La tramoya se llevó al cielo el telón y la estampa de una hilera de flamencos de los que endiñan provocó el primer aplauso de euforia. El Central solo cubrió media entrada, pero el público sabía istinguí. El cartel no era pa menos. Los cantaores mirando al frente y los bailaores de espaldas, fueron después descubriendo sus verdades con las tonás de apretones jondos de El Pechuguita, que despertó los dibujos de La Piñona, o la debla mecía en la cava trianera por la que se paseó Ismael de la Rosa abrazando la sutileza contenida de gestos ralentizaos de Rafael Campallo. Cuando echó también los cerrojos del alba del nuevo día acordándose de Mairena, rompió el baile racial y espontáneo de Pepe Torres. Para culminar la tanda, brotaron los quejíos de bronce aterciopelao de Manuel de la Nina evocando la huerta del Tío Mollina que movieron las hechuras de sevillanía flamenca de Adela Campallo.
Estas fueron las credenciales para ir abriendo boca. Desde entonces, brilló un espectáculo compartimentado por escenas individuales de los protagonistas del baile y unas cantiñas con salpicones de espuma en el que probaron en solitario los cantaores el sitio que merecían. Todo ello perfectamente hilado con transiciones a negro, pasos a dos en los que se dieron los testigos y concatenado en continuidad de elegancia para que el discurrir escénico fuera limpio, ameno, coherente y dinámico, ideado por la magnífica dirección y producción de esta obra, pergeñada por Hugo Pérez.
Las guitarras de Joselito Pérez y Jesús Rodríguez redondearon la calidad y la calidez interpretativa. Preñaos de sensibilidad y compás ofrecieron el sostén idóneo para que los cuatro ases pudieran abandonarse a bailarle al cante. Tremendas las respuestas rasgueás de Jesús y la fuerza que le arranca a la bajañí. Gustosos los recortes acompasaos de Joselito, al jugar con los bordones y los silencios. Ambos preludiaron o entretejieron las salías con composiciones y falsetas de cautivadora musicalidad. Y así como los bailaores se regalaron al cante, ellos pusieron las sonantas repartiendo sus corazones entre los gañotes prodigiosos del elenco y los cuerpos que pintaron sus maneras de sentir el arrope de las voces jondas que se colaron por sus entrañas.
Adela se deshizo su cuerpo menúo en lo que dio la luz del cenital entregándose al ritual del romance. El cuadro de cante se rifó una ristra de ellos de manera magistral, recorriendo los rincones portuenses de los corríos, los aires de Jerez y los de Mairena. Y tuvo un gesto Adela para cada uno de los melismas y resortes de los quejíos que arrebataron su cordura hasta llegar al trance. Hombros, caderas, brazos, torso, el pelo, los tacones, la mirá y el vestío fueron movidos por el aliento de los cantaores a su antojo, midiendo los tiempos y desfigurándose en el ceremonial de la llegada de la incorporeidad divina que la poseyó y nos la mostró en estado de gracia, acariciando su apellido al darle el testigo a Rafael Campallo, saliendo ella de escena con gallardía y sin estridencias. Estuvo soberbia, plena, revalidando su escaño como la bailaora de Sevilla.
«Y llegó Torres, bailaor de bailaores, para echar el cerrojo al cuarteto. Flamenco desde la punta del tacón al sombrero que cuando se agarra la chaqueta te da el calambre. (…) Te deja las carnes temblando y el tragaero seco de jalearlo. Castigó a placer los maderos del Central con sus zapateaos rebosantes de empaque y enjundia»
Rafael irrumpió por tientos al recuerdo en el cante de la voz lastimera de Gaspar, tributo justificado que principió El Pechuguita bamboleando los tercios con sabiduría y flamencura para dejarle el toro al resto, que hizo lo propio. Pero la cosa duró apenas unas letrillas cuando llegó el vacileo guasón de los tangos donde Campallo se sabe un maestro indiscutible. No hay quien le haga sombra. Henchido de sensualidad viril explotó de age en los de Triana, flirteando con el pañuelo, limpiándose los zapatos o pasándoselo por la entrepierna mientras los meneos de culo dejaron en evidencia la bazofia reguetonera juvenil por la salsa picantona del baile de arte que debería posicionarlo más arriba de lo que está. Porque Rafael Campallo es un bailaor de altura. Y así lo demostró revolcando al graderío con su arrolladora personalidad.
