Nadie hasta ahora ha establecido las bases de lo que conforma o no la escuela jerezana del baile y hay quien afirma, incluso, que no contiene unas singularidades para que tenga identidad propia como la tiene Sevilla. Sea como fuere, el baile de Gema Moneo demuestra que cuando un bailaor o bailaora es de Jerez eso se nota a leguas: sus muñecas, su compás, su atención al cante, su elegancia, algunos que otros recursos técnicos propios de este territorio. Hubo, hay y habrá representantes dancísticos que lleven la bandera del movimiento flamenco jerezano por el mundo con la admiración por delante del respetable.
El Centro Cultural Don Antonio Chacón abrió su 41ª edición del ciclo primaveral con Gema, la sobrina de Manuel, Juan y Luis Moneo, ahí es nada. Su padre, El Guardia, es uno de esos guitarristas que han vivido las grandes fiestas de Jerez desde que Gema nació, en 1991, por lo que era de esperar que la pequeña viera la luz ya con una estrella encima de ella. Ha visto y escuchado todo lo que por su edad le ha tocado, y su baile lo refleja. Con cuatro años ya paseaba sus hechuras por academias como las de Ana María Lopez o Manuela Carpio, las de su barrio de la Plazuela, para pasar siendo adolescente a formarse con Manuela Carrasco o Farruquito, quien contó con ella por cierto para el espectáculo Sonerías. En 2018 debutó en solitario y a lo grande en el Festival de Jerez y la prensa especializada le otorgamos el Premio Revelación por El Sonido de mis Días.
La carrera de Gema era y sigue siendo imparable, es admirada por sus propios compañeros, tanto los mayores como los nuevos talentos que llegan para seguirle los pasos. Nadie puede poner en duda que es un nombre propio de su generación. Su baile, pues, es un testimonio equilibrado entre los vivencial y lo teórico, nunca lo segundo superando lo primero. Es racial y no lo esconde, improvisa con el riesgo de fallar pero esa es la magia que crea sobre las tablas. Y no, no suele fallar. Resuelve con una sonrisa porque la conexión con el cante de Juan de la María y El Quini es inmejorable. Mención especial para Juan Campallo, guitarrista que crea sobre la marcha.
«Gema Moneo comenzó por bulerías, con un delantal y una bata, dibujando un paisaje de viñas y bodegas con sus brazos. Derramó vino fino por el escenario y se metió al público en el bolsillo sin compasión. Siguió por seguiriyas, con la medida de un trueno, que controla hasta que descarga»

La peña del centro histórico de Jerez es la peña de todos. Sus socios no parecen tener más presencia que el que no lo es, suele haber ambiente de todo tipo. Es acogedora y soporta el calor de la época como mejor puede. Mucha gente en la primera sesión del ciclo que continuará El Tolo y que concluirá La Macanita como figura estelar. Ya es habitual que las peñas jerezanas den cabida tanto a nuevos valores como a figuras propias de grandes teatros, a nadie debería extrañarle cuando ya hace cuarenta años en esas tablas se subieron, entre otros, La Paquera o José Mercé.
La bailaora comenzó por bulerías, con un delantal y una bata, dibujando un paisaje de viñas y bodegas con sus brazos. Derramó vino fino por el escenario y se metió al público en el bolsillo sin compasión. Siguió por seguiriyas, con la medida de un trueno, que controla hasta que descarga. La segunda parte inició por tangos, con Juan de la María y El Quini divirtiéndose y gozando uno del otro, y ambos de Juan Campallo. En primera fila, los maestros Ana María Lopez y Juan Parra, veteranos del paño que sonreían y asumían que estaban ante una de las grandes.
La bulería para escuchar es amontillado puro, potente y con cuerpo, que abre un sinfín de aromas. Con el público en pie, Gema no quiso irse sin cantar por bulerías como si de una fiesta familiar se tratase. Al terminar el clamor era uniforme y la reflexión era evidente, se escuchaba: «Como Gema, pocas». ♦
























































































