El título Los fardos de Pericón, nuevo libro del periodista e investigador Javier Osuna, es un guiño a la conocida anécdota que se atribuye al cantaor Pericón de Cádiz, que con singular gracia hablaba de una goleta de fantasía que encalló en Cádiz, dejando un valioso cargamento de partituras flamencas: algo así como el tesoro fundacional de esta música. El mismo rubro con que Osuna bautizó un blog que ya es referencia entre los aficionados, y cuyas entradas más interesantes acaban de ser reunidas en un libro lujosamente editado por la Diputación de Cádiz.
Cuando se le pregunta cómo surge el investigador Javier Osuna, él responde de inmediato que “primero surgió la afición y lo hizo en un contexto no precisamente propicio. En mi familia no había ningún tipo de antecedentes ni tuve un hábitat favorable para que el flamenco floreciese. Todo lo contrario. Mis hermanos mayores —sobre todo los dos primeros de cuatro— marcaron en mi casa una avanzadilla musical muy distinta: Beatles, Credence, Hendrix, Dylan, Cat Stevens, Deep Purple, Janis, Pink Floyd, Joe Cocker, Simon & Garfunkel, Joan Báez, Víctor Jara, Santana, Paco Ibáñez… Músicas muy bonitas, pero que no tocaban la aldaba de mi corazón o, al menos, no tanto como el flamenco luego sí lo haría. Brotó en las calles del barrio –San José– de una manera natural. De niño leía ensimismado el cartel de la Fiesta de la Parpuja que todos los veranos lucía la puerta de Casa Víquez en la calle Dorotea donde vivía Alfonso del Gaspar, con cuyo hijo jugaba a la pelota”.
Allí, añade Osuna, “con las tribus urbanas y las vaquerías del barrio, absorto ante el pequeño cartel, repetía mentalmente sus nombres como el que recita una lista heroica de Reyes Godos: Juanito Villar, Naranjito de Triana, La Perla de Cádiz, Orillo del Puerto, Beni de Cádiz, Curro Malena, Pansequito, La Paquera de Jerez, Rancapino, Terremoto, María Vargas, Fosforito, Turronero, Lebrijano, Camarón de la Isla… De estos dos últimos adquirí una cinta casete de expositores de gasolineras, un Mano a mano Camarón y Lebrijano, donde José remataba por bulerías con el juguetillo: Tengo una estera (bis) / donde yo duermo mi borrachera. Y en otro: Dame frijones (bis) / y mantequita con chicharrones. Lebrijano, por su parte, decía una versión de La Tarara por bulerías preciosa, para mi gusto más bonita aún que la que luego grabó José en La Leyenda del Tiempo con Ricardo Pachón. Aquella vieja cinta de color verde billar en su carátula, con un título comercial que más bien parecía un reclamo pugilístico, me abrió una puerta maravillosa a un mundo nuevo al nuevo mundo que luego llegaría… del caballo blanco y verde del día y de la noche y que atravesaba a galope horadando con fuerza las tripas de mi emoción; me ‘movía la aguja’ de mi interior, como dicen los colombianos”.
Luego llegaron los primeros libros de flamenco. “Empecé a devorarlos y a crear una biblioteca personal que fue despertando mucho mi interés por la historiografía flamenca: Caballero Bonald y Colita con sus Luces y sombras del flamenco (texto, hoy con más sombras que luces); Fernando el de Triana, con su imprescindible galería fotográfica en Arte y artistas flamencos; Félix Grande con sus dos tomos de Memoria del flamenco (con una narrativa más instalada en la idealización de un proceso con reconstrucciones idílicas), José Blas Vega con su Vida y cante de don Antonio Chacón (trazando el paradigma de cómo había que hacer una biografía), Ortiz Nuevo y sus valiosas trascripciones con Pepe de la Matrona, Tía Anica la Periñaca y Pericón de Cádiz. Sin proponérmelo fui adquiriendo bastante información, despertándose en mí el interés por la investigación”.
