Nacida en Berlín, la vida de Catalina Mora cambió para siempre cuando, a los 15 años, el flamenco se cruzó en su camino. Hizo su carrera como bailaora, se casó con el bailaor Miguel Ángel Espino y ambos impulsaron el Festival Flamenco de Stuttgart, consolidado como cita de referencia en Europa, que está a punto de celebrar su decimosexta edición. La artista y gestora cultural ha querido recordar el camino recorrido para ExpoFlamenco, que estará presente en esta cita.
– Mucha gente en España desconoce aún el Festival de Stuttgart, a pesar de que tiene ya dieciséis años de trayectoria, y eso es mucho tiempo. ¿Cómo lo definiría?
– Sí. Llevo ya dieciséis años haciéndolo, por pura ilusión y porque soy bailarina. Aprendí flamenco en Madrid y en Sevilla, en los años ochenta y noventa. Después hice mi propio teatro y mis propias obras, hasta que me di cuenta de que en Alemania existía el Festival de Düsseldorf, que tenía mucha categoría y que, lamentablemente, ya no existe. Conseguí convencer a los políticos de aquí, que fue casi un milagro, porque Stuttgart es una ciudad de Mercedes, Porsche, Siemens, Bosch… Muy industrial, pero con mucho dinero y con políticos realmente interesados en la cultura. Gracias a la industria vive aquí muchísima gente de fuera, y los políticos saben que una única cultura no sería suficiente para una sociedad tan diversa. Así conseguí que el festival de flamenco se convirtiera en una institución. Ya no tengo que temblar cada año pensando si habrá dinero o no. Tengo una subvención fija y eso permite hacer planes, aunque ahora mismo también están recortando bastante.
– ¿Cómo se defiende de esos recortes?
– Siempre digo que hay que invitar a los mejores artistas para mantener el nivel y enseñar al público la belleza del flamenco. Hay que mostrarles lo que realmente es este arte, porque mucha gente ha conocido el flamenco solo en un hotel de Mallorca o en un espectáculo para turistas y todavía piensa que es simplemente algo divertido. En el festival intento enseñar la seriedad y la profundidad del flamenco.
– ¿Cómo descubrió usted el flamenco, cómo llegó a él?
– A los 15 años asistí a una clase de flamenco y sentí que era lo mío, aunque ya estaba muy arraigada en el ballet clásico. Después de terminar mis estudios de bailarina clásica en Viena, les dije a mis padres que quería estudiar flamenco de verdad. Me fui a Sevilla y aprendí durante años con Loli Flores, que era la bailaora de Los Gallos. Durante meses me enseñó con muchísima paciencia. En aquella época no había cámaras ni vídeos: solo bailar, sentir y memorizar. Un día me preguntó: «¿Por qué quieres aprender flamenco?». Yo no podía explicarlo. Solo sabía que era un amor muy profundo por este arte. Aprendí con ella la bata de cola y todavía conservo una de las suyas. Después empecé a trabajar y, por casualidad, llegué a Stuttgart. Carlos Saura, después de su película Carmen, hizo aquí la ópera Carmen. García Navarro dirigía la orquesta. Hice la audición en Madrid, me eligieron y así, casi por casualidad, terminé viviendo aquí.
– ¿Y en qué momento piensa: «Creo que puedo bajarme del escenario y crear un festival»?
– No fue algo que me costara. Yo ya había creado una obra sobre Lorca con dos actores, después hice La Petenera, con una película rodada en Sevilla, y más tarde quería montar un Don Juan moderno con un gran director de escena. En ese momento me di cuenta de que tenía muchísimas ideas para el escenario. Pensé que era mucho más fácil sustituir a una bailarina como yo que sustituirme como directora. Desde entonces tuve claro que quería dirigir, elegir y producir. Estoy muy bien en ese papel y nunca he sufrido por dejar de bailar. Cuando veo bailarinas detecto enseguida los defectos, porque sé cómo es bailar. También sé cuándo alguien es realmente muy bueno, cuándo una obra está bien construida, cuándo la iluminación funciona, cuándo el hilo conductor tiene valor. Todo eso me interesa mucho más. Me bajé del escenario y tengo suficiente con ese otro escenario. Ahora hablo con la gente, presento espectáculos y trabajo desde otro lugar, pero siempre dando un paso atrás para dejar que los artistas sean quienes brillen.
