Antonio de Triana (Antonio García Matos, Sevilla 1906 – El Paso, Estados Unidos, 1989) fue un importante bailaor, desconocido para muchos, pero fundamental en carreras como la de Carmen Amaya, a quien enseñó a bailar con orquesta y con quien tuvo que pelear mucho para que se ajustara a los montajes que el empresario Sol Hurok ideaba para ella, con la idea de convertirla en una estrella en Estados Unidos y hacer rentables sus espectáculos, como así fue.
Hermano del músico Manuel García Matos (no confundir con el experto musicólogo de Plasencia del mismo nombre), Antonio de Triana estudió en las academias del Maestro Otero y Frasquillo, con formación también en música. Debutó siendo todavía un niño con la bailaora La Quica, en un espectáculo de La Argentinita. En 1920 decidió viajar a Nueva York, donde entró de forma ilegal. Trabajó con la Argentinita en diversos espectáculos tras su vuelta en 1929 a España, entre ellos, el montaje de El Amor Brujo, que se estrenaría en 1933. También trabajó con ella en años posteriores en Francia y otros escenarios europeos, tras su llegada a París en 1936, y en giras por Argentina y Norteamérica desde 1938. Estando en Francia, el empresario Sol Hurok convence a Argentinita para que forme un trío con él, su hermana Pilar López y la guitarra de Montoya, pero este último rechaza la idea de viajar de nuevo a América, tras su experiencia en Argentina. Sería entonces Carlos Montoya el guitarrista de Argentinita en este periplo americano. Antonio de Triana fue maestro de importantes bailaores como Luisillo, Antonio de Córdoba, Rafael de Córdoba, Roberto Iglesias y Manolo Vargas. [1]
Dentro de esta dilatada carrera, el paso de Antonio de Triana por el Teatro Colón de Buenos Aires en la compañía de la Argentinita (¿1939?) nos deja un relato muy interesante sobre un posible baile al “compás” del martinete, bastantes años antes de que Antonio Ruiz creara la primera coreografía oficial del baile del martinete, en 1952, en la película Duende y Misterio del Flamenco de Edgar Neville.
Insertamos aquí varios fragmentos de la entrevista que le realizara Francisco Ramos de Castro publicada en México el 14 de enero de 1940 en Revista de Revistas. [2]
Mr. ANTONIO DE TRIANA. Bailarín español.
Por Francisco Ramos de Castro.
Sobre el doble taconeo, postrero desplante de la “farruca”, ha caído el telón. El aire se agujerea de aplausos. Una, dos, diez veces se alza el rojo belfo, tras la policroma dentadura de la batería, para que la “Argentinita” y Antonio de Triana reciban el estruendoso incienso que les prodiga un público enfervorizado.
Y con el propósito de conocer a este Antonio de Triana, último mantenedor de la escuela clásica en el baile español, nos encaminamos hacia el pasillo de los camarines, de este suntuoso Teatro “Colón” de Buenos Aires.
Cortésmente, nos orienta un portero.
—¿El camarín del Señor Triana?
—Ahí no más.
Ya junto a la puerta, y a uno de solicitar licencia para irrumpir, oímos a alguien que habla dentro:
—“I am going to begin soon. Come as soon as possible”.
Nos volvemos hacia el portero.
—Dispense; a quien deseo visitar es al Señor Triana.
—Y bueno: ahí no más; ya le indiqué.
Se abre la puerta del camarín para dar paso a un mozo de tipo sajón, que se despide.
—“Good by, mister Triana.”
—“Good by, my friend.”
Y volviéndose hacia nosotros, recuperando el acento sevillano:
—¿Preguntaban ustedes por mí? —interroga—. Pase, hágame el favor.
Reconocemos que el hecho de que un bailarín de arte español hable inglés como un vecino de Picadilly Circus, no es para afonizarse exhalando gritos de asombro; pero tampoco es lo corriente.
Antonio de Triana se justifica.
—He bailado en Nueva York más veces que en España. Figúrese usted… Aún era un chiquillo cuando me llevó María Montero.
Mientras habla Triana, con la pintoresca verboriedad de los hijos de la tierra de María Santísima, le observamos, limpio ya de afeites y recuperado su rostro urbano. No me tiene cara de bailarín Antonio de Triana. No parece que sea este mozo cortés el que acaba de trenzar sobre el tingladillo de la escena los complicados arabescos del “polo”, de Albéniz, ni el intérprete admirable de las difíciles “alegrías” ni el ático y socarrón bailarín de la “Danza Castellana”, de Navarro. Nada en su traza ni en su atuendo descubre la profesión de Antonio de Triana, conocido y admirable por los públicos de Europa y Norte y Sudamérica.
