En la mesa redonda que abrió la segunda jornada del IX Cabildo Flamenco de Archidona, José Luis Ortiz Nuevo volvió a expresar poéticamente una idea que viene defendiendo desde hace más de medio siglo: enaltecer la pureza como único camino artístico impide el curso natural del cambio y el crecimiento de todas las expresiones artísticas, y el flamenco no constituye ninguna excepción. Esa idea configura el hilo conductor de Alegato contra la pureza, cuyo significado histórico fue ilustrado por la moderadora de la mesa, Ángeles Cruzado, junto con los demás participantes: Paco Hidalgo, Antonio Molina, Lluis Cabrera y Norberto Torres. La exquisita voz de Antonio Campos puso música a algunas de las coplas flamencas escritas por Ortiz Nuevo e incluidas en el libro, reforzando así la tesis que recorre toda la obra.
Igualmente esclarecedoras resultaron las palabras de Antonio Campos sobre los interminables debates en torno a la tradición y la innovación, el ayer y el mañana, las esencias, lo puro y lo impuro:
«Me dedico a disfrutar de la música. Me levanto por la mañana y sigo haciendo lo mismo que hacía de niño chico: me daba al play y tocaba el cacharro que tenía en casa. A lo mejor suena Janis Joplin o la Paquera. Yo me lo paso bomba con los dos. Yo no entiendo de pureza. Yo no entiendo más allá del simple hecho de disfrutar de la música y ya está».
La idea de que la innovación es el resultado orgánico del disfrute de la música encontró también eco en otro de los participantes de la mesa, Gualberto García, uno de los artistas más vanguardistas y universales del flamenco y fundador del grupo Smash. Con su sitar ha recorrido el mundo y ha tocado junto a Manuel Agujetas, Camarón de la Isla y Enrique Morente, pero también junto a The Grateful Dead, Frank Zappa, etcétera, etcétera. Desde la atalaya que le conceden sus ochenta y un años, su reivindicación del disfrute de la música como motor de la creación artística no constituye, desde luego, un detalle menor.
La mesa redonda fue seguida por el Encuentro de Jóvenes Aficionados, dirigido por la bailaora y pedagoga Ana Pastrana. Al hilo de unas bulerías interpretadas por los adolescentes Samuel y Guillermo, las también adolescentes Marta Loza y Paola Sollero pegaron unas pataítas por bulería al cante de su profesora, Ana Pastrana. Después, una alumna de apenas ocho años, Estefanía Rodríguez, nos hizo vibrar a todos con la exactitud de su compás y de sus movimientos, su desbordante sonrisa y su alegría casi extática al bailar. El disfrute de la música empieza temprano. Gualberto, seguramente, estaría de acuerdo.
Cuatro horas después, disfrutamos de otro de esos sublimes atardeceres malagueños que crearon la atmósfera idónea para adentrarnos en el brillante proyecto musical de Soleá Gatica y RaveCalé. Cante tradicional, flauta travesera y música electrónica se combinaron de tal forma que los jóvenes bailaban sin preguntarse por qué, mientras los aficionados más veteranos revivían su juventud a través de recreaciones electrónicas de cantes del pasado, magníficamente interpretados por la voz de Soleá, quien además demostró una extraordinaria solvencia con la flauta travesera.
«La genialidad de Raúl Cantizano ha sido vilipendiada por los cabales más reaccionarios, pero aquí, en el Cabildo, agradecemos precisamente su atrevimiento y su alegría creadora. En un momento del espectáculo sonó una grabación de varios cabales que afirmaban con rotundidad que el flamenco puro y auténtico no había recibido influencia extranjera alguna. Acto seguido, comenzó a sonar un cante clásico sobre el que Cantizano construyó un elaborado solo de guitarra flamenca profundamente deudor del funk y del rock»

Sus tangos ofrecieron una versión muy personal que bebía directamente de Al padre de Santo Roma, de Camarón de la Isla y Paco de Lucía, mientras que el mítico cantaor isleño volvió a hacerse presente en otra recreación igualmente personal de La leyenda del tiempo. Sus alegrías, impregnadas del aroma de un mar gaditano sobre el que riela la luna, parecían igual de apropiadas para una peña de cabales que para un chiringuito en Los Caños. Una hermosa paradoja flamenca que pone de manifiesto la profunda afición de ambos artistas y, en el caso de Soleá Gatica, una formación artística profundamente arraigada en la tradición familiar de la dinastía portuense de «Los del Cepillo».
