Hay que agradecer al Festival Arte Flamenco de Mont-de-Marsan que haya cerrado su programación en el Teatro Le Molière con un concierto de tres maestros sevillanos: Segundo Falcón, Paco Jarana y Manolo Franco. En esta ocasión, el calificativo de «maestro», tan a menudo trivializado en los círculos flamencos, está plenamente justificado.
Segundo Falcón prolonga la gran tradición sevillana de los cantaores enciclopédicos, representada por figuras como Pastora Pavón, la Niña de los Peines, Manuel Vallejo, Luis Caballero, Paco Taranto o Esperanza Fernández, por citar únicamente a los artistas nacidos en la capital andaluza. Su inagotable inspiración melódica y su estilo apolíneo emparentan a Manolo Franco con Niño Ricardo, Pepe Martínez o Rafael Riqueni. Paco Jarana, compañero habitual de Segundo Falcón, desarrolla, por su parte, un pensamiento musical más inclinado hacia la experimentación armónica y rítmica contemporánea, como evidencian sus numerosas composiciones para escena, especialmente las creadas para Eva Yerbabuena.
Ambos guitarristas son acompañantes excepcionales del cante, capaces de poner su arte al servicio de sus innumerables compañeros, cualquiera que sea su estilo o repertorio –basta pensar en la amplísima discografía de Manolo Franco como acompañante–. Conviene recordar, una vez más, la riqueza de la tradición guitarrística sevillana: Eduardo de la Malena, Antonio Moreno (cordobés de nacimiento, pero sevillano de adopción), Niño Ricardo, Antonio Carrión, Quique Paredes, Eduardo Rebollar, Manuel Herrera…, etcétera, etcétera.
Para abrir el concierto, ambos guitarristas ofrecieron una muestra de su concepción de la guitarra solista. Manolo Franco interpretó una farruca en re menor —con modulaciones al modo flamenco homónimo y, sobre todo, al modo flamenco sobre la dominante, la—. A continuación, Paco Jarana desplegó una soleá torrencial, de enorme densidad armónica, construida sobre frases rítmicas de gran tensión que quedaban suspendidas por silencios vertiginosos.
La estructura general del programa resultó especialmente acertada, ya que permitió apreciar primero la personalidad estilística de cada guitarrista actuando en solitario y, después, la complementariedad de ambos en dúo. Fue también una excelente oportunidad para comprobar hasta qué punto el toque influye en el cante: pese a su sólida personalidad artística, Segundo Falcón “sonaba” y fraseaba de manera muy distinta según dialogara con Jarana o con Franco.
La primera demostración llegó con dos malagueñas: la del Gayarrito —o de Manuel Torres, o de Antonio Chacón, según el especialista al que se consulte (A buscar la flor que amaba…)— y la de La Trini (No se borra de mi mente…). Ya fuera por los nervios o por la falta de calentamiento previo, la voz de Segundo Falcón se mostró inusualmente tensa y la afinación algo imprecisa en los registros agudos. Pero saber disimular las posibles dificultades vocales también forma parte del oficio de los grandes acompañantes, como bien demostraron en su día Melchor de Marchena o Juan Habichuela.
El cantaor terminó de asentarse definitivamente en el recital con los dos cantes abandolaos que siguieron: la rondeña del Negro y el fandango de Frasquito Yerbabuena. No deja de sorprendernos, por cierto, la moda actual de interpretar la primera a un tempo medio y el segundo con un accelerando al estilo de los verdiales, cuando la amplitud de su arco melódico parece reclamar precisamente lo contrario, con una ligera dosis de rubato.
«Magistrales fueron los diálogos entre Manolo Franco y Paco Jarana, que se entregaron a deliciosas virguerías musicales con una soltura, una relajación y un sentido del humor verdaderamente endiablados»

A partir de ese momento, el concierto respondió plenamente a las expectativas, comenzando por las dos peteneras, la «corta» (Rafael Romero) y la «larga» (Niña de los Peines), canónicas en el orden de interpretación, aunque no en su lectura. Segundo Falcón aplicó en ellas dos de sus señas de identidad estilísticas: primero, una articulación interna de los tercios que permitía enlazarlos con respiraciones de una inventiva deliciosa; después, un uso muy medido de los célebres grados «bemolizados» de Enrique Morente en la paráfrasis melódica de la segunda. Sobre un ostinato de arpegios ternarios de ambas guitarras, culminó además la pieza con su propia versión de la bambera creada por Morente.
Tres suites completaban un programa especialmente original por apartarse de los caminos habituales y prescindir, por una vez, de los cantes considerados como los únicos verdaderamente «jondos», como las soleares o las seguiriyas. Admiramos profundamente esos palos, por supuesto, pero la ocasión invita a repetir que tres músicos de semejante categoría son capaces de convertir en auténtico «oro jondo» cualquier repertorio que aborden, incluso el tanguillo más ligero.
La primera de esas suites estuvo formada por dos tarantas, popularizadas en su día por Niño de Marchena (Ábreme que soy el Moreno…) y Manuel Vallejo (Triste la marinería…).
La segunda fue una magistral antología de jaleos extremeños, los mismos que ya figuraban en el único disco publicado hasta la fecha por Segundo Falcón —al menos hasta donde sabemos—, (Un segundo de cante, Karonte, 2002), una de esas incomprensibles carencias discográficas tan frecuentes en el ámbito del cante. Igualmente magistrales fueron los diálogos entre Manolo Franco y Paco Jarana, que se entregaron a deliciosas virguerías musicales con una soltura, una relajación y un sentido del humor verdaderamente endiablados.
La tercera reunió dos fandangos ad libitum, seguidos de fandangos de Alosno —incluido el «cané»—, culminados con una magnífica recreación del estilo de Paco Toronjo.
Difícilmente podía imaginarse un final mejor. Por eso resulta difícil entender la aparición de Miguel ‘El Rubio’ para unos minutos de baile por alegrías, una intervención que perjudicó tanto la continuidad musical de la velada como al propio bailaor, artista por lo demás perfectamente estimable, pero reducido aquí a una breve exhibición prescindible.
La única explicación posible para este tipo de decisiones, tan frecuentes como desafortunadas, parece residir en la convicción —atribuible a los financiadores, no a los programadores— de que una sala solo puede llenarse si el espectáculo incluye una dosis de baile. Una idea que no compartimos por dos razones. En primer lugar, hemos asistido a numerosos recitales de cante y/o guitarra con todas las localidades agotadas, siempre que los artistas fueran de calidad y el aforo de la sala estuviera razonablemente dimensionado, como ocurría precisamente este viernes por la noche. En segundo lugar, si el objetivo es atraer a quienes solo se interesan por el baile, cuesta entender cómo una concesión tan marginal podría convencerlos, cuando el propio Festival Arte Flamenco ofrece cada día, en el Escenario del Village, espectáculos gratuitos de danza flamenca.
Ficha artística
Huellas de albero: Segundo Falcón, Paco Jarana y Manolo Franco
Festival Arte Flamenco Mont-de-Marsan, Teatro Le Molière
3 de julio de 2026
Idea original, dirección artística y cante: Segundo Falcón
Composición y guitarra: Paco Jarana y Manolo Franco
Artista invitado (baile): Miguel Ángel Ramos ‘El Rubio’
Texto: Claude Worms
Fotos: Laurent Robert / LR Fotos Flamencas























































































