De Jerez al cielo es el título de un espectáculo musical cofrade, de hace al menos más de un lustro, sobre los productos de la Semana Santa de Jerez de los Caballeros, localidad extremeña que no puede confundirse con Jerez de la Frontera, lugar de procedencia de Miriam Méndez, la pianista que ha propuesto un concierto con el mismo nombre.
Méndez, apodada por la prensa asiática como La Princesa del Flamenco, es, igualmente, cantante y actriz, con lo que nos situamos ante una artista capaz de ejercer en cualquier ámbito y que en el Festival de Jerez se ha presentado con su remoquete habitual, La Princesa Descalza, igual que la novela de la escritora estadounidense Christina Dodd (2007).
Ítem más. Méndez, que es sevillana de nacimiento, tiene formación flamenca y clásica, como evidenció en el espectáculo Atlántico: vaivén flamenco, de Pilar Távora (2002), o en sus grabaciones Bach por flamenco (2005), la obra del músico alemán Johan Sebastián Bach adaptada a los palos del flamenco, y Mozart. Sueño flamenco (2009), donde también acomoda la música del compositor austríaco a la métrica flamenca.
Y efectuadas las presentaciones, vayamos a lo esencial. En un espacio con carencias que no es el más idóneo para un espectáculo que acoja el género que es hoy marca España, Méndez abrió la velada muy locuaz, recitando un poema –imposible descifrar la letra por mor del sonido para la palabra–, o haciendo compás sobre un barril, y frente a un venenciador que escanciaba copas con un manejo espectacular.
Por lo que respecta a las composiciones pianísticas, que es a lo que fuimos a escuchar, fue de menos a más, principiando con un “collage” de seguiriya, Beethoven, el Himno de la alegría, de su novena sinfonía, y hasta el Mi yeli, mi yeli, de la boda gitana, todo tan discreto como cuando aborda la fuga contrapuntística de Bach, o el noble pulso que mantuvo en el Romance de la Monja, de El Negro del Puerto, con matices que desde la última fila asociábamos al Adagio de Albinoni.
Todo transcurría con una discreción ensombrecida por la teatralización y por la sobreabundancia de filosofía parda y efectista, hasta que ejecutó la soleá flamenca, desgranada con claridad y afecto, como si en sus manos y su mente latiese un solo aliento.
«Miriam Méndez es un músico versátil, pues lo mismo maneja el instrumento que se pega su pataíta con la intención de explicar a la hora de interpretar, lo que nos lleva a pensar que su pretensión es proyectar un mensaje más allá de la propia concertación, tejiendo así un programa que mira al cielo, donde todo es posible, hasta lo imposible»

A partir de ahí, Miriam Méndez subió el ánimo de crítico. Con una voz que no es un dechado canoro, sí nos atrajo, en cambio, con la ejecución pianística de otros temas, tal que el bolero en aire de rumbas o las sevillanas, temas templados y dulces a la vez, conjugando el buen gusto con la realización, análisis que confirmaría en la taranta con guiños a Mozart, donde las notas conjugan los registros graves con los redondos, lo cantable con el noble lamento, pero sin oscurecer la línea principal de la composición.
Hay un lenguaje más vehemente y sensacionalista en la parodia que hizo de El bueno, el feo y el malo, del spaghetti western de los años sesenta del pasado siglo, así como la canción de la película Pretty Woman que ella amolda a sus vivencias en Madrid, o con Dime, de Lole y Manuel, con la que rindió honores a Manuel Molina, describiendo con esta terna un relato con súbitos contrastes de afecto a la riqueza de la intervención melódica.
Historias familiares y bulerías con acordes que parecían llegados de la Austria mozartiana, alcanzamos el cierre de un concierto-teatro en el que hallamos contrastes entre los pasajes de ardiente pasión verbal y otros de silenciosa fluidez pianística, sin que por ello dejara de mostrar el reto de provocar admiración entre sus seguidores, que desde un principio estimaron las ejecuciones de la artista a la que no paraban de piropear.
Es obvio señalar que los seguidores, por lo general, disfrutan con su artista o familiar, aunque a veces no gocen de las perfecciones musicales, tal que la estimulante interpretación que hizo de la soleá, de muy exitoso resultado, o la introducción de la taranta, a la que aportó energía y un buen gusto descriptivo.
Hay otro rasgo a considerar. Y es que Miriam Méndez es un músico versátil, pues lo mismo maneja el instrumento que se pega su pataíta con la intención de explicar a la hora de interpretar, lo que nos lleva a pensar que su pretensión es proyectar un mensaje más allá de la propia concertación, tejiendo así un programa que mira al cielo –De Jerez al cielo, tituló el concierto–, donde todo es posible, hasta lo imposible.
Pero sin apartarnos del ámbito pianístico, Miriam Méndez aporta en diferentes contextos una forma de burbujeantes estallidos sonoros y divergentes, lo que nos lleva a inferir que plantea texturas y concentraciones cambiantes, lo que quizá explique por qué el espectador acoge su programa desde un amplio rango dinámico, condición que entreteje un fluido resonante y desplegado tanto desde la progresión natural de las tensiones cuanto de los matices y sutiles detalles de la interpretación.
Es la conformación del arco narrativo de Miriam Méndez, la pianista sevillana que ha pasado por Jerez con un prístino equilibrio de composiciones, ejecutadas con una perspectiva cálida, aunque no exenta de aristas reducidas y relieves suaves.
Ficha artística
De Jerez al cielo, de Miriam Méndez
XXX Festival de Jerez
Teatro La Gotera de Lazotea
23 de febrero de 2026
Piano, baile y voz: Miriam Méndez, alias La Princesa Descalza



















































































