No sé cuántas veces habrá explicado Esther Merino (Gévora, Badajoz 1984) que los tangos extremeños no son tangos canasteros, ni los jaleos bulerías al golpe. Que Extremadura es flamenca desde antes de que quedara fijada su nombre y que a la Plaza Alta el diseño urbanístico la limitó así cuando ya era mucho más: cuna de los cantes extremeños, de vivencias payas y gitanas, y escenario para la historia del flamenco muchos antes que Tony Gatlif se enamorara del enclave y rodara Latcho Drom.
“He tenido que explicarlo muchísimas veces. Es verdad que los tangos y jaleos, nuestros cantes, son los que nos definen, aunque tengamos muchísimos más, pero estos, sin duda, son nuestros referentes. Tangos hay en otras comunidades, aunque los extremeños tengan su propia peculiaridad, pero los jaleos nos definen completamente, porque es verdad que tienen un compás muchísimo más lento que la bulería, ¡mucho más! Tenemos el error los artistas de llevarlo a la bulería o de darle más velocidad, pero los jaleos extremeños, aunque lleven ese golpe, porque es verdad que llevan un acento, son mucho más lentos que la bulería. También son característicos por sus letras. Letras que nos hablan de nuestras costumbres, tradiciones, de la feria del ganado, la Feria Chica, los tratos y la mojá de la vara en Zafra… Y también, todas aquellas que nos hablan del trabajo y la lucha diaria en el campo”
Ante la responsabilidad de la nacencia, Merino, Lámpara Minera en 2022, nunca se amilanó dentro ni fuera de la tierra. Con un quejío y una fuerza que definen su pelea con el cante, ha sido sin duda el tesón, y mantener vivo el hilo invisible que une tradición y presente, lo que le ha llevado a ser reconocida por los que saben. Un público, su público, poco dado a aspavientos pero que mantiene la ortodoxia del respeto y del saber escuchar. Esa red necesaria para las que, como la cantaora extremeña, se niegan a pescar en las aguas revueltas, ganancias del resto.
“Muchas veces he tenido que ‘sostener’ a quien me acompañaba. Tirar para atrás con las palmas, sobre todo a los guitarristas, porque como le digo, siempre tendemos a correr. Al jaleo le define el último tercio, ahí es donde se nota si se ha rematado por bulerías, o verdaderamente por jaleos”
En el Teatro Sadler’s Wells de Londres, cuna internacional de la danza y del cante, el día 20 de junio, la pacense, junto a la guitarra de Manolín García, Daniel Suárez, Dani Bonilla y José Manuel Oruco, defenderá En tierra de hombres. Una obra con la que la Lámpara Minera representará a Extremadura. No lo hará sola. En el mismo enclave, cogerá el testigo Francisco Escudero ‘El Perrete’ con Luz de Guía – Live Set.
Lo harán gracias a la Diputación de Badajoz, aunque tengan demostrado a lo largo de sus carreras que, por capacidad y entrega, merecían estar en el cartel con el apoyo exclusivo de su arte. Pero esto también es el flamenco, y estas, sus espinas.
«Combinando delicadeza expresiva y autoridad jonda, Esther Merino tiene el cante pegado al hueso. Una voz que acaricia y hiere al mismo tiempo. Su cante se templa con dulzura y rotundidad sin perder elegancia ni medida. Ortodoxia y personalidad desde una Extremadura cuajada de hondura y falta de reconocimiento»

“Voy con muchísimas ganas a un festival desconocido en el que vamos a darlo todo. He salido muy poco, tengo ganas de viajar y de que me conozcan en muchos festivales. También estaré en Mont de Marsan por segunda vez. Voy junto a grandes compañeros y músicos, así que con muchas ganas de disfrutarlo también.
Re(e)volución ha sido el último trabajo de Esther Merino. Un repaso a los últimos diez años de su carrera en los que ha evolucionado como persona y mucho como artista. Sin perder un ápice de su calidad, sí se vislumbra en el color de su voz y en la forma de encarar los cantes otro talante más maduro, consciente y personal.
“He descubierto que puedo apoyarme en otros registros que desconocía. Interpretar los cantes, incluso los mismos de antes, pero ejecutarlos de forma diferente. Cantes en los que antes no era capaz de arrancar un olé, y que ahora sí consigo. Creo que ha sido fruto de lo aprendido tras el trabajo realizado con la Orquesta Nacional de Lyon o El Amor Brujo junto a Camerata Anam. También por espectáculos de contemporáneo en los que ahora también estoy colaborando. Todos ellos son importantes para mí, porque estas obras me están enriquecido muchísimo. Ahora canto con más libertad”.
Me pregunto por qué muchos artistas que han construido su trayectoria desde el respeto a la ortodoxia flamenca sientan, llegado un momento, la necesidad de asomarse a otros horizontes creativos. De dónde les nace la falta de aire, la necesidad de abrir una ventana, respirar y explorar nuevos lenguajes sin renunciar a la esencia.
“No lo sé, pero es necesario. También es el conocimiento que vas adquiriendo y lo que vas recibiendo, ya sea de maestros o de compañeros. Con el tiempo y esas vivencias creces a nivel personal, vas conociendo mejor tu voz, tu cante, y lo expresas de otra manera”.
Combinando delicadeza expresiva y autoridad jonda, Esther Merino tiene el cante pegado al hueso. Una voz que acaricia y hiere al mismo tiempo. Su cante se templa con dulzura y rotundidad sin perder elegancia ni medida. Ortodoxia y personalidad desde una Extremadura cuajada de hondura y falta de reconocimiento.
“Ahora siento que me miran y me estudian más. Siempre he sentido mucha responsabilidad y una presión que no soy capaz de quitarme. No me permito fallar. Da igual que sea una peña flamenca, una plaza grande, chica, un pueblo, el sitio más grande… Da igual, siempre tengo la presión de no querer fallar. La gente va a verte, y va a verte a disfrutar, ¡y yo quiero corresponderles! Ahora voy a hacer lo que me salga del corazón, porque tengo ganas de disfrutar en el escenario, y es lo que estoy haciendo”. ♦





















































































