Sucedió entre el 17 y el 18 de julio de 1936. Una conjura de militares y civiles promueve una sublevación militar contra el Gobierno del Frente Popular encabezado por Manuel Azaña, elegido presidente en los comicios democráticos de febrero de ese mismo año. La idea de reemplazar el sistema de la Segunda República por un régimen autoritario que “restituyera el orden” en España tras meses de fuertes tensiones políticas triunfa solo parcialmente, y en numerosos lugares encuentra una feroz resistencia. Se desata así una Guerra Civil que se prolongará durante tres años y dejará un saldo de más de medio millón de muertos.
El flamenco, como fenómeno fuertemente enraizado en la cultura española, no fue ajeno a estos hechos atroces. Y habiendo sido hasta ese momento el grito de los oprimidos, tampoco iba a pasar desapercibido en una confrontación que no solo se disputaría el poder político, sino que también redibujaría el orden social.
Ahí está la memoria de José Ruiz Arroyo, apodado Corruco de Algeciras a pesar de haber nacido en La Línea. Conocido sobre todo por sus fandangos de fuerte compromiso, murió con las armas en la mano en la batalla del Ebro; al parecer defendiendo el bando nacional, después de ser reclutado a la fuerza por las tropas nacionales, si bien las letras que cantó no dejan lugar a dudas sobre sus simpatías ideológicas: Un grito de libertad/ dio Galán y García Hernández./ Tembló el trono y la Corona/ y con dolor hizo triunfar/ la República Española.
Otro caso similar es el de Antonio García, popularmente conocido como Chaconcito, que entregó la vida en la defensa del orden constitucional, en el frente de Madrid, donde se dice que improvisaba coplas contra el avance de los sublevados.
Tampoco se ha olvidado la figura de Pedro Martín Alonso, El Chato de las Ventas, cantaor toledano de acentuada vis cómica que encontró la muerte en Cáceres, donde la guerra pilló a su compañía de turné, el 3 de noviembre de 1936. Mientras que algunas fuentes señalan que le sobrevino un infarto de miocardio al conocer la noticia de su inminente fusilamiento, su familia ha insistido hasta ahora en desmentir esa versión y asegura que fue brutalmente apaleado y finalmente pasado por las armas.
Lo que parece seguro es que las guerras civiles perjudican seriamente la salud. Los horrores vistos, oídos o sufridos en propia carne dejaron una huella indeleble en varias generaciones de españoles, condenados a sobrellevar sus existencias entre traumas incurables e innumerables secuelas físicas, por no hablar de los devastadores efectos sobre la economía del país.
«Los mismos flamencos que habían sido perseguidos y masacrados pasaron con el tiempo a ser vistos como los mejores embajadores de aquella España que se proyectaba al exterior. Empezaba una nueva época en la que se fundarían los festivales de verano, surgirían peñas y concursos por toda la geografía nacional… Y nacería el flamenco protesta»

Mataron a mi padre/ una madrugá./ De un día mu grande y señalao/ de la cristiandad, cantó Luis Caballero Polo recordando a su padre, minero de Aznalcóllar, fusilado por sindicalista y republicano. Él mismo fue condenado en 1937 a veinte años de prisión menor por el delito de auxilio a la rebelión, cuando contaba apenas 17. Desde la ventana de su celda, Luis pudo ver un día a su madre caminar por la calle de luto y descompuesta, y así supo lo sucedido. También el añorado Farruco recordaba el fusilamiento de su padre, comandante del Ejército Popular Republicano al frente de un batallón de payos y gitanos, y los años de prisión padecidos por su madre por cavar trincheras en Madrid.
Y aunque nunca los hayamos oído cantar, toca evocar una vez más a los poetas que mejor han inspirado a los flamencos, también sacrificados en el conflicto civil: Federico García Lorca, fusilado el 18 de agosto de 1936 en el camino de Víznar a Alfacar, a los 38 años de edad; y Miguel Hernández, fallecido por tuberculosis seis años después, tras conocer de primera mano los rigores de seis prisiones franquistas.
Otros muchos artistas lograron salvar sus vidas, pero experimentaron el drama de la prisión y el exilio: Antonio Pérez Guerrero, El Sevillano, preso en el campo de concentración de Las Agustinas, en Murcia; Juan Pérez Sánchez, Canalejas de Puerto Real, en la cárcel de Los Chupones, en su ciudad natal; o José Cintas Martín, El Niño de Cazalla, condenado a ocho años de encierro, al cabo de los cuales encontró en su casa destrozados los discos de pizarra que había grabado, y su nombre condenado a la muerte civil al no obtener la renovación de su carné de artista.
Por su parte, Angelillo y Miguel de Molina –después de sufrir una paliza por su condición homosexual– buscaron refugio en Argentina, mientras que El Niño de Utrera acabó recalando en Chile. Todos ellos murieron lejos de la tierra que les vio nacer.
La guerra civil abrió las puertas a una dictadura franquista que se prolongó 35 años. En ese tiempo siguió ejerciéndose la represión, el encarcelamiento, tortura y ejecución de quienes eran considerados enemigos del régimen, así como la censura activa sobre la actividad artística.
Con el tiempo, los mismos flamencos que habían sido perseguidos y masacrados pasaron a ser vistos como los mejores embajadores de aquella España que se proyectaba al exterior. Empezaba una nueva época en la que se fundarían los festivales de verano, surgirían peñas y concursos por toda la geografía nacional… Y nacería el flamenco protesta.
Los nombres citados son solo ejemplos de tantas y tantas vidas rotas o marginadas, cuerpos mutilados, familias diezmadas, carreras truncadas, patrimonios arruinados, libertades cercenadas… Un quejío colectivo que todavía resuena y estremece el alma del país. Recordarlo no debería suponer un reavivamiento de las ascuas del atávico cainismo carpetovetónico, sino un acto de justicia para con las víctimas inocentes de aquel choque, y un espejo para que los españoles de toda ideología y condición se miren y reconozcan aquello que no quieren volver a vivir nunca más. ♦

















































































