Muchas veces a la hora de escribir y de pensar sobre este asunto del flamenco nos preguntamos cuáles son los criterios a tener en cuenta a la hora de valorar sobre este arte: ¿el cómo se hace? ¿Simplemente el cómo suena? ¿La forma de encarnar otros cuerpos? ¿De sentirse poseído? ¿El sentirse poseído de ese algo que no está pero que se siente? ¿El pellizco? ¿El duende? Estas preguntas tampoco esperan respuesta. Acudimos al espectáculo con las ganas y la intención puestas en poder salir de allí con el corazón más encendido, como quien va a ver el mar.
Una apuesta sombría. Los artistas en impoluto negro, salvo Caracafé y su guitarra, manteniendo la nota con un traje de chaqueta y corbata de color azul, siendo el único que estará sentado en la hora y cuarto que durará el espectáculo.
En El Niño de Elche sigue sorprendiendo la capacidad técnica en los poderes de su voz. En «las Voces de la Voz», como dice la cantante Fátima Miranda, que ha sido maestra de Paco. El ilicitano cuida su instrumento vocal ofreciéndonos un sinfín de derivas que no dejan de ser flamencas en cuanto a su condición material: representando problemas fonográficos, del jipío hasta el hipo, del desgarro al grito, afecciones de la voz o de los medios que la rodean que dan evidencia de la vulnerabilidad del cuerpo que la produce, y de cómo va y viene entre recuerdos y aprendizajes. Los registros que posee son elevados, se le ve cómodo tanto con las soleares tocadas por arriba al aire como con los tangos por medio, sin cejilla también, o con las sevillanas al sexto traste. Esta variedad tonal demuestra la capacidad interpretativa que su instrumento vocal produce.
El espectáculo viene motivado por la admiración que tiene el cantaor de Elche hacia el genio gitano Manuel Torre. Va recorriendo los distintos estilos que el cantaor jerezano encarnó hace unos cien años, con la extrema sensibilidad que le caracterizaba. Soleares, bulerías por soleá, tangos, saetas, seguiriyas, los campanilleros de Manué, guajiras, verdiales, fandangos, alegrías y unos tarantos gitanos al estilo de rumba. Todo abanderado por esa tensión tan flamenca entre la pena y la alegría, el luto y la fiesta.
La dulce y sobria guitarra del recién galardonado con la Encomienda de la Orden del Mérito Civil, Emilio Caracafé, haciendo de compañero ideal a los susurros y destellos tormentosos de Niño de Elche, conteniendo en sus manos y en su guitarra un estilo gitano y moderno, propio de esa Triana que fue expulsada hace unos setenta años hacia Las Tres Mil Viviendas de Sevilla. De Las Tres Mil emanó una nueva generación, nuevas formas de trabajar lo flamenco, entre Amadores, Bobotes y Varetas. Un conjunto humano que supo darle un sello propio a ese barrio que aún hoy sigue viviendo flamenco, como modo de hacer, como modo de estar, como modo de vivir.
«Niño de Elche en su voz, en sus voces, encarna un cuerpo que son muchos cuerpos. Elabora un mapa sensitivo del que nos hace perdernos, pues, como dice García Lorca, se oyen voces no se sabe de dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen»

El cuadro estuvo acompañado por Jorge Peralta y Pere Martínez, que acomodaron palmas y voces, alentando y arrancándose con algunas saetas y tonás. Todo esto en un ambiente de cuarto de fiesta, de lugar ritual en el que la reunión entre amigos se dispone para el disfrute. Con un tratamiento lumínico que ayudaba a sumergirnos en el misterio y la fantasía, diseñado por Azael Ferrer.
Los cuatro jinetes fueron llevando por el escenario este Cante a lo Gitano a un público cántabro ofrecido y conectado. «¡Músicos!, ¡dale!, ¡te amo!, ¡olé!», se escuchaba entre las doscientas personas que se situaban de pie en la sala del Escenario Santander.
«Flamenco, flamenco, flamenco, flamenco», jaleaban los artistas, mientras se iban sucediendo unas letras por tonás. El término «flamenco» hacía de ole. Decían «flamenco» en vez de ole, el vocablo resituado, mutado. Nos acordamos de aquello que cantaba Pastora Pavón: «El ole es una palabra que no tiene explicación». Un intercambio de significantes que aumenta el significado, flamenco como ole, flamenco expandido, esa transmisión, ese contagio. Un flamenco que anima, que es sujeto, el que canta, y a su vez es la emoción que produce. Un flamenco que no es solo una cosa. «El ole/flamenco es como una cosa que sale del corazón», continuaba aquella bulería de La Niña de los Peines.
Niño de Elche en su voz, en sus voces, encarna un cuerpo que son muchos cuerpos. Elabora un mapa sensitivo del que nos hace perdernos, pues, como dice García Lorca, «se oyen voces no se sabe de dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen». Es importante traer a Lorca, pues hay una correlación directa. Lorca es el que, escuchando a Manuel Torre, elabora el concepto del duende, diciendo de él que es el artista con más cultura en la sangre, convirtiendo al jerezano en mito y su forma de transmitir en filosofía.
Eso del duende nos conecta con un lugar de agitación. Un momento en el que algo nos sacude, en el que el cuerpo reacciona hacia lo ya ocurrido. Como decía el poeta granadino, no se sabe bien ni dónde ni lo que es. Ahí reside la fuerza del flamenco, del duende, en la capacidad para emocionar. Poder atravesar los muros de nuestro cuerpo, de nuestros cuerpos, que no es uno, que son varios y que siempre están en constante cambio, con la intención puesta en la emoción, la emoción hecha forma. Una duda, un choque, una conmoción, agitados como con una ola del mar.
Ficha artística
Cante a lo gitano, de Niño de Elche
Escenario Santander, Santander
21 de Febrero 2026
Aforo: Medio lleno
Cante: El Niño de Elche
Guitarra: Emilio Caracafé
Palmas y voces: Pere Martínez y Jorge Peralta















































