La Piñona crujió de solemnidad en el taranto con tangos, arrojando estampas que nacen de la espontaneidad de un baile fresco y actual, pero jondo. Fue la única que derramó su propuesta por todo el escenario, ampliando los horizontes con sus majestuosos brazos, ora formando figuras rectas, ora moldeando las curvas de sus hechuras de feminidad flamenca, ofreciendo poses no imposibles, sino nuevas para un ideario cabal en las que entran sin permiso porque tienen todos los condimentos para tocar las telillas del corazón. El baile de Lucía te atrapa irremediablemente. Es flamencona y sensual, profundamente ecléctica. Pero sabe dónde está y qué le cabe a cada entarimao. Aúna la técnica de sus pies con un cuerpo y una cara que se transforman en los maderos en una suerte de deidad manejada por los designios caprichosos del legado de toda la historia del baile. Lo que no quiere decir que cada una de estas intervenciones estuviera algo estudiada y premontá.
Me surge la duda en el caso de Pepe Torres, pero eso vino después. Ahora se quedaron los cantaores y los guitarristas sobre la tarima despojándose de las higaíllas para echarlo todo, pellizcos y caricias de miel, repartiéndose las cantiñas, romeras, mirabrás y alegrías de Cádiz que abrocharon con el estribillo que popularizó Argentina. La voz en off de Manuela Carrasco, La Diosa, fue un alegato al baile flamenco de raíz.
Y llegó Torres, bailaor de bailaores, para echar el cerrojo al cuarteto. Flamenco desde la punta del tacón al sombrero que cuando se agarra la chaqueta te da el calambre, cuando descubre el hombro arranca un puñao de oles y cuando arrastra sus pies desplazándose para rematar luego con un desplante que trae un zapateao de vértigo adosao al cierre, te deja las carnes temblando y el tragaero seco de jalearlo. Sale solo. No podían remediarlo ni los cantaores. Paseo por soleá parando los relojes del mundo, domeñando el espacio y las mirás del público, absorto ante semejante hechura. Castigó a placer los maderos del Central con sus zapateaos rebosantes de empaque y enjundia. Sacó a cada uno de los cantaores a que le dijeran las letras a la cara, para inspirarse en las distancias cortas, estallando en la locura de la llegada del duende. Pepe Torres la formó. Más abajo lo tienen en vídeo.
Al fin de fiesta salió el elenco al completo, principiando el primer cartucho de fandangos por soleá con el de Porrinas de El Pechuguita, el de Aznalcóllar de Ismael y el de María La Sabina de Manuel de la Nina, luego otros tres y llegó la bulería, con las mujeres de rojo, un memorable paso a dos de Rafael y Pepe y el corro final lacrao por los cantes de Paco Valdepeñas tamizados por el sello de El Pechuguita. Bajó el telón con todos bailándole al cante. Subió otra vez el manto y la ovación de los pocos aficionaos presentes se hizo grande y gorda con merecimientos en un espectáculo para retener en los buenos recuerdos de los arañones del arte y las llamadas al duende.
Ficha artística
Bailando al cante
Ciclo Andalucía Flamenco
Teatro Central, Sevilla
23 de mayo de 2026
Baile: Lucía La Piñona, Adela Campallo, Rafael Campallo y Pepe Torres
Cante: José El Pechuguita, Ismael de la Rosa y Manuel de la Nina
Guitarra: Jesús Rodríguez y Joselito Pérez
Producción y dirección: Hugo Pérez



















































































