El ratito comenzó como comienzan las conversaciones que importan, sin ceremonias ni anuncios. Con una cerveza fría sobre el mármol veteado de la mesa y el tiempo respirando despacio entre los vasos y los platos, como si se supiera que allí se iba a hablar de cosas esenciales. Restaurante Metrópolis de Paradas. Juan Carlos Cortes atendiéndonos como solo él sabe. Y lo que tenga que ser, que sea.
Frente a servidor, que dos copas de cerveza echamos a tierra, José María Velázquez-Gaztelu —con Nieves, su compañera de toda la vida— tenía la mirada viva de quien no ha aceptado nunca retirarse de la pasión. De quien no entiende la jubilación como una clausura, sino como una palabra administrativa incapaz de rozar el territorio verdadero de una vocación. Nos hablaba de Paradas, de la Peña de Miguel Vargas, de su agradecimiento eterno a los que se han acordado de él y de sus cosas. Entre cerveza y cerveza, como si cada sorbo desatara un nudo distinto de la memoria, hablaba del flamenco y de la vida —que para José María son una misma cosa, siempre hilvanada por la lírica— no como quien analiza un género, sino como quien regresa a una patria interior que nunca ha abandonado. Su emoción sigue intacta. Bastaba nombrar un cante, recordar una voz o evocar una noche remota para que en su gesto se insinuara esa conmoción secreta que solo poseen quienes han hecho de la escucha una forma de vivir.
Empezamos hablando con Eduardo Benjumea y, casi sin transición, apareció en la conversación la figura de Francisco Moreno Galván. Porque hay nombres que no se invocan, simplemente acuden cuando la conversación empieza con ayudados por alto en el tercio. Entonces la voz de José María adquirió otra gravedad, como si en ese instante ya no hablara desde la memoria sino desde una fidelidad antigua. Recordamos cómo con Moreno Galván se abrieron nuevas estéticas. Pero José María lo dijo sin énfasis teórico, como quien recuerda la apertura de una puerta por la que entró una manera distinta de comprender el mundo. Habló de La Puebla de Cazalla, de aquellas fiestas levantadas desde la autenticidad con Fernando el del Central, sin artificios, sin decorados para turistas, donde el flamenco era grande porque era verdad. Y esa palabra —verdad— empezó desde entonces a ordenar toda la conversación como una música secreta.
Fue entonces cuando Paradas se hizo protagonista. Y la atmósfera cambió. No apareció como una referencia geográfica, ni como un episodio secundario en una biografía sentimental, sino como una presencia viva, cargada de afecto y de reconocimiento. Cuando José María pronuncia “Paradas” no dice el nombre de un pueblo. Dice una emoción. Le suena a cariño, a amor, a una forma de hospitalidad moral que todavía reconoce como un refugio. Habló de Paradas como se habla de los lugares donde uno ha encontrado no solo amigos o memoria, sino una confirmación de sentido de la vida. Y a medida que hablaba, fui comprendiendo que para él Paradas representa algo más profundo que un escenario del flamenco: representa una reserva de autenticidad, un territorio donde el arte no ha perdido su gravedad. Recordó la seriedad de su afición, esa seriedad entendida no como solemnidad rígida sino como respeto por lo verdadero. Y en ese momento apareció el nombre de Miguel Vargas, que cayó en la conversación con el peso de los nombres que no necesitan explicación. Hubo incluso una breve pausa antes de seguir hablando, como si el propio silencio reclamara sitio para recibir a un cantaor cuya dimensión solo puede comprenderse desde el respeto.