Listo para salir, interroga:
—¿Vamos?
—“With much pleasure.”
Triana:
—¡Hombre!…
Y sonríe al tiempo que salimos.
EL BAILE ESPAÑOL.
INTERMEZZO
No soy, ciertamente, un exégeta de la danza española; pero tengo de ella un sentimiento racial, afinado por veinticinco años de periodista y de autor, en frecuente contacto con destacados intérpretes del género. Sobre todas las definiciones del baile, prefiero la de Teófilo Gautier: «El baile es una música para mirarla.» Y estimo que, de entre todos los bailes, el más difícil, el más espectacular y, por lo tanto, el más impresionante, es el baile español.
[…] arte heredado y ensalzado por los gitanos españoles, únicos gitanos con Dios y con patria, de cuyo arte es intérprete magnífico este Antonio de Triana, sacerdote de una liturgia flamenca que se bate en ritmo lento sobre el yunque del «martinete» y que se hace dinámica y garbosa en el alegre peregrinaje, incansable en su ir y venir, de las «bulerías», personal e inimitable en la orgía de su reacción; gran intérprete de un arte que «occidentalizó el sentido oriental, y españolizó a su África, y desesperó a su España, que por todo eso, como afirma Felipe Sassone, quedó sola, inimitable e inmortal».
Por las descripción del periodista, parece que Antonio de Triana haría algún tipo de baile sobre un ritmo lento marcado en el yunque del martinete. El bailarín Antonio Ruiz no usó este recurso del yunque en su legendaria actuación en la película de Neville, donde canta el Pili.

Pero es posible que este embrión de baile por martinete de Antonio de Triana pudiera ser el detonante posterior de la coreografía de Antonio Ruiz, de quien sabemos formó parte de la compañía de Argentinita, por un tiempo, en su periplo estadounidense. Antes de esto, Antonio Ruiz coincidió con Encarnación López, y también con Carmen Amaya y otros artistas en sus giras por Iberoamérica, tras su salida de España a causa de la Guerra Civil. Atiéndase a esta foto donde aparece igualmente su pareja de baile por entonces, Rosario, junto a Sabicas, Argentinita, y otros miembros de la familia de los Amaya, como Antonia Amaya.[3] En el centro, el cantante mexicano Agustín Lara, gran intérprete del género del bolero.

¡Qué no aprenderían unos de otros!
Por su interés, dejamos el resto de la entrevista realizada a Antonio de Triana, un bailaor desgraciadamente muy olvidado, a pesar de su relevancia histórica. Disfruten.
[…]
BAILARÍN POR AMOR, A LOS SIETE AÑOS
—¿Es posible?
—Como usted lo oye. He sido muy precoz para las pasiones. Siete años tenía cuando me enamoré de una chavalilla que vivía en un corral sevillano próximo a mi casa. La chiquilla era loca por el baile y dedicaba sus preferencias al chiquillo que bailaba mejor. ¿Para qué le voy a contar a usted? Me líe a taconeear y a pegar saltos y a tocar los «pallitos», que no paraba un gato en mi casa. Pero a los ocho días era yo el «partenaire» de la coquetuela bailarina.
—Supongo que no será usted un autodidacta. Habrá tenido maestros.
—Digo… El mejor maestro de la escuela clásica: el maestro Otero. Estudié y practiqué con él, y él fue quien me dio el espaldarazo de bailarín a los ocho años.
—¿De práctica?
—De edad. Yo comencé a bailar, profesionalmente, a los ocho años.
LA PRIMERA PAREJA
Formé pareja con una muchachita que bailaba «como los ángeles»: la «Quica». Ojalá lea este recuerdo que le dedico con todo cariño. Fue una de las mejores bailarinas de su tiempo. El bolero en punta, con zapatillas sin tope, no lo ha bailado nadie como ella.
—¿Actúa?
