Ya podemos decir que es verano. Que ha llegado para quedarse. Al menos, durante tres meses. Y no lo dice el calendario. No lo certifican las temperaturas. Lo constata la celebración del Potaje Gitano de Utrera. Para muchos aficionados, se da el pistoletazo de salida a la época estival desde el Patio de Los Salesianos, con mucha comida y bebida, con un gran plantel de artistas de los que disfrutar.
Esta 70ª edición, contada en este medio de forma brillante por el compañero Fede, tenía como principal protagonista al torero Morante de la Puebla, que no fue a disfrutar del reconocimiento que se le otorgaba porque toreaba en León. Como estamos en la serie #DesdeDentro, me gustará contaros que la organización contaba con él hasta unos días antes, pues desde el entorno de José Antonio, al que por cierto admiro, se aseguraba que sí, que estaría. Cabe aclarar, porque al ser el presentador del festival me entero de algunas cosillas más de la cuenta, que cuando se decidió pensar en él para tales honores, Morante aceptó. La Hermandad de los Gitanos de Utrera presentó el cartel en El Corte Inglés de Plaza del Duque, donde estuve, y no apareció el diestro.
Muchos decían que esto era jugársela. Y finalmente el público no disfrutó de su presencia, aunque hay que reconocer que dada la calidad ofrecida por los artistas participantes, la ausencia no tuvo mayor recorrido. Fue Manuel Lombo quien lo recogió por él, les une una gran amistad. Manuel es muy querido en Utrera y toreó mejor que otros la situación. Olé por él.
También me gustó mucho cómo desarrolló la semblanza el cronista taurino Manuel Viera Navarro.
«No apareció el diestro. Muchos decían que esto era jugársela. Y finalmente el público no disfrutó de su presencia. Aunque hay que reconocer que dada la calidad ofrecida por los artistas participantes, la ausencia no tuvo mayor recorrido»

El festival en sí se celebró como de costumbre, con más de dos mil personas en ese patio lleno de mesas y sillas, ocupadas por aficionados de toda Andalucía. Éxito de entradas y de buen ambiente hasta las 4,15 h de la madrugada, que dijimos «hasta la próxima». De Morón, Jerez, Sevilla, Rute (Córdoba), Lebrija… De muchísimos rincones acudieron a la cita. A las nueve de la noche entraba el público, cargado de neveras y bandejas, con esos carros que ahora se han puesto de moda para ir a la playa. José Jiménez, hermano mayor de la cofradía organizadora, defendió precisamente «la esencia» de este festival, que «ha de mantenerse aunque lleguen nuevos formatos en otros lugares».
Los camerinos ya estaban dispuestos para los artistas, repartidos en clases del colegio. La primera fila de mesas cuentan con las autoridades, invitados y prensa. Son las diez de la noche y me piden que dé comienzo. El sonido, inmejorable. Jesús Méndez y su grupo está preparado ya. Me paro en subrayar la presencia guitarrística del joven Manuel del Salado, quien debuta a lo grande días después del fallecimiento de su tío Miguel Salado. Recoge un gran legado, apostamos por él. Sin entrar en profundidades, porque para eso está el artículo de Fede, permítanme que destaque la entrega de Jesús al abrir plaza, con la aplastante contundencia de quien sabe lo que hace y se deja, también, llevar por la autenticidad que ofrece el momento.
Su compadre Antonio Reyes sería el siguiente. No falla. El público lo valora y se emboba con su cante. Es consciente de que su dulzura gitana cautiva, como la guitarra de su hijo Nono, de quien no debe prescindir nunca. En los pasillos, ya estaba Antonio El Marsellés buscando a Cancanilla de Málaga y Remache, para que se diera el cante improvisado en cualquier rinconcito. Y se dio.
El baile de José Maya era esperado. No suele aparecer mucho por aquí y es muy atractivo escénicamente. Rubio de Pruna y Antonio Villar ponen el cante a precio alto, como la buena guitarra de El Peli, sabiendo acompañar al bailaor de estilo gitano. Marina Heredia es una flor más del Generalife. Artista en mayúsculas, conectó por soleá, tangos o bulerías, con esos cuplés que tanto se escucharon en Utrera. Bien por Rubén Lara, siempre infalible. Y llegó el ansiado fin de fiesta con más sorpresas, pues vimos a un Juan Ramón Reyes que apenas le llegan los pies al suelo. Un niño de la familia Reyes que también tuvo su momento y nos alegramos al ver cómo distintas generaciones se dan la mano. Remedios Reyes, su madre Manuela, La Turronera y Manuela del Moya llevaron la deseada fiesta familiar al escenario. La gracia y el arte lo pusieron Remache y Cancanilla, poniendo al público en pie. Julio Romero y Antonio Soto se alternaban las falsetas, mirando al niño Juan Ramón, que arrancó aplausos en alguna de las que hizo. Por concluir, fue una noche de gran disfrute, recordando a las grandes noches del flamenco de siempre. ♦























































































