso del jazz. Hall da una lección de cómo aunar jondura y contemporaneidad sin que una colisione con la otra, en un trabajo físico impresionante. Y qué decir de David Lagos, una garganta que lo canta todo»
Porque –seguimos enumerando las bondades de esta creación– A mí me llaman el loko no se agota en su inspiración principal, sino que la usa como excusa para olfatear diversos rincones del alma humana: con esos pocos elementos (la silla, la mesa, la olla humeante) se nos habla de la miseria, de la angustia vital, del peso de la propia biografía, la búsqueda del propio lugar en el mundo, el arte como puerta de escape o consuelo para, como canta estremecedoramente David Lagos, “aquellos que están rotos por la vida”.
Y sí, también vemos correr ante nuestros ojos la película de la vida de Van Gogh, y lo hacemos en clave flamenca: ya sea con el taranto que nos transporta de las minas de Levante a las de Bélgica, ya enfrentándonos a esa prostituta –maravillosa Cristina Hall en esa escena bañada de luz roja, de fuerte carga sexual, evocadora del abominable Red Light District de Ámsterdam– a la que el pintor quiso regalar su oreja cercenada.
En A mí me llaman el loko, pesa tanto lo que se acierta como lo que se elude: la obra es toda elegancia, no hay una sola concesión a lo grotesco o el patetismo, tan tentadores cuando se aborda una materia como esta. La guitarra de Tino Van der Sman, flamenco por los cuatro costados, abreva en aguas diversas, desde la música religiosa a la clásica, incluso del jazz, con un espléndido colofón por Nina Simone y su Blackbird. Hall da una lección de cómo aunar jondura y contemporaneidad sin que una colisione con la otra, en un trabajo físico impresionante. Y qué decir de David Lagos, una garganta que lo canta todo, desde Los heraldos negros de César Vallejo a esas tremendas Cartas a Theo que uno, cuando sale del teatro, está deseando releer.
El polo y la caña y las bulerías con la letra tradicional que da título al montaje van llevando al final rotundo, convenciéndonos de que sería una pena que una propuesta tan lograda no solo no se quede en Palomares, sino que tenga un recorrido largo y exitoso.
“¿Sabes, Theo? El hombre no está en la tierra únicamente para ser feliz, sino que está para ser simplemente honesto”. Honestidad, eso es lo que respira el espectáculo por los cuatro costados, honestidad y equilibrio. Tres patas sólidas para un mueble muy bien armado, porque hasta para volverse loco hay que saber. ♦





































































