– ¿Cómo fue aquella primera edición de 2010? ¿Difícil?
– Tenía muchísimo miedo. No sabía realmente cómo iba a salir. Recuerdo que Oliver Farke, que era el director de la revista ANDA y con quien tenía mucha confianza, me dijo: «Un festival tiene que ser un festival». Me explicó que tenía que invitar también a otras personas además de los artistas. Por ejemplo, invité al director de cine Peter Zempel, que había hecho la película Flamenco mi vida. Es un personaje increíble. Venía muy preparado para hablar, digámoslo así. Por suerte tenía a mi lado gente que me aconsejaba y comprendí que un festival no consiste solo en producir espectáculos o impartir cursos. Hoy el festival tiene varias columnas. Por un lado, están los grandes profesionales y compañías, como este año Manuel Liñán y todos los artistas invitados. Pero también existe la columna de los flamenquitos©, un nombre que registré. Ahí los aficionados pueden bailar diez minutos en un escenario profesional. Muchos amateurs invierten muchísimo dinero en clases y en vestuario, pero nunca tienen la oportunidad de actuar. Eso abrió el festival a muchísimo más público. También fundé flamenquitos go Europe. Cada año invito a un grupo de niños de un país distinto. Busco financiación para ello, tienen que ser menores de dieciocho años, bailan en la noche de los flamenquitos©, reciben una beca durante el festival y, al final, un certificado. Puede parecer una idea pequeña, pero cuando veo el efecto que produce en las nuevas generaciones siempre me da fuerzas para seguir invitando a niños. Además, siempre organizamos actividades paralelas. Este año, por ejemplo, tendremos la película Rojo Clavel, de Manuel Liñán, como parte de ese programa complementario.
«Yo viví una época en la que todavía no existía el turismo flamenco. Hoy, por ejemplo, en Jerez veo que la mayoría de los alumnos son japoneses y gente de muchos países. Cuando yo estudiaba con Loli Flores era la única alumna extranjera. Eso tiene cosas buenas y malas. Lo malo es que hoy cualquiera, sin una formación sólida ni una verdadera disciplina de baile, abre una escuela de flamenco. Lo bueno es que el flamenco ha llegado a personas de todo el mundo»

– Ya es la tercera vez que viene Manuel Liñán al festival…
– Sí. Ya había traído Baile de Autor y el año pasado VIVA!! Hace dos años vi Muerta de Amor en la Maestranza de Sevilla y pensé: «Esto es tan grande que tiene que venir al festival». Claro que el año siguiente también hay que hacer una pausa e invitar a otros artistas, como José Manuel Álvarez, por ejemplo. Hay muy buenos creadores y siempre tengo que buscar un equilibrio. Por eso también organizo la Gala de Bailaoras. El público, de vez en cuando, se cansa de ver tantos hombres en el escenario y no quiero que llegue un momento en que me digan: «Ya hemos visto suficientes». Por eso el 2 de agosto celebramos la Gala de Bailaoras, donde solo bailan mujeres, y al público le encanta.
– Le quería preguntar también si el festival ha servido para que no solo haya más afición en Stuttgart, sino también para que hayan surgido músicos, bailaores o gente que haya decidido dedicarse al flamenco y no solo ser espectadora.
– Yo diría que sí. Además, ya no viene solo gente de Stuttgart: vienen de Austria, de Holanda y de muchos otros sitios. Ya es un festival para toda Alemania, porque ahora mismo es el único festival de flamenco que queda en el país. Berlín no hace nada, Hamburgo tampoco y Düsseldorf ya no existe. He visto a muchos aficionados marcharse a vivir una temporada en España para profesionalizarse. Eso sí lo he visto muchas veces. Alumnos que ya bailaban muy bien y que decidieron seguir aprendiendo allí. Otra cosa es que luego continúen dedicándose profesionalmente al flamenco. Yo viví una época en la que todavía no existía el turismo flamenco. Hoy, por ejemplo, en Jerez veo que la mayoría de los alumnos son japoneses y gente de muchos países. Cuando yo estudiaba con Loli Flores era la única alumna extranjera. Eso tiene cosas buenas y malas. Lo malo es que hoy cualquiera, sin una formación sólida ni una verdadera disciplina de baile, abre una escuela de flamenco. Lo bueno es que el flamenco ha llegado a personas de todo el mundo.