«De pronto comprendí que la fidelidad que José María Velázquez-Gaztelu ha mantenido hacia el flamenco se parece profundamente a la fidelidad con que ha amado: la misma lealtad, la misma persistencia, la misma emoción sin desgaste. Arcos de la Frontera, La Puebla de Cazalla, Moreno Galván, Paradas, Miguel Vargas, la Peña, Nieves, no eran episodios dispersos de una biografía. Eran los compases de una misma soleá, los fragmentos de una sola verdad vivida con coherencia»

Mientras el queso y el jamón iban dejando paso a la ventresca de atún —ya con una copa generosa del caldo glorioso de Sanlúcar de Barrameda—, José María habló de Miguel Vargas como se habla de quienes encarnan un linaje. No insistió en adornos ni en elogios fáciles. Dijo simplemente que tiene verdad. En esa sola palabra quedaba todo dicho. Porque en el flamenco la verdad es una categoría sagrada, religiosa. Algo que no se aprende ni se exhibe. Algo que sucede cuando una voz logra decir lo que otros apenas intuyen. Describió a Miguel Vargas como uno de esos cantaores que no cantan para gustar, sino para revelar. De los que no embellecen el cante, sino que lo dejan desnudo para que aparezca entera su herida.
Y desde Miguel Vargas la conversación desembocó inevitablemente en la Peña Flamenca de Paradas y de su gente, de la que habló con una emoción serena, como quien reconoce no una institución cultural sino una forma de resistencia ante estos tiempos canallas que no entienden de sensibilidades. Porque la Peña, según lo que iba contando, no es solo un lugar donde se canta. Es un espacio donde el flamenco conserva su dignidad, donde el silencio sigue importando antes del primer ayeo, donde todavía pesa más un cante bien dicho que cualquier espectáculo. En tiempos de ruido y simulacro, Paradas, su Peña, su afición y figuras en la memoria como Miguel Vargas representan para él una ética, una estética con cuerpo y alma. Seguir reuniéndose para escuchar, seguir creyendo en lo jondo sin convertirlo en mercancía, seguir sosteniendo la verdad. Esa era, en el fondo, la palabra que regresaba siempre.
En el restaurante Metrópolis, con Pepe Lamarca orbitando la conversación desde el teléfono, José María parecía rejuvenecer al nombrar todo aquello, porque no estaba evocando restos de un pasado extinguido, sino realidades que para él siguen vivas. Hablaba como quien todavía pertenece a ese mundo.
Y entonces, con una mirada limpia y clara, apareció Nieves, su mujer, y la entrevista se volvió confesión. Cuando ella dijo, con una naturalidad que desarmaba, que fue y sigue siendo su primer amor, todo lo anterior adquirió un sentido inesperado. Porque de pronto comprendí que la fidelidad que José María ha mantenido hacia el flamenco se parece profundamente a la fidelidad con que ha amado: la misma lealtad, la misma persistencia, la misma emoción sin desgaste. Arcos de la Frontera, La Puebla de Cazalla, Moreno Galván, Paradas, Miguel Vargas, la Peña, Nieves, no eran episodios dispersos de una biografía. Eran los compases de una misma soleá, los fragmentos de una sola verdad vivida con coherencia.
Cuando nos despedíamos pidió otra copa de Rioja. Martínez Lacuesta, “el de Curro”, dijo, casi sonriendo, que todavía quedaba conversación. Y pensé que esa frase lo definía por entero. Porque José María Velázquez-Gaztelu es justamente eso: un hombre para quien todavía queda conversación, todavía queda cante, todavía queda emoción. Un hombre que no se resigna a jubilarse porque hay vocaciones que no conocen retiro, fuegos que no entienden de apagarse. Mientras siga pronunciando Paradas como quien nombra un lugar amado, mientras siga reconociendo en Miguel Vargas la verdad desnuda del cante, mientras la Peña Flamenca conserve esa seriedad que él admira como una forma de honor, mientras Nieves lo mire como el primer día, seguirá habitando esa continuidad donde memoria, amor y flamenco son una misma sustancia. Y entonces uno entiende que lo verdaderamente grande no hace ruido, no se proclama, no se exhibe. Simplemente permanece. Como el cante verdadero. Como Paradas. Como esos hombres que, aun rodeados por el tiempo, siguen viviendo como si todavía quedara por empezar la mejor conversación. ♦



















































































