Siempre me resultan demasiadas las concesiones del baile flamenco a la danza contemporánea. Es algo personal. No discuto la estética ni la calidad artística de algunas propuestas o intérpretes. A ver quién le pone puertas al campo. Porque la creatividad y la experimentación son inherentes al arte, que no agota las probaturas. Pero sigo empecinándome en ir a La Bienal o al Festival de Jerez a ver flamenco. Con la mente abierta, sí. Valorando las incursiones vanguardistas en su justa medida y queriendo encajar un ole para salir del patio de butacas estremecido, apenado o feliz. La mera contemplación de la belleza sin la herida o la exaltación de la alegría pocas veces me conmueve. Y es lo que ocurrió con La Materia, de Olga Pericet. Una alegoría de introspección medio flamenca que ensueña la guitarra desde su interior y su origen, plagada de figuras de un virtuosismo técnico incuestionable, con pasajes realmente hermosos visualmente y llenos de movimientos sugerentes, cargados de simbolismo y hasta de exquisita sensualidad. Pero poco flamencos.
Costaba demasiado encontrar los rincones del pellizco. Parecieron hilarantes ciertos jaleos de algún aficionao suelto del público ante el silencio frío y sepulcral con el que se acompañó respetuosamente toda la obra, segunda entrega de una trilogía dancística sobre las afamadas guitarras del legendario Antonio de Torres. Ya sorprendió Olga con La Leona y lo ha vuelto a hacer en este espectáculo junto a Daniel Abreu, bailarín que también posee el Premio Nacional de Danza. De ahí que sea una obviedad reconocer la valía artística de ambos, a los que se les permite casi de todo con ansias en la espera cada vez que se suben a la tarima.
El escenario musical se olvida del cante, en coherencia con el argumento. Pero el elenco es de categoría suprema. Extraordinarias la pulcritud y las composiciones de la sonanta de José Manuel León, soberbio el bajo de Juanfe Pérez y sublime la percusión de Javier Rabadán, cuyas manos albergan los misterios ocultos del pentagrama del compás. Sin embargo, la mayoría del tiempo el sonido evoca más la banda sonora angustiosa de una película de suspense e intriga que de una obra flamenca. Aunque se intuyeron momentos seguiriyeros, de soleá por bulería, una petenera curiosa y distinta, unos tangos –quizás– y un ‘fin de fiesta’ por bulerías cuanto menos singular.
«Una alegoría de introspección medio flamenca que ensueña la guitarra desde su interior y su origen, plagada de figuras de un virtuosismo técnico incuestionable, con pasajes realmente hermosos visualmente y llenos de movimientos sugerentes, cargados de simbolismo y hasta de exquisita sensualidad. Pero poco flamencos. Costaba demasiado encontrar los rincones del pellizco»

La madera es la materia. Y el cuerpo. Olga y Daniel juegan con la densidad y las texturas. Los tablones se disponen por el suelo y lo mismo sirven de apoyo que de tablao. Los torsos están firmes. Inicialmente se mueven como marionetas, duros y recios. Pero a medida que se manosean se vuelven dúctiles y maleables, así como la materia se transforma en sus tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Sin que recurra la metáfora a esta concepción, se me antoja ilustrarlo o sentirlo de esta manera, estableciendo una analogía temporal de principio a fin del espectáculo o al menos visualizando su reflejo en las formas, ya que Olga transitó desde el silencio, la oscuridad y la rectitud sólida, hasta acabar desatada y con el pelo suelto por bulerías jaleándose en lo etéreo y jovial, pasando por una etapa fluida donde toda ella eran curvas en la manos de Abreu, que la cogía, la soltaba en el suelo, la subía a hombros, la acariciaba, la retorcía y la moldeaba –a veces con gestos acrobáticos– como se amoldan los aros de la bajañí y se pule a muñequilla la tapa del instrumento con pasión, entrega, tiempo y delicadeza. Así lució Olga en los brazos de Daniel.
Fueron hermosos los pasos a dos, magnífica la petenera y los momentos con el mantón, aunque sea un sacrilegio la forma de lanzárselo uno al otro, enrollarlo y hasta alguna vez pisarlo, sin pretensiones de ruptura iconoclasta. Se proyectó la imagen de una leona sobre la tela, en recuerdo a su obra anterior. Muy sugestiva además la pieza en la que Abreu danza con dos guitarras en sendas manos. Y cuando Olga se hace sonanta con un mástil metido entre el vestido por la espalda.
Al final, las luces estroboscópicas y los flashazos, junto a un puñao de pies de micros, simularon el fin de fiesta trepidante, incluso con ruidos molestos, en el que Olga baila particularmente espléndida por bulerías y con muchísima reverb entona los típicos y tópicos jaleos del flamenco. Ese que se redujo a su mínima expresión, pero que también estuvo.
La Materia, dice ella, «es mi trabajo más intimista, un viaje creativo, muy físico, que busca un flamenco en su hueso, innovador y desnudo. Un flamenco que se dilata. Es madera, vibración, verdad». Pero… ¿dónde te digo ole?
Ficha artística
La Materia, de Olga Pericet
Festival de Jerez
Teatro Villamarta, Jerez de la Frontera (Cádiz)
22 de febrero de 2026
Baile: Olga Pericet y Daniel Abreu
Guitarra: José Manuel León
Bajo: Juanfe Pérez
Percusión: Javier Rabadán




















































































