En 1991, a mi regreso del año que pasé en Cuba, y después de casi una década en Viena, me instalé tres meses en casa de mi “hermanajo” Rafa, el hijo mayor de la mujer con la que se casó, ambos en segundas nupcias, mi difunto padre. Rafa me acogió en su casa de la sevillana calle Relator, que nace en San Luis (Pumarejo), cruza Feria y desemboca en la Alameda, es decir, en el corazón de la flamenquería. Aquellos meses los dediqué a investigar en la Biblioteca de Estudios Iberoamericanos de la calle Alfonso XII, hoy Residencia de Investigadores y Biblioteca de Sevilla. Allí fotocopié buena parte del archivo que durante tres décadas he ido recopilando acerca del impacto del Nuevo Mundo en la conciencia del Viejo, el tema de mi vida. Por supuesto, financiado por mí, ya que apenas he tenido ayuda pública para mi formación y menos para mi labor de indagador del pasado del flamenco, siempre me he autofinanciado. Solo una vez el Ministerio de Cultura me ayudó para mis estudios en Viena, trescientas mil pesetas en diez años, 180 € al año. Menos mal que uno ha sido siempre muy apañao y me he sabido buscar la vida. Con una guitarra siempre tendré un plato de comida y un catre donde dormir. Es lo bueno de que no se te caigan los anillos por nada.
Confieso que por entonces no tenía ni idea de la importancia que ha tenido ese barrio macareno en la historia del flamenco. Y no lo descubrí por la mucha información que existía entonces respecto al papel que jugaron esas calles y plazas, aparte de la estatua de Caracol y el busto de Pastora, lo supe mucho después, leyendo a los que saben. Me crucé cientos de veces la Alameda, y andando Amor de Dios y Tarifa llegaba a la Plaza del Duque, y de allí a Alfonso XII. Todos los días ida y vuelta. Tampoco supe que justo en la confluencia de Amor de Dios con Tarifa estuvo el famoso Café del Burrero, donde el gran Silverio dio sus primeros pasos como empresario y artista, y que por aquellas calles deambularon antaño todos los flamencos que supieron hacer de su arte una profesión. La ignorancia del neófito.
Eso sí, no me olvido del calor, algo que Sevilla siempre me ha obligado a padecer, porque la Bienal toca en septiembre y me ha tocado ensayar muchas bienales durante el mes de agosto, sobre todo con el gran Javier Barón. Muchas veces he sufrido “los calores de Híspalis”, que bien podía ser el nombre de una chirigota.
«Todo empezó en Sevilla. En el bendito barrio de la Macarena, donde la espuma del flamenco nació, creció e hizo grande el género. Y yo, un gallego de Vigo, que jamás soñó llegar donde he llegado, trabajar con quien he trabajado, conocer a quien he conocido, tener amigos tan ilustres como he tenido y tengo, haber logrado el cariño de parte de la profesión y el ninguneo de la otra, como debe ser, es toda una bendición»
Siempre he sido ratón de biblioteca. Me sueltas en un archivo y se me pasan las horas sin darme cuenta. Ya no digo nada si está repleto de incunables y documentos que nadie ha visto desde hace siglos. Me siento una especie de Indiana Jones de pacotilla, sin riesgo, pero enamorado de poder revelar lo oculto. Me chifla. Y que conste que no lo hago por ponerme medalla alguna, como persiguen muchos compañeros. Eso, la verdad, me da igual, que la vida son cuatro días y dos está lloviendo. Nadie sabe las horas que he pasado en mi vida estudiando el pasado para comprender el presente. Hay quien prefiere recopilar el presente para reunirlo en un volumen y facilitar la labor al estudioso. Encomiable labor. Pero lo que a mí «me copa», que dirían los Luthiers, es encontrar, después de un mes revolviendo papeles, aquel que viene a aclarar algún enigma o resuelve el entramado de una leyenda, muchas veces maltraída por despistados investigadores que buscan solo lo que quieren demostrar, cuando la investigación histórica muchas veces, casi siempre, te lleva la contraria, y lo que encuentras contradice totalmente lo que tú, a priori, has concluido. Por eso soy partidario de rehuir los prejuicios, es más sano concluir que elucubrar.
Aquellos meses en Sevilla fueron los primeros pasos que venía dando en la investigación, teniendo bastante claro el camino a seguir. Había estudiado la carrera de musicología en Viena, que no es mal sitio para esa especialidad, y aprendí un montón junto a Danilo Orozco los meses que estuve en su casa de Santiago de Cuba. Aquel titán de la musicología me ayudó a ordenar todo lo que había aprendido en Austria, no en vano él era Suma Cum Laude por la Humboldt de Berlín, un sabio. Pero fue en Sevilla cuando por primera vez estuve solo ante el peligro, ante un mar de libros, artículos y escritos sobre la historia común de España e Hispanoamérica. Fotocopié cientos de páginas que he ido subrayando todos estos años, aprendiendo sobre un tema que nunca antes había estudiado. Fue un verano productivo, puso las bases de todo lo que sé sobre América en el flamenco. No me refiero a datos sino a las ideas.
Tuve mucha suerte: después de aquel estío sevillano entré en Deutsche Grammophon y aprendí todo lo que hay que saber sobre la industria de la música, trabajo que abandoné para hacer los libros de música para cuatro cursos de enseñanza primaria, por encargo de la editorial SM. Pensar en la manera de explicar la música a los peques es como se aprende de verdad. Siempre digo que cuando más aprendo es dando clase. Pero, sobre todo, he sido el más dichoso de los flamencos a partir del día en que Antonio Gades quiso que le ayudase a componer la música de su último ballet, Fuenteovejuna, que, claro que sí, hicimos todos a una. Una vez completada me ofreció ir de tercer guitarrista en la compañía y ahí es donde aprendí de verdad lo que es el flamenco. En el escenario junto a un genio de la danza y su compañía, y en los camerinos del mundo entero con aquel grupo de artistas que me dieron un máster en flamencura, mi querido Antoñito Solera, en paz descanse, Manuel Rodríguez El Perdi, Gómez de Jerez, Enrique Pantoja, Manolo Sevilla y Gabriel Cortés. Mil días en mil teatros aprendiendo el oficio.
Y todo empezó en Sevilla. En el bendito barrio de la Macarena, donde la espuma del flamenco nació, creció e hizo grande el género. Y yo, un gallego de Vigo, que jamás soñó llegar donde he llegado, trabajar con quien he trabajado, conocer a quien he conocido, tener amigos tan ilustres como he tenido y tengo, haber logrado el cariño de parte de la profesión y el ninguneo de la otra, como debe ser, es toda una bendición. Solo puedo decir que el flamenco es mi vida, y si a mí me quitan de que lo quiera, yo no sería español, sería de otra nación cualquiera. Las cozas.


















































































