Al decir Amador se asoma media gitanería de Sevilla. Y es que son muchos. Solo vinieron cuatro. Con lo que no estuvieron todos los que son. Haría falta ensanchar los maderos del templo del flamenco hispalense para acoger en el escenario a los artistas de esta estirpe, que se cuentan por puñaos y desde hace una pila de años. Subiendo ya en número las vueltas al sol, ocuparon las tablas algunos de los más jóvenes. Dieguito tiene 23 primaveras y la paternidad le ha puesto gorda la voz. Con su niña Soleá en el corazón y allí presente, hubo motivos.
Principió alabando a Dios con esos tercios preciosos de toítos los sedientos que El Extremeño borda preludiando las bulerías. Pero Dieguito los sirvió como antesala de los cantes levantinos evocando a El Rojo El Alpargatero, cerrando la terna con la taranta de El Cojo de Málaga. Buscó en ambos cuerpos el empaque y deambuló por la tangente de la afinación en los momentos de enjundia. La alergia puede cebarse con una garganta, pero no con el corazón. Y lucieron más las intenciones y el arrojo que los insignificantes tropiezos. Entró ya calentito en la soleá, embistiendo y jugando a las probaturas para llevarse a su terreno los aires de Perrate, La Andonda, Mairena, La Serneta, alguna por Cai o, con muchos reaños, la de Joaniquí y los decires de Fernanda de Utrera. Valiente y despellejao, se dejó las higaíllas del sentío sin guardarse na. Irregular pero con trapío, arriesgando. Hizo lo propio por seguiriya, tronando en la de Tío José de Paula, que me dolió más que el macho. Cantó la espesura de sus negros lamentos con los puños cerraos, sosteniendo las ducas entre sus manos para soltarlas en el instante que le dio la gana, cuando ya hervían.
Antonio Amador inauguró la segunda parte acompasao en la soleá por bulería alternando una ristra de letras de corte jerezano sin olvidarse de Triana, paladeando a Frijones, peleándose con el cante. Donde pasó fatiguitas dobles fue en la malagueña. Se fue a buscar la flor que amaba de El Mellizo y se embelesó en el campo del olvido, saliendo airoso para terminar el cante que tuvo que frasear desde el sosiego de la incertidumbre. Le puso entrega y hasta se atrevió a endosarle el segundo cuerpo y algunos abandolaos apareciendo la rondeña y el fandango de Lucena para redondear el mal trago. Lo arregló por bulerías con las ostentaciones justas que se adaptan a su registro, tejiendo giros especiales y letras bonitas que abrochó con un fandango sentío pa rematar su intervención, dedicado a sus hermanos.
Sería yo más falso que Judas si no dijera que ninguno tuvo su mejor noche. Pero incluso las faltitas en las que podría uno enfangarse, fueron insuficientes para que este crítico se fuera al catre sin llevarse unos cuantos refregones de los reaños de los Amador, que son distintos, artistas, flamencos, jondos y buena gente. Capaces de brillar en el proscenio o sobre un mostrador, en la fiesta y la intimidad, en lo público y lo privado. Y como los conozco y quiero, el capote no es de condescendencia para una crítica blandengue sino de absoluta admiración por saber sobreponerse ante cualquier adversidad y a pesar de todo desnudarse con lo que haya regalándose al público.
«La sorpresa llegó cuando echaron el cerrojo todos sobre el entarimao y animaron a subir al abuelo Luis. Abuelo de Dieguito y padre de Antonio y Luis, que derramó el perfume gitano y añejo de los cantaores antiguos con un regusto exquisito, tumbando a los chiquillos desde que abrió la boca y ellos lo aclamaron con admiración acompañándolo a las palmas»
Luis fue de menos a más, desengarrotando sus dedos hasta alcanzar una pulsación más precisa, acampaná en los bordoneos y alzapúas, rizás en los rasgueos y más pulcra en trémolos y arpegios. Y no se le escapó ni un tono de transición. Es guitarrista experimentado y con buen oído, infalible en el acompañamiento al cante, sabio. Arrancó una espuerta de aplausos del público con los cierres, que lejos de ser efectista, merecieron el reconocimiento.
La sorpresa llegó cuando echaron el cerrojo todos sobre el entarimao y animaron a subir al abuelo Luis. Abuelo de Dieguito y padre de Antonio y Luis, que derramó el perfume gitano y añejo de los cantaores antiguos con un regusto exquisito, tumbando a los chiquillos desde que abrió la boca y ellos lo aclamaron con admiración acompañándolo a las palmas, a veces tapándolo un poco por la efusividad y la excitación. Se rifaron unos cuantos cantes por bulerías, destacando el fandango por bulería con aires chocolateros de Dieguito, cuando Antonio puso la manita en el Evangelio caracoleando o el era trianera y se llamaba Carmen mirándose en Mairena con el que puso el pestillo a los postigos de la casa de los Amador el opá Luis.
Tengo que reconocerlo: Amador hasta la médula. En las duras y en las maduras. Porque tienen madera de la que arde. Y una noche irregular, la tiene cualquiera.
Ficha artística
Herencia Cantaora
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
30 de mayo de 2026
Cante: Dieguito Amador y Antonio Amador
Guitarra: Luis Amador
Artista invitado: Luis Amador (abuelo y padre)





















































































