Catalina León Benítez, Caty León para los amigos y para los aficionados, es una mujer libre, competente, trabajadora. Escritora sobre flamenco, con varios libros. Profesora incansable, experta en didáctica, orientación y didáctica, así como en su especialidad, arte. Autora de relatos y de dos libros de ensayo sobre la obra de Jane Austen.
Le hice una entrevista para diario digital Luz Cultural. Ahí pude expresarle mis preguntas sobre su trayectoria no solo de investigación y divulgación del flamenco.
Una trayectoria vital y profesional que ha sido reconocida con la medalla al mérito en la educación de la Junta de Andalucía, el nombramiento de Hija adoptiva de Triana o, recientemente, el de académica de la Real Academia de San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes de San Fernando, ciudad donde se crio, aunque nació muy cerca, en Chiclana.
Tengo que decir que la considero una maestra y mi maestra en la didáctica del flamenco. Profundo y demostrado es el amor que siente por su patria chica, las dos ciudades referidas, San Fernando y Chiclana, paraísos al lado del mar, en la zona de la bahía de Cádiz, cuyo recuerdo y aire han dado a su vida y a su afición al flamenco un profundo sentido, olor, aire, color y calor.
Guarda más sorpresas y, con su verbo breve y exacto, con su sentido crítico, es, además, bloguera, en el mejor sentido de la palabra. Vean aquí su trayectoria y sus aportaciones sobre arte y flamenco y reflexiones, recomendaciones de libros, relatos, etc.
En junio de este año acaba de sacar su último libro, una nueva obra sobre flamenco: Noticia del flamenco en Triana. Publica la prestigiosa editorial Renacimiento de Sevilla, fundada por el incansable editor y poeta de calidad Abelardo Linares. Han tenido la gran idea de fundar una colección específica de flamenco, algo de lo que estamos muy necesitados, pues hay varias, pero algunas desaparecidas o con poco arraigo de distribución. De las últimas en surgir ha sido Colibrí Ediciones, dirigida por Manuel Ramos Ramos, a quien tengo que agradecer la publicación, en octubre del año pasado, de mi libro Poeta flamenco. Cómo hacer letras para el cante, prologado por José Luis Rodríguez Ojeda, con quien formo desde los años ochenta del pasado siglo, junto a Caty y otros –Manuel Herrera Rodas, Ricardo Rodríguez Cosano…–, un grupo de profesores entregados a la causa de la didáctica del flamenco, si bien ya jubilados y algunos, por desgracia, fallecidos. Pues Caty es una de las pioneras, una maestra de esto último, así lo siento yo mismo y muchos otros, pues la bibliografía no engaña.
Renacimiento ha tenido otra suerte, contar con Antonio González para dirigir esta colección. Fue fundador y director de Signatura Ediciones, cuya colección de flamenco fue amplia y, aunque esté feo decirlo porque me ha publicado en ella cuatro libros, lo digo porque es de justicia, que, quitando los míos, más humildes, los demás son de gran calidad y han aportado mucho. No sabía que estaba en Renacimiento ahora y me invitó a la reedición ampliada, revisada y actualizada de Didáctica del flamenco, que ahora ya está también disponible con el nuevo nombre Enseñar flamenco. Una vision interdisciplinar de las letras del cante. Ambos prologados por nuestra autora, precisamente. Así que el libro de Caty y el mío han salido a la par, de la mano, lo que para mí es un auténtico lujo por todo lo dicho, por considerarla maestra y mi maestra, un referente inevitable.
Y ya entremos en faena con Noticia del flamenco en Triana, que, como dice la autora, es así, en Triana y no de Triana, pues una de las tesis que defiende es que no hubo en este famoso barrio sevillano y universal sino un crisol de cantes y estilos, un mosaico amplio de diversos orígenes –de Jerez a Cuba–, artistas de diversas patrias chicas.
La obra se divide en una presentación de la autora y diversos capítulos: I. Contexto geográfico e histórico, II. La mirada de los románticos, III. Visiones desde dentro, IV. Flamenco en Triana, Flamencos de Triana, V. Conclusiones, más la imprescindible bibliografía y una lista de agradecimientos. 196 páginas que nos acercan a la historia y a las peculiaridades del flamenco, ojo, en, en Triana.