—No. Vive en Madrid, retirada ya, aunque es más joven que muchas de las que actúan. Debutamos en el «Salón Imperial» de Sevilla, anunciados como «hermanos García, pareja de baile en miniatura», el año de 1918. Por cierto que la «estrella» de aquel programa era La Argentinita, mi «partenaire» actual. Tuvimos un éxito grande. Y recorrimos toda Andalucía. Olvidaba decir que, en realidad, mi presentación al público fue en el Café de Novedades, aquel mismo año de 1918, con un cuadro flamenco. ¡Con el mejor cuadro flamenco de entonces! Fíjese: las «bailarinas» eran Malena, La Macarrona, La Gorda, La Fernandoda, La Sardina y La Colebillina. Javier Molina, el «tocador» y el «cantaor» El Tiznao. ¿Qué me dice usted?
—Que eran algo así como una selección del Gotha flamenco.
—¿Qué gota, ni qué chaparrón! ¡Eran el diluvio en el arte café!
—Pero su primera salida…
—A Nueva York. Me llevó María Montero. Ella y Nati, «La Balbafina» fueron las dos mejores bailarinas de aquella época. Y las dos murieron prematuramente. De muerte natural la segunda; trágicamente la primera.
—¿Trágicamente?
—Sí, a María Montero la mató a bastonazos un «admirador» en Nueva York…
—¡Linda manera de expresar la admiración!…
—Se enamoró de ella; María no le hacía caso… Lo eterno.
—¿Actuaba con usted cuando la asesinaron?
—No; sucedió después. Nuestro debut logró un éxito grande, muy grande. Fue mi primera impresión fuerte; algo así como el propio convencimiento de mi arte. Y es que en Nueva York saben paladear el baile. Sin españoladas, ¿eh? Yo no he cultivado ni he admitido nunca la españolada. Por no aceptarla rehusé una buena proposición para ir a Hollywood. Fuera de los países de índole española…
—…de la hispanidad.
—Eso es; fuera de esos países, donde mejor comprenden el baile español es en Nueva York. Y yo he bailado en París y en Londres. Pero ¿cómo le diría yo a usted? En Londres lo aprecian, en París lo ven, pero en Nueva York lo distinguen.
LAS «ESTRELLAS» DE LA DANZA ESPAÑOLA
—Una de mis grandes satisfacciones de artista es la de haber bailado con las mejores bailarinas de mi tiempo: La Quica, María Montero, Amalia Molina —mi madrina, porque ella fue la que me hizo anunciar como Antonio de Triana—, La Argentina y Laura de Santelmo. Ahora, nuevamente, La Argentinita.
—Yo echo de menos un nombre glorioso…
—En efecto; el más glorioso. El de la bailarina única y genial intérprete del baile español: Antonia Mercé «La Argentina». Y siendo el dolor de no haber bailado con ella. Pero estuve a punto. Me contrataba una vez, en ocasión de que yo estaba comprometido con La Argentinita para estrenar «El Amor Brujo», de Falla. Y no pude aceptar. Puede usted creer en la sinceridad de mi sentimiento. Porque La Argentina fue la mejor. De ella se puede decir que ha muerto sin rival.
—Y desaparecida Antonia, ¿cuál cree usted que es la mejor?
—La Argentinita, sin discusión. En el arte coreográfico español, La Argentinita.
—¿Y en los compositores del género?…
—Falla es el más profundo. Albéniz es la gracia melódica. Granados la dulzura. Entre los músicos jóvenes, Ernesto Halffter, hijo de andaluz y alemán, discípulo de Falla.
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[1] Para su biografía recomendamos el libro VEGA DE TRIANA, Rita: Antonio Triana and the Spanish Dance. A Personal Recollection. Harwood academic publishers, Amsterdam, 2008. [1º ed. 1993].
[2] Revista de Revistas 14 de enero de 1940 año XXX, núm 1547.
[3] Foto divulgada hace unos años por Alberto Rodríguez en la red social Facebook. Nosotros la hemos localizado en la publicación Hoy. “Gitanerías. Fiesta íntima en la casa de Carmen Amaya”, México, 10 de Febrero de 1940, de la cual se conserva un ejemplar en el archivo personal de Argentinita. Agradezco a Guillermo Cerón, de la Hemeroteca Nacional de México, su ayuda en la datación de la publicación. En enero y febrero de 1940 Argentinita está de gira por México, donde igualmente está Carmen Amaya y los “chavalillos sevillanos”.























































