El hecho de tocar la sonanta, “autodidacta, con un toque elemental, a lo justo, muy cortito de técnica y a lo barbero (sobre todo en la mano diestra)”, puntualiza, “me abrió el conocimiento de la juerga in situ en las casetas de la playa, acompañando al Kiki de Trille, con una chicharra de grifa que iba rulando de boca en boca y botellas de vino que el público regalaba generoso, mientras los tercios buleaeros del álbum Samara, que había salido ese año del setenta y siete, brotaban con fuerza en boca del Kiki: La que me lavó el pañuelo fue una gitanita mora / mora de la morería / me lo lavó en agua fría / me lo tendió en el romero…
«Aquella vieja cinta de color verde billar en su carátula, con un título comercial que más bien parecía un reclamo pugilístico, me abrió una puerta maravillosa a un mundo nuevo al nuevo mundo que luego llegaría… del caballo blanco y verde del día y de la noche y que atravesaba a galope horadando con fuerza las tripas de mi emoción. Me ‘movía la aguja’ de mi interior, como dicen los colombianos»

A partir de un trabajo que editó Quorum Editores en 2002 y de la participación en la Enciclopedia Flamenca de la Editorial Tartessos, decidió sumarse a la experiencia de abrir un blog, que se inauguró en diciembre de 2012. “Parafraseando a José Luis Ortiz Nuevo en su indispensable trabajo Las mil y una historias de Pericón de Cádiz, a la hora de ponerle título al blog le dimos un guiño al capítulo glorioso en el que El Morcilla le contaba a Juan Pericón la bonita metáfora del origen de lo jondo, a través de los fardos que contenían las partituras flamencas”.
Frente a quienes piensan que en el flamenco está ya todo investigado, Osuna opina que “las dudas superan con mucho a las certezas y es poco lo que sabemos para lo muchísimo que queda por saber, probablemente, porque ha tardado en entrar la cientificidad en los estudios flamencos”, comenta. “Eso sí, la última camada de investigadores, sobre todo los que han usado los blogs como fuente divulgativa (Montemar, Cruzado, Bohórquez, Barberán, Faustino, Castro, Chaves…) le han dado un vuelco de calidad al panorama de estudio en el uso de la metodología y en las fuentes primarias, nutriéndose de aparato documental. ¿Resultado? Teorías tenidas hasta hace relativamente poco por bíblicas han caído como castillos de naipes de Olea. Hipótesis lanzadas desde la temprana flamencología de los cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, tenidas por dogmas de fe, han resultado ser harto endebles (cuando no, cutres) y construidas a conveniencia; y claro, no han resistido el más mínimo análisis serio. Sobre el flamenco se había hecho una construcción. Un relato. Una fábula cimentada a golpe de invención e imaginando aquello que no se sabía, como el que rellena una secuencia de ADN inventándose los nucleótidos flamencos que faltaban en la espiral del relato”.
“Aquella flamencología, iniciada en 1955 por González Climent, jamás imaginó que, en lugar de uno, hubo dos Fillos y dos Caoba”, prosigue. “Que El Planeta (como sospechaba Demófilo) era natural de Cádiz y que su hermano se trataba del célebre Luis Alonso al que el compositor Gerónimo Giménez le dedicó luego dos zarzuelas: La Boda de Luis Alonso y El Baile de Luis Alonso; y ambos eran tíos de Lázaro Quintana, aquel cantaor que por primera vez es anunciado en Madrid en 1846 y primer artista que recibe el título de «cantaor de flamenco». A Fernando Quiñones, por ser representativo de la antigua etapa flamencológica y, en nuestra opinión, de los escritores de su generación que mejor atinaron en sus estudios, le hubiera encantado conocer que Enrique el Mellizo grabó en un cilindro de cera su soberbia malagueña en 1894, bajo el techo de vigas del salón de Manuel Quirell, misma estancia y casa en la que Manuel de Falla dio luego su primer concierto; que Paquirri Guanter no fue guantero de profesión —como Fernando suponía—; que la bulería se documenta por primera vez en prensa, en Cádiz en 1908; o que Magandé —que no Macandé— participó en 1904 en la «fiebre del oro» que desataron los duros columnarios que originaron el tango de Los duros antiguos. Todo esto se sabe a partir de 2008, es decir, a raíz de la «flamencoblogía», esto es, la llegada y al aporte de los blogs flamencos”.
Cuando se le pregunta si es partidario de estudiar a las grandes figuras por separado, o el fenómeno flamenco como algo colectivo, responde: “En todos los estudios hay que tener muy en cuenta a la colectividad, a la aportación grupal y luego al contexto histórico. Incluso en el subgénero de las biografías, aún siendo un tratado o estudio sobre una persona determinada, hay que considerar muchos aspectos periféricos que van a influir en su personalidad: su espacio en la comunidad, de dónde bebe y se nutre, qué circunstancias políticas, sociales le rodearon y qué condiciones de vida se dieron en el arco de tiempo en el que le tocó vivir; su modus vivendi y más en un arte tan colectivo como el flamenco, en el que confluyeron, tantas etnias diferentes, tantos acentos distintos: desde el elemento negroide, el pueblo gitano, la africanía en sus ritmos, cuyos sufijos «ango» espolvorean al fandango y al tango; siempre la América morena detrás y todo el caudal de romances épicos”.