En la presentación deja constancia de su «trianerismo en vena» y del carácter no enciclopédico ni exhaustivo, sino divulgativo, del libro, algo patente.
En el capítulo Contexto geográfico e histórico, sin que sean datos necesariamente flamencos, pero necesarios, nos deja apuntes y anécdotas interesantes, como los relativos al origen islámico del barrio a partir del siglo XII, auge desde el XVI, construcción del mítico puente de barcas –más seguro de lo que se cree– o construcción, por fin, del Puente de Triana en 1852, que resolvió muchos problemas.
El segundo, La mirada de los románticos, alude a una larga lista de escritores románticos que dejaron una imagen tópica, a veces, dice, ya desaparecida, que creó una insistencia en determinada imagen de Andalucía y de Sevilla ligada a lo marginal y lo exótico, incluso cuando ya empezaba a modernizarse, siempre entre comillas, la ciudad.
Me ha interesado mucho porque, con la capacidad de Caty, historiadora, licenciada en Arte, nos deja claro que no es oro todo lo que reluce y que, además de lo dicho, algunos no hablaron de Triana, como Alejandro Dumas, o apenas lo hicieron y cuando lo hicieron hubo enfoques distintos, desde el meramente descriptivo e interesado en lo peculiar y, digámoslo, marginal, como Laborde, al más crítico, como Blanco White.
En el siguiente, Visiones desde dentro, nos resume lo mismo, pero desde la mirada y las vivencias de los escritores españoles o, al menos, residentes aquí mucho tiempo. Encuentra, como antes, que algunos hablan poco –como Núñez de Prado o José Carlos de Luna– o nada de Triana en concreto, o lo hacen desde una visión claramente romántica, idealizada.
Lógicamente, Estébanez Calderón y sus Escenas andaluzas, su Baile en Triana, son estudiados con la visión crítica que caracteriza a la autora, capaz de ver detalles o contradicciones donde otros aún no las han visto quizá. Deja claro que es un referente para muchos investigadores, pero que es una obra más literaria que histórica, no es un estudio flamenco y, por tanto, muchos detalles deben ponerse en tela de juicio. Ciertamente ya hay muchos estudios que lo ha analizado, pero destaca la obra monográfica Cantes y cantaores de Triana, de Pepa Sánchez Garrido, hija de José Bernal Naranjito de Triana, a quien todos admiramos y desde luego Caty León, que lo pone como referente total de cante de Triana en los tiempos recientes, tras los antiguos, ya, Silverio, Chacón y Pastora, o el apreciado Pepe de la Matrona.
Precisamente este cantaor es citado como eslabón fundamental de lo antiguo a lo moderno –siglo XX– en el capítulo cuarto, Flamenco en Triana, Flamencos de Triana. Aquí insiste en algo que quizá choque a más de uno, que no había cafés cantante ni salones ni academias en Triana en el XIX, así como que los cafés cantante, en la otra orilla y en el resto de España, no acaban con el flamenco, obra y gracia de profesionales, que son los que lo crean y desarrollan.
Vemos aquí el vídeo del cante por tangos de Naranjito de Triana, con Manolo Franco, en 1989, en Canal Andalucía Flamenco, YouTube:
Se lamenta de que esta desidia sigue hoy en Triana, donde, dice, no hay peña flamenca «ni lugar público de degustación del flamenco en el barrio» –p. 151–. No me digan que no llama la atención. Igualmente, que Triana es crisol de cantes. Hay una larga lista de artistas –p. 149–, algunos muy conocidos, como Pepe de la Matrona, Curro Fernández o El Teta, otros menos, y, como me gusta lo de los apodos y he escrito algún artículo sobre ello, estos son de lo más interesante en el flamenco, como saben: Frasco el Colorao, El Malino, El Sordillo, Manolo el de los Burros, Tragapanes, El Pollo Postura, La Finita, El Tumba, Antonio el Arenero, El Pintillo…
A su maestro y gran amigo Luis Caballero lo toma como referente de saber trianero, sin dejar, como buena alumna, de poner en duda o rebatir alguna de sus ideas, de él y de otros, como la de que en Triana, más que profesionales, hubo, dice Caballero, «rituales flamencos ocultos» –p. 149–, algo que casi da miedo si no se entiende bien, y a su otro maestro y amigo, Ángel Vela, también lo cita como estudioso del flamenco en Triana, así como a otros como Manuel Cerrejón, Manuel Barrios o un historiador de las luchas del campesinado andaluz, Antonio Miguel Bernal, que deja claro que los gitanos no formaron un proletariado agrario.
