Hace unos días se celebró el Gazpacho de Morón y el compañero David Montes expresó aquí su reflexión al respecto del desarrollo del festival. También leí lo que plasmó el maestro Manuel Martín Martín en su periódico respecto al asunto. Poco más o menos que se hacían eco de la mejorable, por decirlo cariñosamente, gestión del tiempo en lo que viene a ser la gran noche flamenca de la localidad. Quiero entender que, en la mayoría de ocasiones, los tiempos que manejamos algunos no son los de la gran mayoría, pues se va al festival sin mirar el reloj. En cambio, los que acostumbramos a presenciar propuestas durante todo el año llevamos intrínseco el concepto del ritmo, y no hablo del de las palmas a compás.
Es por ello que quiero aplaudir en este #DesdeDentro la adaptación que ha sufrido la Caracolá Lebrijana en sus últimas ediciones hasta llegar, entiendo, al acierto absoluto. Siempre se puede mejorar, pero en la localidad que nacieron algunos nombres como Miguel Funi, Curro Malena, Pedro Bacán o El Lebrijano han sabido crecer y llevar a los nuevos tiempos la esencia de su certamen. Ahora, a diferencia de los que hemos referido anteriormente, no es un gran noche con numerosos artistas que van desfilando por las tablas hasta las 5 de la mañana, como ha ocurrido en otros como Zambra o La Puebla de Cazalla este fin de semana.
Lebrija divide su programación en diez días, del 8 al 18 de junio. Conferencias, actividades en distintos espacios como la Plaza del Mantillo, Peña Pepe Montaraz, Patio del Convento San Francisco o el Centro del Flamenco, son algunos de los elegidos este año. Y no es fácil asumir cambios porque los que organizan, en este caso el Ayuntamiento con su delegado de Cultura al frente, Pepe Martínez, son objeto de críticas para los que piensan que todo debe seguir como antes. Supongo que cuestión de gustos, pero lo que puedo aseguraros es que como se disfrutó el sábado 11 de julio, del cante y del baile a la media noche, no suele ocurrir cuando hablamos de formatos eternos.
«Quiero aplaudir la adaptación que ha sufrido la Caracolá Lebrijana en sus últimas ediciones hasta llegar, entiendo, al acierto absoluto. Ya no es un gran noche con numerosos artistas que van desfilando por las tablas hasta las cinco de la mañana, como ha ocurrido en otros lugares este fin de semana»

Pedro El Granaíno y María del Mar Moreno fueron los protagonistas. Comenzó todo a las once de la noche y concluyó pasadas las dos, con sus cambios de escenarios correspondientes. Pedro hizo su recital habitual, con su soleá, tangos, granaínas o una vidalita de especial impacto. Tampoco faltaron las bulerías y una interpretación de Réquiem (compuesto por Vicente Amigo) que dedicó a Miguel Salado ahondando en el tuétano. Dedicó también palabras de cariño a Manuel de Paula, en primera fila e icono del festival. Pedro cumplió las expectativas sobradamente y se fue dejando su halo de profesionalidad y grandeza. La guitarra de Patrocinio Hijo fue la que escoltó al cantaor en todo momento, apoyándose en Gabriel Lorente en distintos momentos, así como las palmas (y voces) de Miguel Heredia y Luis Dorado.
La segunda parte fue la de María del Mar Moreno con Mujeres de Cal y Cante, obra estrenada en agosto de 2019 en Jerez, tierra de la coreógrafa que celebra sus 25 años con compañía propia desde que en 2001 estrenó Momentitos Locuras. La obra pone el foco en la reivindicación de la mujer en el flamenco, en la familia, en Andalucía. Inés Bacán fue la artista invitada, que nos regaló una nana y una seguiriya que levantó al respetable ente lágrimas. El baile de María, en profunda y seguiriyera madurez, contó con otros brazos como los de Rocío Marín, Irene Olivares y Paula Vargas, de Lebrija esta última, con todo el camino por recorrer y con bases sólidas para su crecimiento. El cante de Antonio Malena, de maestro, el de Juan de la María y El Quini, ambos imprescindibles en todo instante, fueron el mejor camino para que la Moreno anduviese con su mensaje y su corazón. De sobresaliente la participación de Eva del Cristo y Tamara de Tañé, cantando con entrega y compromiso. Las guitarras de Santi Moreno y la colaboración especial de Antonio Malena de Lebrija marcaron el ritmo, con la percusión de El Pájaro, para que todo confluyera en el apoteósico final por bulerías.
Así se disfruta, se escucha, se saborea, se quiere repetir… Como si fuese una taza de caracoles que mantiene su sabor. Para muchos, tres tazas es demasiado, como ocurre con algunos festivales que acaban con el patio vacío. ♦






















































