“Dado que, en ausencia de un fonógrafo que grabara las voces —que no lo hizo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX— y a que los artistas no tuvieron acceso a las escasas y voluntariosas partituras, por ausencia de conocimientos musicales, las escuelas de cante se basaban en la valiosísima transmisión oral de las casas cantaoras; y al mismo tiempo que se transformaban y reelaboraban los cantes en su línea melódica, rítmica y literaria (cada intérprete le confiere una huella personal), los estilos, en un complejo proceso, se iban creando y recreando, repletos de matices y más vivos que nunca sobrevivieron siglos, pese al pesimismo extremo y a la visión apocalíptica que tuvieron los escritores y músicos que lo abordaron y estudiaron, caso de Demófilo en el XIX y Manuel de Falla en el XX, que ambos creyeron ser testigos de estar presenciado la muerte del arte flamenco, cuando en verdad —paradójicamente— estaba más vivo que nunca y en plena Edad de Oro, período en el que se concentraron la mayor y más cualificada generación de enciclopédicos cantaores”.
Por otro lado, Osuna niega ser cadizcentrista en materia flamenca. “¡En absoluto! Rotundamente no a la automirada de ombligo y sí a su condición de cuna compartida. Eso sí: ¡ya va siendo hora de que se haga justicia historiográfica con Cádiz y los Puertos! El cadizcentrismo, por definición, es harto nocivo, racista y chovinista. Y si me apura, cateto. Y, de hecho, soy un firme defensor —y si usted ha leído mis trabajos lo sabe— de que es imposible desgajar a Cádiz de sus circunstancias geográficas vecinas y del territorio histórico de adscripción flamenca, esto es, repito, Cádiz y los Puertos: las gitanerías asentadas en el saco interior de la Bahía con Chiclana de la Frontera, San Fernando, Puerto Real, Puerto de Santa María, Rota y Sanlúcar de Barrameda”.
«Soy un firme defensor de que es imposible desgajar a Cádiz de sus circunstancias geográficas vecinas y del territorio histórico de adscripción flamenca, esto es, Cádiz y los Puertos: las gitanerías asentadas en el saco interior de la Bahía con Chiclana de la Frontera, San Fernando, Puerto Real, Puerto de Santa María, Rota y Sanlúcar de Barrameda»

“Ahora bien”, matiza, “no me trago las milongas —y no me refiero a las que se trajo la cantaora Pepa de Oro de las Américas— sino a las invenciones cocidas en el obrador argumentario de los intereses de tal o cual territorio. Primero, porque las noticias más tempranas que están apareciendo en la prensa del primer tercio del XIX se produjeron en los coliseos más meridionales: Teatro del Balón, Teatro Principal y en el período temprano de cristalización: 1820-1840 (cumpliéndose la metáfora de los fardos). En segundo lugar, porque es Cádiz y los Puertos, con epicentro en El Puerto de Santa María, el único territorio fundacional flamenco que conservó la memoria de una tradición oral de los romances de tipo épico, extraordinaria labor compiladora de romances ya descritos por Cervantes en La Gitanilla, en tono correntío, corridos, corridas o carrerillas, llevada a cabo por su descubridor Luis Suárez Ávila, que los gitanos portuenses y las gitanerías de la Bahía de Cádiz conservaron en su memoria oral para la salvaguarda de unos textos épicos de cantares de gestas, de luchas por territorios; de cristianitas, de Moros Alcaides, de lanzadas de reyes moros traidores que perdieron Valencia, del Conde Sol que El Planeta se lo llevó desde su Cádiz natal para cantarle y contarle a la gitanería de Triana que Grandes guerras se publicaban entre España y Portugal. Castellanos nuevos de cuerpos negros y bronce refulgente, que se llamaron Bernardos y Carpio por identificación con el héroe y hacer cosa suya las cuitas que el romance narraba, siendo ellos los depositarios; los celosos guardianes de lo caballeresco; los últimos románticos de una tradición de siglos escrita en la memoria colectiva de una etnia, que supo dar al mundo una lección conservacionista de patrimonio oral, a pesar de las vergonzosas y terribles persecuciones a las que estuvieron sometidos”.