Tampoco queda sin analizar la obra Mundo y formas del cante flamenco, de Antonio Mairena y el poeta Ricardo Molina, claro, algo que ya la autora ha hecho en excelentes artículos y uno mismo en varios libros, especialmente en la reedición del mismo en Ediciones Giralda, facsímil con una larga introducción por mi parte y recogiendo ideas a favor y en contra de esta obra tan discutida desde hace años. En la bibliografía la autora cita la obra editada en 1979, a pesar de que hay otras, como la citada, más reciente, donde la cito, como digo, por su aportación a la discusión sobre la misma. Pero el libro que ha editado trata sobre Triana y no del flamenco en general.
Veamos el cante de Antonio Mairena por seguiriyas de Triana, con la guitarra de Melchor de Marchena y jaleadores nada más y nada menos que Tomás Torre, Rosalía de Triana y Juan Talega, 1966, YouTube:
Sigamos.
En las Conclusiones, algo largas, pp. 157 a 184, aunque con varios subcapítulos, recuerda el objeto y enfoque de su libro y las principales ideas sustentadas. Una de ellas es la de que el flamenco es siempre vanguardia, en reflexiones que entrecruzan las de en torno al arte en general, la pintura, la música, el flamenco, como bien sabe hacerlo la autora.
Termina con la bibliografía básica y una lista de agradecimientos.
En resumen, creo que es un libro que se lee con facilidad y amenidad, por su carácter divulgativo. Está muy bien escrito, algo que no se puede decir de todo escritor. El contexto histórico, necesario, aunque algo largo para mi gusto, aporta detalles interesantes. Con competencia mezcla la investigación, la lectura de otros autores con sus propias opiniones, vayan contra quien vayan, vivo o ya fallecido, amigo o no amigo.
Otro valor es la capacidad crítica –se lamenta del deterioro del barrio en la actualidad, así como de la poca importancia que a veces se le ha dado al arte en España– y, sin duda, me han encantado algunas anécdotas, incluso personales, como la de sus abuelos, uno caracolero, otro más de Pastora, que amenizan y dan humanidad al relato de lo que Triana ha significado.
Echo de menos, seguramente por mi interés por las letras flamencas –como profesor de Literatura y como investigador de las mismas–, que en la obra hubieran aparecido, bien a lo largo de la obra, algo fácil de hacer, o bien en una breve antología final, más letras alusivas a Triana, o de estilos llamados trianeros o de artistas de la zona. Eso sí, lo primero que vemos es el pórtico –p. 9– con seis buenas letras, como estas dos (en la primera elige la variante que sustituyó a banderitas republicanas, por la censura franquista, por banderitas gitanas) con las que me despido de este libro y de mi amiga y maestra, que no me importa decirlo mil veces, felicitándola, como a la editorial, por esta edición bien escrita, bien compendiada y de cuidada edición:
Qué bonita está Triana
cuando le ponen al puente
las banderitas gitanas.
Los cuatro puntalitos
que sostiene a Triana:
San Jacinto y los Remedios,
La O y Señá Santa Ana.
→ Noticia del flamenco en Triana, de Caty León. Editorial Renacimiento, 2026.
























































