– ¿Cómo es el perfil del espectador habitual del Festival de Stuttgart?
– Tenemos de todo. No se puede decir que solo vengan intelectuales o académicos porque el festival tenga un nivel alto. También vienen muchos jóvenes, gracias a los Flamenquitos. Las familias participan y eso hace que el público vaya creciendo. Tenemos personas de todas las profesiones y de muchísimas nacionalidades. Eso me hace muy feliz. Hay gente que apenas habla alemán y, aun así, se siente cómoda en el festival. Además, creo que hay una diferencia importante respecto a otros festivales: el Festival de Stuttgart está activo durante todo el año. No existe solo durante la semana de verano en la que celebramos la programación principal. Durante todo el año organizo actividades: por Internet, enseñando una coreografía, proponiendo encuentros… La gente me manda vídeos desde Trieste, Estocolmo y muchos otros lugares. Intento que nunca se aburran. A veces pienso que ya no tengo fuerzas para motivar continuamente a tanta gente, pero ese es el papel que tengo y debo asumirlo.
– ¿Hay alguna actividad que nunca falle en el festival? Algo que sepa que siempre va a funcionar…
– Además de artistas como Manuel Liñán, siempre funciona la gala. Desde el primer año hemos tenido una gala: gala flamenca, gala de bailaoras… siempre una gala. El público quiere ver estilos diferentes. Este año estará Laura Fúnez, que es un auténtico fenómeno. Cómo baila, cómo salta… Es una bailaora extraordinaria. Ese tipo de artistas siempre convencen al público.
– ¿Hay algo que, en cambio, piense que podría encajar en otros festivales, pero no en el de Stuttgart?
– No. Aquí cabe todo. Si ves el espacio donde se celebra el festival lo entenderás. Es un edificio muy antiguo, con ventanales enormes. Tiene un ambiente muy especial, casi bohemio. Hay una gran sala de baile, un bar exterior y mucho espacio para que la gente se quede después de los espectáculos tomando algo y hablando. No es un sitio al que se va solo a ver una función y marcharse. El teatro está al lado y todo invita a quedarse. Creo que la gente se enamora mucho de ese lugar.
– En estos dieciséis años, ¿cuáles han sido los momentos más importantes que ha vivido con el festival?
– Para mí, el mayor logro ha sido convertirlo en una institución. La entidad que lo gestiona es una organización sin ánimo de lucro. Eso significa que el festival tiene una base sólida. Ya no depende de la casualidad ni de que un año exista y al siguiente desaparezca. Tiene un fundamento económico y político, y creo que eso es esencial para los artistas y para poder seguir creciendo. Otro momento muy emocionante es cuando llega el público al teatro. Siempre pienso: «No puede ser que haya venido tanta gente». Todo empezó siendo solo una idea y, de pronto, ves el teatro lleno. Este año, por ejemplo, Muerta de Amor reunió a mil personas. Esos momentos compensan todo el esfuerzo. Y también cuando veo que los artistas están realmente felices con el trato que reciben. Tengo un gran equipo y tengo que nombrar a mi marido, Miguel Ángel Espino, que también es bailaor. Sin él sería imposible. Es mi mejor consejero, mi apoyo constante. Los dos compartimos el mismo amor por este proyecto. Yo soy quien comunica, organiza y planifica, pero todas las decisiones importantes las tomamos juntos.
«Un momento muy emocionante es cuando llega el público al teatro. Siempre pienso: no puede ser que haya venido tanta gente. Todo empezó siendo solo una idea y, de pronto, ves el teatro lleno. Este año, por ejemplo, ‘Muerta de Amor’ reunió a mil personas. Esos momentos compensan todo el esfuerzo. Y también cuando veo que los artistas están realmente felices con el trato que reciben»

– ¿Ha habido algún momento malo? ¿Alguna situación en la que lo haya pasado realmente mal?