“Un sector del romancero de tradición oral, épico-histórico, que estaba inhallable en todo el mundo hispánico y que solamente lo conservaban, en aquel momento, los gitanos de El Puerto de Santa María o que habían tenido procedencia o familiaridad con El Puerto de Santa María. El caso de El Bengala, que era biznieto de Pedro Niño El Brujo, portuense que había nacido en 1819, que por un avatar que tuvo allí con un tal Joaquinillo El Farolero se tuvo que ir a Triana. Este Pedro Niño El Brujo a su vez era padre de Juan José Niño López, que en 1916 le recoge Manrique de Lara; Manuel Manrique de Lara, el mayor recolector de romances, una serie de romances, épico-históricos. Incluso los sucesos acaecidos con las persecuciones en la Prisión General de los gitanos y las primitivas tonás fueron fedatarios del territorio: Los gitanitos del Puerto / fueron los más desgraciados / que a las minas del azogue / se los llevan sentenciaos”.
No obstante, un tema tan jugoso como la relación entre flamenco y carnaval no figura en estos Fardos de Pericón, “al ser un tema que, prácticamente, ya agotamos en el trabajo Cádiz, cuna de dos cantes, en 2002. Hasta esa fecha, ambos universos se nos presentaban antagónicos y separados, profundamente distintos y distantes y creo que —modestamente— se contribuyó a desmentir la creencia que hasta entonces se tenía de tratarse de músicas incompatibles, siendo hoy de bastante unánime aceptación las conexiones históricas que se produjeron entre ambas músicas, al coexistir en una misma ciudad. Tan sólo hemos dejado una entrada: Fernando Quiñones y el Carnaval, ¿un tabú?, porque, en determinados círculos de intelectuales y literarios, sigue habiendo una mirada muy condescendiente y elitista con la música y los textos del histórico carnaval de Cádiz. Y contesto a la pregunta del capítulo: sí, es un enorme tabú el carnaval para algunos estudiosos de la obra literaria de Fernando, que ignoran cuánto lo estudió —baste decir que en su obra flamenca De Cádiz y sus cantes le dedicó un capítulo entero— y cuánto contribuyó a su historia. En la última década de su vida cambió diametralmente de opinión, pero de cara a la galería, incurriendo en contradicciones que le restaban credibilidad a su argumentario: no se puede sorber y soplar a la vez, como no se puede echar la culpa a una ciudad por dedicarle tiempo a escribir coros, a la vez que él escribía para un coro y se placeaba por toda la geografía gaditana y andaluza dando pregones de carnaval y cobrándoos, claro. No cuela y no se lo he leído a ningún estudioso de la obra de Quiñones, al que, por otra parte, admiro mucho”.
¿Cómo enriquece el libro los materiales que ya estaban en su blog? “Creo que bastante”, responde Osuna. “Embellece mucho los textos la inclusión de seiscientas ilustraciones, con la comodidad de las notas a pie de páginas. La experiencia me dice que es un error colocarlas al final del libro, porque nadie las lee. Todo armonizado con una maquetación impecable, con el sello personal y profesional y el buen gusto estilístico de Arantxa Morales de la Fuente, que, junto a Macarena Llovet, y a una magnífica calidad de impresión, han hecho del libro una bonita obra que el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz, como personal aporte a la cultura, ha puesto a un precio bastante asequible, creo que por debajo de las calidades que ofrece”.
Por último, es obligado detenerse en el prólogo de Ramón Soler, “de quien no tengo más que decir buenísimas palabras”, señala. “Es, probablemente, el mayor especialista en la actualidad sobre los estilos personales del cante y tiene multitud de publicaciones y trabajos a sus espaldas y un prestigio ganado a pulso por su gran rigurosidad y capacidad. Y además es mi amigo. Tuve el honor de que quisiera participar con nosotros como asesor en El Concierto de Santa Cecilia (1922-2022), tanto en el espectáculo que se estrenó en el Gran Teatro Falla justo el día del Centenario, como en el posterior libro, en en que hizo un análisis de los nueve cantes que se desgranaron en la Real Academia Filarmónica de Santa Cecilia de Cádiz, con un estudio soberbio. Soy de la opinión de que cuando uno le solicita a alguien un prólogo, consciente o no, está demostrándole una admiración enorme por su forma de escribir y su altura de miras y honradez como investigador. Muy agradecido por su prólogo y por las uvas pasas que siempre me trae de su bella Málaga natal con las que hago un licor de gran categoría”.
Sobre la continuidad de Los fardos de Pericón, el autor confirma que “continuarán como blog, eso sí: con la ausencia de las cuarenta y una entradas que ahora son capítulos en el libro de papel”. ♦





















































