Después, el gran referente de la guitarra flamenca contemporánea, Raúl Cantizano, nos envolvió a todos en un trance de sonoridades flamencamente psicodélicas. Se trata de un extraordinario guitarrista de formación clásica que abre nuevos caminos estéticos gracias a una desbordante creatividad y a una afición sin límites, explorando los territorios electrónicos de lo jondo con un júbilo contagioso.
Su genialidad ha sido vilipendiada por los cabales más reaccionarios, pero aquí, en el Cabildo, y desde ExpoFlamenco, agradecemos precisamente su atrevimiento y su alegría creadora. En un momento del espectáculo sonó una grabación de varios cabales que afirmaban con rotundidad que el flamenco puro y auténtico no había recibido influencia extranjera alguna. Acto seguido, comenzó a sonar un cante clásico sobre el que Cantizano construyó un elaborado solo de guitarra flamenca profundamente deudor del funk y del rock.
Por momentos parecía resucitar a una Niña de los Peines felizmente creadora, vanguardista y urbana, sepultada durante décadas bajo la idea de la pureza defendida por Ricardo Molina y Antonio Mairena. Su nombre resonaba una y otra vez por los altavoces hasta que el significado mismo de aquella repetición comenzó a desvanecerse. Entonces, Cantizano llenó ese vacío del olvido impuesto con unos tientos que nos permitieron a algunos dialogar, felizmente, con Pastora.
Bajamos a otro de los escenarios del Sunset Pool Club para asistir a la actuación de la leyenda Gualberto García al sitar y Ana Pastrana al baile, acompañados por el cómico flamenco José Luis Ortiz Nuevo. Fue el momento culminante de la noche: presenciar un diálogo artístico entre la danza, la música clásica de la India, el flamenco y la obra literaria de Ortiz Nuevo. En los tanguillos de Gualberto resuena el eco popular de una niñez gaditana soñada, pero también los infinitos colores orientales que emanan del sitar. Caminamos junto a Fernando Quiñones, Antonio el Morcilla, Pericón de Cádiz y la sonanta de Capinetti mientras sonaban sus alegrías. Entonces, Ortiz Nuevo se animó a evocar de memoria las mil y una historias de Pericón de Cádiz para hacernos reír, paradójicamente, con los recuerdos de la hambruna de un Cádiz devastado por la posguerra. Después llegó el baile magistral de Ana Pastrana. ¿Cuál era el núcleo de su lenguaje escénico? ¿Existía un hilo conductor que uniera un ensamblaje tan diverso de músicas, danza y literatura? No podemos afirmarlo con rotundidad. Lo que sí podemos decir es que la elegancia de aquel diálogo artístico fue, sin duda, el resultado de un desbordante disfrute por crear.
A las doce de la noche, otra leyenda subió al escenario: Kiko Veneno. Estuvo acompañado por el guitarrista José Torres Vicente y el baterista Jimmy Glez. El particular lenguaje musical de Kiko Veneno se nutre de múltiples estilos, aunque el flamenco ocupa siempre un lugar central, acompañado por esa alegría de crear que tanto ha sobrevolado esta crónica. Lo escuchamos en rumbas, tanguillos y alegrías. Resultaron especialmente significativas unas palabras que pronunció desde el escenario: «Todo lo que sé de la música, lo aprendí de la vida. Cantar de la vida es algo que aprendí de los flamencos». Después, acompañado por Sara Holgado, todos cantamos juntos: Volando voy, volando vengo, por el camino yo me entretengo. Enamorado de la vida, aunque a veces duela…
Para cerrar la noche, sobre las dos y media de la madrugada, subió al escenario el grupo Chiveca. Llevábamos allí desde las cinco y media de la tarde, cuando comenzó la mesa redonda, y el cansancio empezaba a hacerse notar entre parte del público. Sin embargo, fue el broche perfecto para una jornada repleta de innovación y alegría. Salieron al escenario con una energía desbordante que nos acompañó hasta las cuatro de la mañana. Su fusión de flamenco, rock progresivo, bossa nova y música celta, unida a letras inspiradas en la poesía culta –como la de Miguel Hernández–, dio lugar a una propuesta musical tan sugerente como lograda. ♦
























































