– Sí, aunque ahora mismo lo que más temo son los vuelos. Las maletas no llegan, cambian los horarios… Ya no puedes comprar un billete pensando que los artistas llegarán con tres días de margen y tendrás tiempo de reaccionar. He hecho auténticas locuras para sacar artistas de un aeropuerto y conseguir que llegaran a tiempo a la actuación. Y no por culpa mía. Yo nunca compro los vuelos más baratos, pero aun así cambian los horarios, cancelan conexiones, se pierden las maletas… Recuerdo que Alicia Márquez llegó para la gala sin sus zapatos y sin su vestuario. Me pasé toda la tarde llamando a muchísima gente para que me prestaran ropa para ella. Esas son las cosas que te desesperan. Intentas llamar a Lufthansa y nadie responde al teléfono. Son momentos en los que piensas: «No vuelvo a hacer esto nunca más».
– Lo conozco un poco. Yo no organizo festivales de flamenco, pero sé que siempre ocurre algo: una maleta perdida, alguien que pierde el tren, un retraso… Pero usted me decía que el festival tiene apoyo institucional. ¿Cuáles son los principales patrocinadores?
– El principal es el Gobierno de Stuttgart. La ciudad financia instituciones culturales como la Ópera de Stuttgart y el festival recibe una ayuda dentro de esa política cultural.
– ¿Y también hay apoyos privados?
– Sí. Durante la pandemia escribí un libro con fotografías y textos sobre los diez primeros años del Festival de Flamenco de Stuttgart. Reunimos todas las imágenes de esa primera década y quedó un volumen muy bonito. Lo publicó una empresa de arte muy importante de Leipzig y, gracias a ese libro, pude abrir muchas puertas y conseguir nuevos patrocinadores. Lo utilizo para presentar el festival y explicar que apoyar este proyecto no significa solo aportar dinero, sino formar parte de algo que ya tiene una historia. Uno nunca puede quedarse quieto. Hay que seguir moviéndose. La pandemia fue un momento muy difícil, pero pensé: «Si ahora no puedo tener un escenario, mi escenario será un libro».
– ¿Qué figura del flamenco no ha ido todavía a Stuttgart y le gustaría llevar?
– A Miguel Poveda. También me gustaría traer al Ballet Nacional de España, al Ballet Flamenco de Andalucía y a Patricia Guerrero. Me encanta. Ella ya está invitada y este año viene una de sus bailaoras, Araceli Muñoz. Además, tengo un teatro lo bastante grande como para acoger compañías de ese nivel.
– Y la pregunta más difícil: si pudiera resucitar a una figura del flamenco para invitarla al festival, ¿a quién elegiría?
– A Loli Flores. Le debo muchísimo. Igual que a mi padre, sin ella nada de esto habría sido posible. Una vez fui a un tablao de Tokio. Ya había cerrado cuando yo fui, pero todavía permanecía la placa con los nombres de todos los artistas que habían actuado allí y el primero que aparecía era el suyo. Ella me contó que tuvo que marcharse seis meses a Japón para trabajar. No quería dejar Sevilla, pero en aquella época era la única manera de ganar dinero. Estoy segura de que fue uno de los sacrificios más grandes de su vida. Era una artista muy importante en la Sevilla de aquellos años y siempre ocupará un lugar muy especial para mí.
– Para terminar, ¿qué le diría a quien lea esta entrevista, para invitarlo a conocer Stuttgart y el festival?
– Yo diría que Stuttgart está en el corazón de Europa y que allí existe un castillo del flamenco construido a mano, paso a paso. Claro que hay festivales más grandes, pero el nuestro está hecho con muchísimo corazón. Es un lugar donde los artistas se sienten muy acogidos y donde todo está pensado para que el flamenco se viva de verdad. ♦

















































































